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La Escuela de Fráncfort. Rebelión y Teoría Crítica

De izquierda a derecha: Max Horkheimer y Theodor Adorno; en el fondo: Jürgen Habermas, principales teóricos de la Escuela de Fráncfort. Fotografía tomada por Jeremy Shapiro, en Heidelberg, 1964 / Extraída de Internet

De izquierda a derecha: Max Horkheimer y Theodor Adorno; en el fondo: Jürgen Habermas, principales teóricos de la Escuela de Fráncfort. Fotografía tomada por Jeremy Shapiro, en Heidelberg, 1964 / Extraída de Internet

El profesor de Filosofía Contemporánea, Antonio Sánchez García, repasa protagonistas, títulos y líneas de pensamientos de la Escuela de Fráncfort, una de las corrientes teórico-críticas más influyentes del siglo XX

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A mediados de enero de 1974, tras unos días transcurridos en Buenos Aires luego de dejar Santiago de Chile en donde todos los espacios para una vida académica me habían sido cancelados, de cuya principal universidad fuera expulsado inmediatamente después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sin derecho a defensa “por pervertir a la juventud con teorías subversivas” y de comenzar a sentir en mis talones el asedio de la DINA, la policía política de Pinochet,  llegué a Starnberg, un apacible pueblito a orillas del lago del mismo nombre, ubicado al sur de Múnich, en lo que entonces se llamaba República Federal de Alemania. Gracias a la mediación de Clacso, me había sido otorgado un trabajo de investigador en Ciencias Sociales en uno de los afamados centros de investigación de la Max Planck Gesellschaft, especializado en el estudio de las condiciones de vida en un mundo científico tecnológico. Lo dirigía uno de los físicos más prestigiados de la Alemania de la pos guerra, el barón Carl Friedrich von Weizsäcker, quien lo había fundado en 1970, junto a quien fungía de codirector encargado de los aspectos científicos y académicos, el pensador más destacado de la Alemania contemporánea, Jürgen Habermas.

No hubiera llegado a vivir una experiencia tan trascendente para mí como integrarme a uno de los institutos de la principal sociedad de ciencias alemanas, la Max Planck Gesellschaft, si no hubiera sido por la generosa solidaridad de los intelectuales alemanes frente a quienes, sus colegas, habíamos sufrido la brutal represión de la dictadura militar chilena. Y, desde luego, si no me hubiera formado académicamente en Berlín Occidental, en cuya Universidad Libre estudiara historia, filosofía y sociología y en cuya ciudad viviera entre 1964 y 1970. De modo que volver a respirar el ambiente académico alemán me resultaba no sólo natural, sino una práctica continuación de mi estancia en un país al que había aprendido a admirar como el mío propio, en el que naciera mi hijo mayor, con el que estableciera los más profundos vínculos existenciales y al que le debiera los datos estructurales de mi propia formación académica. No había sido Alemania la interrupción de mi carrera y de mi vida: habían sido los casi tres años de Unidad Popular vividos en Chile, vivencia práctica y vital de mis años de filosofía marxista, desde la óptica crítica, vividos en la Alemania de los sesenta.

Carl Friedrich Von Weizsäcker, entonces el director ejecutivo del Instituto, es considerado uno de los grandes pensadores alemanes contemporáneos. Como físico, tuvo gran relevancia por sus investigaciones sobre la fisión nuclear, y por aportar la nueva teoría de los Sistemas planetarios. Habermas, en cambio, constituía junto a Theodor Adorno, Max Horkheimer y Herbert Marcuse la máxima representación viva de la llamada Teoría Crítica, desarrollada y convertida en una de las grandes escuelas de pensamiento filosófico y sociológico en Occidente a través del Institut für Sozial Forschung (Instituto para la Investigación Social), mejor conocida como Escuela de Fráncfort. Leerlos, estudiarlos y asumir una suerte de fiel discipulado había sido mi principal actividad, más que académica, existencial, en mis años berlineses. De allí mi inmensa emoción al poder compartir con Habermas y Marcuse, quien también formaba parte como profesor invitado, del Max Planck de Starnberg.

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Si Martin Heidegger fue y sigue siendo el gran atractivo del pensamiento filosófico alemán, al extremo de reconocérsele haber hecho renacer la trascendencia, la rigurosidad, la profundidad analítica y existencial de la tradición filosófica como un Aristóteles redivivo que hubiera atravesado el espacio y el tiempo para allegarse a Friburgo, primero, y a Marburgo, después, escribiendo la obra posiblemente más importante de la filosofía del siglo XX –Ser y Tiempo–, la Escuela de Fráncfort es, sin duda, ninguna, su pendant, por no decir: su contra parte. Desde una visión categorial y académica en cierto sentido nihilista, mucho más cercana a Nietzsche, a Kierkegaard y a Schopenhauer: la negación de la filosofía como filosofía primera y última, totalizante y absoluta en un universo fracturado. Atravesado por el conflicto tanto en su estructura económico social –las clases– como en su conciencia individual –las pulsiones–. Marx y Freud. Un pensamiento que no se concrete al ritmo de las pulsiones históricos ni de cuenta de la verdad concreta –die Wahrheit ist konkret, como afirmaba Hegel– es un pensamiento estéril, inútil.

