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Exprés Nocturno

Exprés Nocturno

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Para Adriano Gonzáles León, que se fue de la calle Madrid, de Caracas

Pasos lentos, historias abismales, quietud de una atracción. Refugio para oidores, guerreros, cronistas provenientes de conquistas y el despliegue insensato. Miro las orientales torres que castigaron y profundizaron un destino y en su tiempo las ordenes impuestas a nuevos territorios enigmáticos desde un acontecer oculto.

Ahora mi visión se abre en los meridianos de Sevilla, deslumbre y belleza andaluces. Súbita aparición del amor y los deseos iniciados en la cercanía itálica de Trajano y Adriano. Sabores de un imperio, dilatado ensueño de Senadores llegados a estos circos ibéricos de cantos y rosaledas. Una admirada muchacha de buen porte saltaba en goces y su dentadura mordía la alegría como si la historia fuera suculenta y sus protagonistas lascivos probadores de un manjar.

Días posteriores, mi dama requirió visitar calles de la seda, viajar sobre alfombras invisibles hasta el extravío de conjuros pasionales. Tales aventuras detuvieron su agite en columnatas de casa de Contratación, vías del Agua y la Pimienta, plaza legendaria De doña Elvira, y Jardines de Murillo. Era la búsqueda en la ciudad turbadora, frenética Maestranza, removida  en tardes vistosas y de miedo. Abierta alegría sobre primavera ferial y los Jueves Santo, regazo de cofradías, saetas, pasos costaleros, frente a puentes y altares. Expresivas imágenes de desafío y dolor tras silencios de Cristo del Cachorro y Virgen de la Esperanza.

El momento incomprensible apareció en su tronar y la niebla sombría.

Mi anhelada adolescente confesó su desánimo, puntualizó mi derrota, porque alteró el juego e inició su evasión. La andaluza apagó el brillo sureño y la despedida total se produjo cerca del Guadalquivir, cubierto por jazmines, lirios y arbustos del dorado espectáculo de la Alameda de Hércules.

Cierto personaje conocido en toda Sevilla como Burlador,  parecía decirme:

–Di, ¿qué quieres sombra, fantasma o visión? Si andas en pena así aguardas alguna satisfacción.

Un atardecer de ese invierno en mi sigilo y arrebato escuché el pitar de la cercana Estación del Norte, derrumbe y despecho prepararon la salida rumbo al Terminal. Y me acerqué al andén correspondiente. Descubrí la presencia de un joven de aspecto triste y abatido. Mis dudas motivadas por incredulidades le preguntaron ¿qué te sucede? El apacible olfateando aspereza contestó mirándome: “por aquí voló la cigüeña extraviada, estará lejos porque la hora es tierna, la escucho, desde las sombras, agita sus alas al divisar un campanario porque no ha nacido para la muerte”.

Abordé este Exprés rumbo al Madrid lejano. Era la ansiedad ubicada en un vagón de decepción. Reflexiones devoradas en el zigzag de un misterio en la distancia. Ya sobre mi asiento percibí la entrada de un solidario grupo familiar, desde su acomodo extrajeron  bolsos guardadores de alimentos, supuse contenían pan, embutidos y tortilla.

Mi tristeza, ahora viajera, trataba de hallar posible lugar para reposar mi cabeza. Me trasladé a un ventanal de enfrente y percibí el acontecer exterior. Era una apuesta entre oscuridad, movimiento y pesar. Absorto divisé un paisaje borroso, semejante a un laberinto melancólico. Detrás de mi contemplación sentí sobre mi hombro derecho el toque de una mano, junto a una susurrante voz de mujer. Su personal suavidad, como su personal atracción, me indicó:

–Sr., a usted lo he observado, conservo un remedio y da buenos resultados a toda dolencia. Mire, tome un poco de este vino. Me bajo en la próxima estación de Santa Cruz de Mudela, allí nací y vivo. Este vino lo cosechamos y embotellamos familiarmente.

Me entregó un cuenco ideado con forma de tortuga. “Beba”, me exigió y procedí a escanciarlo dos veces seguidas, le devolví el curioso envase y la dama pronunció su sentencia: “este vino siempre busca la luz”. Dio la espalda y tiernamente se despidió.

Quise ver su cara guardada por la oscuridad, solo el reflejo de uno de sus ojos quedó bajo mi custodia. Retorné a mi asiento, cuando la alta voz de un revisor llegó hasta los rieles: “Atención, señores pasajeros de Sta. Cruz de Mudela, favor tomar su equipaje, se aproxima el descenso”. El tren aminoró velocidad y de inmediato escuché ruidos de salida y con mano abierta la mujer se despedía. La noche apretada me impedía ver su rostro, pero en mi memoria desandaba un cantar del sevillano Antonio Machado:

El ojo que ves no es

ojo porque tú lo veas;

es ojo porque te ve.

Desde afuera llego frío de llanura próxima a Ciudad Real y la vaguedad ahondada de Valdepeñas; me aturdía la vastedad, transición gigante de los vientos… Numerosas fantasías caballerescas y la quietud de aprendizaje de aventuras soñadas por un escudero. De inmediato un duro descanso me entregó a otra realidad, a tempranas horas sonó desde el vagón de mando del Exprés su silbato de llegada.

Otra experiencia invulnerable gravitó en Madrid.

Fueron días entre oficinas, institutos y asombros, hasta mi esperado tránsito hasta la castellana Salamanca. Acudí en autobús por la extensión medieval amurallada de Ávila. Al llegar me imantó la acción magnética del ciego y su Lazarillo. Fui arrebatado por picardías, el contagio de dorados años poéticos, el aguijón musical clavado por villancicos y coplas de Juan del Encina y delicias instrumentales para honrar la majestad de los Reyes Católicos.

