• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Escolios y conjeturas acerca de La navaja de Ockham: colombia, venezuela y otros ensayos

Rafael Arráiz Lucca, 2013 / Foto: Leonardo Guzmán. Archivo

Rafael Arráiz Lucca, 2013 / Foto: Leonardo Guzmán. Archivo

Este discurso fue pronunciado por el profesor y crítico de arte en la presentación de la obra de Rafael Arráiz Lucca en la librería Alejandría (Caracas) el pasado 14 de noviembre

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Me resulta difícil disimular que la responsabilidad de presentar un libro de Rafael Arráiz Lucca me produce un temor reverencial. Y la razón es comprensible: lo aprecio como intelectual y lo quiero como amigo, pero, sobre todo, lo considero el pensador más destacado de su generación y uno de los venezolanos insoslayables de nuestro tiempo. De manera que muy modesto valor podría añadirle al acontecimiento de la aparición de otra de sus contribuciones esenciales al acervo cultural del país. Pero no quiero dejarme atragantar por las argumentaciones y emociones que esta exigencia me produce, y la mejor manera de lograrlo es metiéndome directamente en la materia.

La navaja de Ockham

Debemos comenzar diciendo que en este libro, nuestro autor no se limita a compilar una serie de ensayos a la manera de una simple agregación, sino que –en el ejercicio de su condición capricorniana– define una estructuración orgánica de particular simetría y orden. Recurre al postulado de Guillermo de Ockham (fraile franciscano inglés que vivió entre los siglos XIII y XIV), del cual pueden asumirse tres  ideas clave: la primera es que “no debe presumirse la existencia de más cosas que las necesarias”; la segunda establece que “entre varias posibilidades es muy probable que la respuesta más sencilla sea la correcta”. Y la tercera indica que limpiar es quitar lo que sobra y quitar lo que sobra implica elegir. Estos enunciados pautan el camino epistemológico del autor en el amplio espectro de su recorrido. En cada texto se presiente la revisión y la limpieza que preceden cada resultado y que proceden con el rigor de quien no descarta el potencial de perfectibilidad de lo que escribe. 

Seguramente, Rafael Arráiz Lucca revive en cada uno de sus trabajos aquello que se le atribuye al poeta Valery: reviso y limpio el texto una, dos… cien veces, y al final, no me reconcilio con el texto, sino con sus posibilidades.

Naturaleza del ensayo

El carácter de asidero de este primer capítulo viene seguido por un esclarecedor artículo acerca de la naturaleza del ensayo como disciplina reflexiva, así como de sus posibles taxonomías. Con el ruego de que perdonen el retruécano, interpretamos que este ensayo sobre el ensayo permite comprender lo que es el ensayo y, además, ayuda a asimilar las recomendaciones necesarias para redactar un buen ensayo. En este orden, pone especial hincapié en distinguir el carácter libre y creativo del ensayo literario del sentido responsable y documentado propio del ensayo académico, con lo cual advierte al lector que, en uno y otro sentido, podrán encontrarse trabajos en el libro. Desde el punto de vista pedagógico y divulgativo estos dos capítulos introductorios destacan el concepto ensayístico que servirá de eje a las diferentes contribuciones que conformarán la publicación. No sobra reseñar que Rafael Arráiz Lucca cierra estas consideraciones diciendo que escribir un ensayo “es una manera de dialogar con los que leo, que me ayudan a entender el mundo”. Queremos complementar este testimonio señalando que “el entender el mundo” es apenas un medio en su trabajo intelectual: él quiere entender para comunicar y enseñar porque es, en el fondo, la encarnación de una vocación docente. Sus compromisos con la comunicación y la educación no son algo adjetivo sino que se han convertido en pasiones  incrementadas en el tiempo. Por eso asociamos su actividad con lo que aseveraba George Steiner: “El quehacer literario consiste en ayudarnos a leer como seres humanos íntegros”. Y nadie quita de nuestra convicción que cuando nuestro autor escribe no deja escapar la idea de que su responsabilidad  conlleva el propósito de transmitir y transferir sus reflexiones a sus lectores y alumnos para que alcancen un anhelo de integridad. Por eso hoy le dedica buena parte de su tiempo y una intensa entrega de su espíritu a la docencia. Y esta focalización de su empeño, permite ratificar –con palabras de Laura Riding– que “la veracidad de lo que se escribe no depende solo de la calidad del escritor sino del ser humano que escribe”.