Si bien Heidegger atrajo la atención de una generación golpeada por la catástrofe de la guerra con el nihilismo de su concepción fundante, de cuya filosofía se afirmaba que “la perceptible intensidad y la profundidad insondable del impulso espiritual de Heidegger hacía palidecer todo lo demás, y nos hacía rechazar la ingenua fe de Husserl en un método filosófico definitivo” (1) el ser ahí como aherrojado en la nada, carente de cura, falto de autenticidad si bien fundante de todo lo que es en cuanto el único ente –Dasein– al que “le va su propia existencia”: –“ente ónticamente señalado porque en su ser le va este su ser” (Ser y Tiempo)–, los pensadores agrupados en lo que sería la Escuela de Fráncfort le reprochaban su absoluta carencia de concreción histórica. Y planteaban, por lo mismo, la necesidad de pensar filosóficamente a partir del imperativo de la tesis 11 sobre Feuerbach, en la que el joven Marx invierte copernicanamente la tarea de la nueva filosofía: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

De allí el desencanto de Marcuse y la rotura abisal del influjo que sobre él ejerciera el maestro de Friburgo. Así como la natural afinidad con el sociólogo crítico Max Horkheimer, cofundador de la Escuela de Fráncfort, que además de la práctica revolucionaria como destino del pensar no veía para el pensamiento y la investigación otro sentido que el de vincularse a la acción revolucionaria. Su círculo “se disponía para un comienzo en vista de una sociedad capitalista-burguesa en constante decadencia, de un fascismo en progreso y de un socialismo estancado.” Marcuse, desencantado del genio de la Selva Negra, llevaría sus postulados aún más lejos: “el hecho de que en la situación fáctica del capitalismo precisamente no se trata de una crisis económica o política, sino de una catástrofe del ser humano –esta comprensión condena desde el principio toda reforma meramente económica o política al fracaso– exige incondicionalmente la superación catastrófica del estado fáctico, a través de la revolución total” (Marcuse, Escritos 1, p. 536). “Marcuse había llegado a una filosofía que atribuía globalmente al presente una forma de existencia capitalista inhumana, que sólo mediante una revolución total podía hacerse coincidir con la esencia del ser humano, conocida gracias al joven Marx” . (2)

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La historia de esa extraordinaria aventura intelectual que fuera la constitución a comienzos de los años veinte del Institut für Sozialforschung (Instituto para la Investigación Social), con sede en Fráncfort y, desde entonces, llamada la Escuela de Fráncfort, posiblemente uno de los mayores esfuerzos intelectuales europeos por la creación de un pensar multidisciplinario orientado a la crítica de la sociedad capitalista burguesa post industrial y sus efectos en todas las esferas de la creación humana y, por lo mismo, resumido en la impronta de Teoría Crítica o Crítica Cultural, se condensa en una obra magistral, histórico crítica ella misma y deudora de los principios y fundamentos de la escuela, escrita por uno de sus discípulos, Rolf Wiggershaus: La Escuela de Fráncfort. Una obra cuya traducción y publicación en español debemos agradecer a la gran editora mexicana Fondo de Cultura Económica conjuntamente con la Universidad Autónoma Metropolitana. Y que debiera convertirse en obra de consulta obligada de nuestras escuelas de filosofías.

La Teoría Crítica sólo puede ser comprendida a partir del pensamiento de los dos más importantes pensadores de la sociedad y la cultura capitalista que nos fundamentan aún en la sociedad globalizada de hoy: Karl Marx, particularmente el joven Marx de los escritos económico filosóficos, determinante en el posterior desarrollo de la teoría de la alienación y particularmente en el Lukács de la Teoría de la Novela e Historia y Conciencia de Clase, y Sigmund Freud, el gran escudriñador de la interioridad fracturada del individuo en la sociedad burguesa. Pues la Teoría Crítica nace al impulso de lo que constituyó uno de los objetivos más fascinantes y perdurables de la inteligencia alemana de la primera pos guerra. Erich Fromm, otro de los fundadores de la Escuela de Fráncfort: “formaba parte junto a Wilhelm Reich y Siegfried Bernfeld de los freudianos de izquierda que llevaron a cabo el fascinante experimento de combinar la teoría de los instintos de Freud  y la teoría de clases de Marx.” Dos ejes de pensamiento aparentemente antinómicos, que el talento y el genio de los fundadores de la Teoría Crítica podían usar como herramientas claves del desvelamiento del Ser y el Tiempo, frente a los que la genialidad y hondura escudriñadoras de Heidegger se diluyen en el reino de la abstracción absoluta. Incluso en el galimatías de “conceptos monstruosos” (Safranski). Peor aún, en la nada, como lo advierte el mismo Safranski ante quienes creyeron en sus esperanzas: “el que tales esperanzas quedaran desengañadas pertenece al mensaje de Ser y Tiempo, que suena así: detrás no hay nada. El sentido del ser, en efecto, es el tiempo; pero el tiempo no es ningún tanteo de dones, no nos da ningún contenido y ninguna orientación. El sentido es el tiempo, pero el tiempo no “da” ningún sentido.”(3)           

Benjamin, Adorno, Marcuse, Fromm, Lukács, Bloch, Krakauer, Leo Löwenthal, Pollock transitan por esta maravillosa aventura espiritual en busca de una verdad para salir del atolladero, de la mano de Marx, de Freud y de los grandes creadores de la época, como Heidegger, Schönberg y Alban Berg. Y todo ello urgido sobre el telón de fondo de una República que se desmoronaba en los brazos de Hitler y la barbarie. Para renacer de sus cenizas, fiel a su propósito fundante: la emancipación del hombre y la reconciliación del género humano. Vale la pena hundirse en su millar de páginas. Saldrá reconciliado con el pensamiento y la obra de quienes no se rindieron a la brutalidad.  

 

NOTAS

1. Karl Löwith

2. Rolf Wiggershaus: La Escuela de Fráncfort, Fondo de Cultura Económica, México, 2009.

3. Rüdiger Safranski, Un maestro de Alemania, Martin Heidegger y su tiempo, Biografía, Fábula Tusquets editores, España, 1997. Pág. 190.