Me introduje en la Universidad resguardada por españoles, venezolanos, centro-europeos, asiáticos, africanos norte, centro  y sur americanos. Múltiples estudios, anécdotas, vivencias de diverso calibre, y novedosas posturas alternaban en cátedras donde los conocimientos irradiaban esos tiempos. Para nosotros era difícil superar o aprobar exámenes de Historia del Derecho Español, Derecho Canónico y Foral. Sentimos la decepción y padecimiento de un compatriota que al acudir al examen final y oral tuvo la osadía de persignase teatralmente, el jefe de cátedra al manifestar su rechazo, airado le gritó: “¡acaso soy el demonio para que os santigüéis!

El venezolano apellidado Espina abandonó el frustrado interrogatorio y se marchó, escuchándose en el salón, carcajadas de asistentes y testigos. El enredo e ignorancia de tales disciplinas y costumbres me condujeron a buscar inscripción en otra universidad. En personal sorteo me favoreció la esperanza indo-americana de Oviedo, capital del portento principado de Asturias. Novedosa oportunidad me condujo por ruta norteña hacia Oviedo. En taxi de un amigo del barrio chino salmantino, partí con un venezolano de amplios quehaceres. Aferrado al espeluznante techo de una ballena.

Nos recibió el rigor, bonanza, disciplina y apertura general en los cursos. El tiempo fue empleado en los primordiales aprendizajes de formación profesional. Muchas asignaturas importantes fueron aprobadas y en las altas noches, junto a compañeros de aula descubrimos el espumante sabor de la sidra, y nuevas amigas nos llevaron hasta palcos decorados de la tragedia y los dramas y latitudes orquestales, venia de coros, sopranos tenores, mezos en el perenne latido del teatro Campoamor.

Una tarde veraniega compartía con una seductora ninfa playera del Cantábrico, muy cerca de la vigilancia y atenciones de un prestigioso hostal gijonés. En pleno disfrute fui requerido por uno de los guardianes, cuando exclamó: “Sr., para ud. llamada telefónica urgente desde Madrid; acudí, y en el auricular sonó alborozada la voz de Adriano González León que dijo: “Alfonso hace poco llegué desde Buenos Aires, estoy  recién casado y mi esposa a bordo. Me urge verte”.

Me despedí de los pájaros, la nadadora y el mar y mis vigilias aprovisionaron otro viaje. Al llegar a Madrid divisé a Adriano en la estación. Con inimitable alta voz clamó: “Alfonso, los recuerdos continúan, la nostalgia no se borra”. Acompañados por su esposa nos atrevimos por tascas cercanas y en una de tantas, además de los Riojas, ordenamos chorizos que daban vueltas sobre ardentía de carbones. Pasaron días, noches, foros, plazas, librerías, arcos y museos con figuras móviles en telas negras, brillos expansivos de la historia y crepitantes mitologías. Nos expandimos en fragor humano, señales  de ebriedad, humor y placentero cachondeo.

Llegaron los días  pre-otoñales y la hojarasca recién humedecida nos separó. Sentí soledad y olvido. Quizás el amor desandaba, tocaba cercanas puertas y fui sacudido por antiguas celadas sentimentales que mis amigos motivaban tras su ausencia.

¡Sólo! Remonté la ciudad desde la Puerta del Sol hasta la turbulencia de la Gran Vía. Me abundaron memoriosos pensamientos en un salón festivo, identificado como Torres Bermejas. Varias damas se encontraban disfrutando el llamativo ambiente, una de ellas parecía cavilar en el rincón izquierdo del recinto, me miró con dificultad pues el numeroso grupo la alejaba, momento que aprovechó el camarero de ronda para publicitar el espectáculo del flamenco: “podrá gozarlo desde cuerpo y voces de la magia gitana, pero mañana estarán de nuevo y ahora surgirá el estallido del Jazz”.

Le dije al guardián de turno: “a la señorita que luce en el rincón, un atractivo vestido verde y negro, ofrézcale cualquier trago deseado; fue servida con consideración y apuró su probanza con íntimo deleite.

La dama de atuendo verde y negro me hizo una señal guardada por la intimidad. A través del camarero me envío un mensaje, escrito por ella: “regreso de inmediato, voy por un momento al toalet”. En ese momento, el jazz con metales, piano y otros instrumentos de percusión, comenzaron a sonar y en ese ámbito, se desplazó el recuerdo de Nueva York, el trepidante Broadway, tiritando bajo semáforos, incandescentes escenarios, los dúos Sara Vaughan-Bill Eckstine, apuestas en muelles de mendigos y estibadores, y suspiros mortales de George Gershwin. Eran llamaradas sureñas de la guerra de Secesión.

Fui sacudido por la dama del rincón, el mozo me entregó un papel doblado.

Al concluir el jazz comenzó la salida, y el mensajero de oficio les indicó a los clientes famosos lugares de la Gran Vía donde continuarían otros regocijos. Preparé mi salida, esperando irme al hotel, sentí un trepidante llamado; se trataba de la señal de una luz proveniente de la Plaza del Callao, dibujada en firmamento azul, destellos rojos, amarillos, grises, violetas y verdes. Mis pasos se detuvieron bajo un farol hundido en pequeña escalinata con incesante claridad. Extraje de un bolsillo de mi chaqueta el mensaje escrito y enviado por la desconocida de la Torre Bermeja:

Amigo, errante viajero, ¿qué efecto logró en Ud.?

¿Cómo le supo el vino de  Santa Cruz de Mudela?