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Escribir sobre el arte

Víctor Guedez / foto zonalibredigital.wordpress.com

Víctor Guedez / foto zonalibredigital.wordpress.com

“El proceso se dinamiza en función de preguntas y repreguntas hasta que se logre la captura de los atributos plásticos más característicos”

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Cuando Albert Camus afirmó que “escribir es algo más que escribir”, obviamente subrayaba que se trata de algo más que anotar oraciones cargadas de retórica pero carentes de contenido. Al transferir esta significación al mundo del arte brotan exigencias de especial relevancia, pues no puede escribirse sobre algo que, como el arte, reclama la sensibilidad asociada a una vivencia estética, la descripción inscrita en el manejo de pautas de interrogación y, finalmente, la valoración vinculada con el dominio de categorías de análisis. Para precisarlo con solo tres palabras: escribir sobre arte procede de haber ejercido esfuerzos de “aproximación”, “comprensión” y “crítica” frente a la obra que sirve de referencia.

Aproximarse al arte es una fase previa que permite activar la afectividad, así como incentivar la disposición intelectual y comprometer la voluntad a favor de una actitud receptiva. Lo que se busca es una intimidad que privilegie un inocente interés o, si se quiere, un interés inocente. No importa aquí la colocación como sustantivo o adjetivo. Lo fundamental es que, tanto la actitud inocente como la disposición interesada afinen el esquema perceptivo del observador. Este acercamiento equivale a asumir un comportamiento liberado de prejuicios y de predisposiciones inhibidoras. El siguiente decálogo sintetiza las exhortaciones esenciales de esta abierta disposición: 1) Nunca expreses una opinión inmediata y definitiva. 2) Desconfía de todo aquello que te entre por los ojos. 3) Regresa siempre a lo que no te gustó la primera vez. 4) No asocies tus apreciaciones con juicios de valor. 5) Descarta cualquier tipo de sectarismos. 6) Déjate conducir por la sugerencia intuitiva. 7) Ejercita el ver antes que el juzgar. 8) Descarta cualquier enfoque que se apoye en la dicotomía entre lo bello y lo feo. 9) Incentiva la observación concentrada, silenciosa e íntima. 10) Deja que la obra se anide en tu espíritu y, al tiempo, proyecta sobre ella todas las asociaciones que fluyen desde tu interior. En definitiva, la aproximación al arte, más que la asimilación de determinadas informaciones, significa la superación de obstáculos y la ruptura de resistencias que impiden la impronta de una vivencia estética.

Tales actitudes despejan el camino para la siguiente fase de comprensión, la cual persigue describir, interrogar y penetrar en las características formales de la obra. No se trata de una percepción aséptica, más bien se asume una interacción soportada por la conciencia de lo que se está viendo. El proceso se dinamiza en función de preguntas y repreguntas hasta que se logre la captura de los atributos plásticos más característicos. De esta manera se procesan inquietudes, exigencias y curiosidades que incentivan las manifestaciones comunicativas y expresivas, así como simbólicas y metafóricas de las obras. La comprensión culmina con el registro de un análisis que precisa las peculiaridades visuales y las orientaciones estéticas de la proposición en cuestión.

La dinámica expuesta se recapitula y condensa en la fase de la crítica. Aquí se procede a partir de una instancia de comparación que permite legitimar los atributos y aportes de la obra con los paradigmas vigentes, para luego dar paso a una valoración que deviene de la aplicación de categorías de evaluación. Este recorrido se concentra en una toma de posición en la cual el crítico concreta su apreciación conclusiva.

Debe rescatarse que, en la totalidad de las fases reseñadas, se hace presente un factor de subjetividad. La aproximación, la comprensión y la valoración, al igual que el escrito resultante, están impregnados por la sentencia de José Bergamín: “Si me hubieran hecho objeto sería objetivo, pero me hicieron sujeto y por eso soy subjetivo”. La subjetividad es consustancial al ser humano y, por tal razón, encuentra un espacio de legitimación en todo lo que concierne a la relación con el arte. Además, las obras de arte, en sí mismas, son la expresión opuesta a la objetividad y siempre evitan el ser totalmente descubiertas. Con Camón Aznar hay que repetir que “la mejor devoción a la obra de arte es el reconocimiento de su extrañeza e incognoscibilidad”.

Podemos afirmar, para concluir, que escribir es, en cierta forma, prolongar la vida que recogen las palabras, y cuando se escribe sobre arte esta posibilidad se eleva, aunque se sepa que no puede decirse todo lo que una obra encierra.