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Autores de crónicas latinoamericanas

Autores de crónicas latinoamericanas

Se dice que en nuestros días asistimos, como lectores, al boom de la crónica latinoamericana. Revistas, libros y talleres tienen como objeto estudiar, hablar y reflexionar sobre este tipo de prosa narrativa. Atendiendo a ese auge, presentamos a los lectores dos textos que abordan elgénero en el contexto latinoamericano y venezolano, una reseña de la reciente publicación del maestro Tom Wolfe y un pequeño panorama de la crónica en Brasil

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Hoy en América Latina se señala con insistencia que asistimos al auge de la crónica, que estamos en medio de un boom del género. Entrados ya en el siglo XXI esta forma de escritura se ha abierto su propio espacio y se ha ganado sus lectores y sus publicaciones: revistas y editoriales están reservando un lugar especial para este tipo de textos. Este apogeo no debe sorprendernos por varias razones.

Para empezar, la crónica ha estado ligada a la gran tradición literaria latinoamericana. En sus estudios Susana Rotker nos hizo ver esto y, sobre todo, nos mostró al periodo modernista como fundador e inventor del género, como resultado de la profesionalización del escritor. Para ella la crónica es un género específico de nuestro continente y los escritores modernistas crearon una forma de narrar que mezcló periodismo y literatura.

Por otro lado, tenemos a sus cultores contemporáneos: grandes escritores y periodistas, plumas que se han dedicado con esmero a la crónica, la
han mimado, han experimentado, han buscado, han hecho del género un espacio no sólo expresivo sino también de posibilidades y han logrado

resultados maravillosos y sorprendentes. Juan Villoro, Pedro Lemebel, Carlos Monsiváis, Alberto Barrera Tyszka, Martín Caparrós, Edgardo Cozarinsky, Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, Jorge Carrión, Juanita León, Fabrizio Mejía Madrid, Maye Primera, Francisco Mouat, Edgardo Rodríguez Juliá, Gabriela Wiener son sólo algunos de los muchísimos nombres que se pueden incluir en una lista de buenos cronistas contemporáneos que, además, han propuesto formas del género.

Así, la crónica está, digamos, en nuestra tradición, en nuestra sangre; tenemos grandes exponentes en nuestros días y, además, podemos sumar el auge de publicaciones y editoriales que le dan un espacio privilegiado a este tipo de narrativa.

Revistas como Soho, The Clinic, Orsai, El Malpensante, Marcapasos, Gatopardo, Etiqueta Negra y, más recientemente, la Revista Anfibia dedican el grueso de sus páginas a la crónica. Y en las estanterías de las librerías podemos conseguir una gran variedad de títulos que reúnen trabajos de diferentes autores que cultivan el género; no importa si es una compilación de textos previamente editados en publicaciones periódicas o si es un proyecto preparado para ser impreso en formato de libro.

El hecho es que en estos momentos la crónica tiene un espacio,  una serie de autores que se dedican a ella y un público ávido de este tipo de materiales.

Dos muestras del estado actual

Como para confirmar el tema del auge de la crónica en nuestro continente, este año han aparecido en el mercado editorial dos antologías: una dedicada a la crónica latinoamericana, publicada por Alfaguara; y otra sobre la crónica en español, es decir, que incluye firmas españolas, editada por Anagrama. Antología de crónica latinoamericana actual es el volumen de Alfaguara, compilado por el poeta y novelista colombiano Darío Jaramillo Agudelo.

Y Mejor que ficción. Crónicas ejemplares, es el título impreso por Anagrama, que fue curado por el cronista, ensayista y novelista español Jorge Carrión.

Ambas compilaciones presentan un inventario valioso  de autores y lenguajes, de formas y miradas que ofrecen un panorama del estado actual de la crónica en nuestra región, y más: en lengua española.

Aquí comienzan los encuentros y las diferencias de las dos publicaciones, que podrían ser tomadas como títulos complementarios sobre un mismo tema.

Antología de crónica latinoamericana actual y Mejor que ficción. Crónicas ejemplares se construyen desde la imposibilidad de dar cuenta de todas
las formas de escritura, estilos y voces que se dedican a la crónica. Dentro de la injusticia y la parcialidad que encierra toda antología se postulan desde criterios que permiten dar una visión panorámica, un muestreo representativo del género. De un lado, Darío Jaramillo Agudelo ha procurado abarcar los tópicos, países y cronistas posibles que permite un volumen de sensata publicación y manipulación para el lector;
del otro, Jorge Carrión ha seleccionado veintiún textos ejemplares por su singularidad, que dan muestra de las posibilidades que permite el género y que lo caracteriza hoy. Por supuesto, Mejor que ficción se distingue porque también toma en cuenta a los cronistas españoles, tanto en la selección como en el estudio preliminar y en el índice de cronistas que ofrece al final del libro.

Las dos antologías coinciden en algunos nombres de cronistas: Leila Guerriero, Juan Villoro, Martín Caparrós, Pedro Lemebel, Alberto Salcedo
Ramos, Fabrizio Mejía Madrid, Gabriela Wiener, Cristian Alarcón, Jaime Bedoya y Julio Villanueva Chang están aquí y allá con textos distintos, para confirmarlos como valiosos exponentes y maestros del género.

Los estudios preliminares que presentan ambos libros trabajan la historia del género, sus escritores, sus características y procuran hacer un diagnóstico del estado actual de la crónica.

Sin embargo, el prólogo de Jaramillo Agudelo parece más una guía de ruta para el lector; mientras que el texto preliminar de Carrión intenta además teorizar sobre el género y se inserta en la famosa dicotomía de ficción versus no ficción.

Del “Collage sobre la crónica latinoamericana del siglo veintiuno”, de Darío Jaramillo Agudelo, y de “Mejor que real”, de Jorge Carrión se pueden construir algunos consensos sobre esta forma de escritura. Para comenzar, se puede estar de acuerdo en que es un género inestable, que es y no es, que tiene algo de la novela, del cuento, del ensayo, de la autobiografía, del diario, del reportaje, del teatro, del testimonio, todo eso junto refuerza la conocidísima afirmación de Villoro: la crónica es el ornitorrinco de la prosa.

Lejos estamos de conseguir una definición unívoca de la crónica, y menos aún de un consenso cuando se pone la discusión de si es ficción o no
ficción. Tal como apunta Carrión, pareciera que estamos más ante un debate que ante un género. La misma vitalidad de esta forma de escritura hace que su definición sea escurridiza, con cada texto asistimos a la reformulación de temas, estrategias narrativas, formas, métodos y complejidad.

Lo que sí parece ser cierto es que ese ornitorrinco requiere de un tipo especial de escritor. El cronista es tomado como un testigo especial, con una sensibilidad singular que debe observar, traducir, comprender. Debe ser independiente para poder dar un testimonio personalísimo que sea una alternativa al discurso oficial y que vaya en contra de la verdad pública; porque el cronista tiene conciencia de que la realidad es múltiple y más compleja de lo que parece. Y allí otra característica: el escritor de crónicas jamás se deja llevar por lo aparente o lo evidente, trabaja para hacer visible lo oculto. Y más: debe bregar para encontrar lo singular, lo sorprendente.

En ese margen en el que se encuentra, entre historia, periodismo y literatura, la cró-nica ha logrado establecerse como una forma narrativa que no sólo junta esos tres tipos de discursos, sino que también se ha convertido en uno de los géneros de entretenimiento más buscado por los lectores de hoy.