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Estética de la desaparición

María Teresa González se concentra en el mundo natural

María Teresa González se concentra en el mundo natural

El vuelo es así la metáfora de un fenómeno contemporáneo que acompaña, en carne y hueso, la desintegración virtual: el desplazamiento permanente

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La desaparición es uno de los fantasmas de nuestro incipiente siglo XXI, el cual pareciera estar dedicado a atravesar la barrera de la materia. Movilidad y ubicuidad son las constantes de una era en la que el "aquí" y el "ahora" ya no se refieren al espacio y tiempo convencionales, sino a la tercera dimensión de la realidad virtual, ese tejido tecnológico en donde se proyecta y reconfigura el inconsciente colectivo.

Adeptos a la telecomunicación instantánea y global, con su continua transferencia de información, el estar simultáneamente presentes y ausentes nos resulta un estado natural, parte del intercambio que hacemos con una realidad cada vez más rápida y evanescente. La presencia física y concreta resulta secundaria, un residuo anecdótico de experiencias pre-tecnológicas.

En ningún lugar plasma esta vivencia en un lenguaje absolutamente ajeno a la tecnología digital y su obsesión con el cuerpo del futuro. A contracorriente, María Teresa González se concentra en el mundo natural, casi decimonónico, de las aves. Lejos de representar una naturaleza idealizada en vías de desaparición, sus pájaros son los agentes perplejos de una lenta y sutil desintegración, como si el traslado de una realidad a otra se estuviera haciendo por etapas discontinuas, algunas partes del cuerpo logrando completar el viaje, otras no.

Optando por la sencillez de los materiales nobles y sus derivados (el papel, soporte tan frágil como universal) y de técnicas clásicas como el dibujo y el décollage, la artista nos presenta la extinción del mundo natural como un desvanecimiento gradual. Sustituyendo la perfección y homogeneidad digitales por la delicadeza del trazo analógico, y el exceso de información por un minimalismo de recursos, En ningún lugar representa la pérdida espacial a través de sus fragmentos, las partes corporales de aves tropicales apenas vislumbradas. Así, el esbozo de patas sin cuerpo posadas sobre una rama, el color de un plumaje cuyo portador aparece tan sólo en silueta, el ala ausente de un loro mil veces repetido en las hojas de un calendario. Índices todos de una realidad que se esfuma frente a nuestros ojos, atrapada en el tránsito entre ser y estar.

En esta obra la presencia brilla por su ausencia. El recurso a temas y registros convencionales es casi una táctica de distracción, permitiendo una reflexión de soslayo, oblicua en lugar de frontal. El vuelo, metáfora de la libertad, aparece asimismo como una alusión. Más presentido que planteado, es el trasfondo de En ningún lugar, pues implícitos en estos esbozos corpóreos, en estos retazos de alas y plumas, en estos perfiles incompletos, se hayan la voluntad de despegue y el deseo de llegar.

El vuelo es así la metáfora de un fenómeno contemporáneo que acompaña, en carne y hueso, la desintegración virtual: el desplazamiento permanente.

Si bien las migraciones, voluntarias o forzadas, forman parte de los movimientos vitales de todos los organismos, hoy en día parecieran reproducir ese estado de fluidez sobre el cual se proyecta la era global. El nomadismo, real o imaginario, es uno de los elementos constitutivos de las nuevas identidades urbanas, cuyo desarraigamiento redefine las nociones de pertenencia y hogar, ocasionando sentimientos encontrados de exaltación y pérdida. Esta última se asoma en los pájaros truncados de María Teresa González, como si al atravesar el espacio de un pliego de papel recuperas en sólo una parte de su ser.