Colombia y Venezuela

Las vocaciones, actitudes y sensibilidades planteadas nos conducen a otra de las secciones de la publicación, que se inicia con un artículo titulado  “Colombia y Venezuela: un ensayo impresionista”. Ahí concentra un testimonio autobiográfico escrito con una admirable soltura y con una gran cercanía afectiva. Sin duda, pone en evidencia una capacidad de observación y una agudeza perceptiva que validan aquello de que uno puede cambiar de posición manteniendo la misma perspectiva pero no puede cambiar de perspectiva manteniendo la misma posición. El juego de ver y comparar conductas de venezolanos y colombianos luego de haberlas vivido o reflexionado, tanto desde cerca como desde lejos, demuestra una inteligente aproximación que, además de ser impresionista por el predominio de los impactos retinales que le producen, también es expresionista por el implícito sentido emocional de su reseña. Lo admirable es como las cualidades asociadas a un historiador se combinan admirablemente con los focos inscritos en las capacidades de cronista, investigador, lector y divulgador. A partir de estos apoyos realiza un  registro en donde  el sosiego  y el respeto reafirman los arraigos de una sólida condición humana. Rafael Arráiz Lucca es un tendedor de puentes y, por eso, nunca hace uso de desmesuras o exageraciones. Entiende que las diferencias existen para apoyar deferencias y para proscribir indiferencias. El otro es otro no porque es diferente a mí sino porque es el mismo. El otro, y esto funciona en el caso de las personas y de los países, es al mismo tiempo, alguien distinto, igual, único y complementario. Es distinto porque tiene su propia historia. Es igual porque comparte análogos derechos y deberes. Es único porque su especificidad es intransferible. Y es complementario porque puede cooperar para lograr una dimensión superior a la que tiene aisladamente. A Colombia y Venezuela no les cabe preguntarse qué es lo que van a hacer con sus respectivos países, sino qué van a hacer en el marco de su necesario destino con el otro. Encajan aquí el axioma de Paul Celan: “Yo soy tu cuando yo soy yo”, así como la expresión de Karl Jasper: “Yo no soy yo solo”.

Estas ideas transpiran la convicción de fraternidad con la cual nuestro entrañable amigo asume esta ilustrativa tarea comparativa, y también ellas se perfilan hacia el establecimiento de una pedagogía del acercamiento que le cierre toda cabida a aquel presentimiento de Primo Levy, según el cual el infierno debe ser como una sala grande y vacía, en donde se prolonga la espera para que el otro llegue y para que suceda algo.

Por lo dicho, nos  complace que Rafael Arráiz Lucca haya escrito este texto que, quizá sea el más opinático en comparación con los enjundiosos capítulos que conforman el resto, pero que resulta ser el más testimonial y, en consecuencia, el más cercano a la espontaneidad de su espíritu. Unamuno decía que hablaba de sí mismo porque era lo que tenía más cerca, y estimamos que también esto predominó en los fundamentos de este capítulo. Pero, además, pensamos que el haber redactado estas líneas en la incómoda circunstancia de estar fuera del país, le dio la oportunidad de conocerse mejor al poder conocer mejor al otro, así como la de conocer  mejor al otro al poder conocerse mejor a sí mismo. Igualmente podríamos establecer la hipótesis de que estas visiones sobre las conductas de las personas de ambos países, le permitieron vivenciar aquel aforismo de Antonio Porchía que dice: quien no es capaz de alejarse de sí mismo, no será capaz de acercarse a nadie, ni siquiera de acercarse a sí mismo. En el marco de estos significados sentimos la obligación de citar y de compartir la afirmación con la cual cierra el capítulo. Dice Rafael Arráiz Lucca (y nosotros le servimos de eco): “Llevo a Colombia sembrada en un lugar caliente y privilegiado de mi corazón”.

El libro continúa con otros diez textos dedicados a Colombia y otros tantos destinados a Venezuela, en los cuales nuestro autor establece miradas de doble vía que encuentran unas referencias en los dos epígrafes que reseña. Al introducir los artículos sobre Colombia coloca la siguiente afirmación de David Bushnell: “Después de todo, ¿qué puede hacer un latinoamericanista con un país donde los dictadores militares son prácticamente desconocidos, donde la izquierda ha sido congénitamente débil y donde fenómenos como la urbanización y la industrialización no desencadenaron movimientos “populistas” de consecuencias duraderas?

En cambio, el conjunto de textos dedicados a Venezuela están encabezados por el siguiente rótulo de Ramón J. Velásquez: “Una historia dinámica la de Venezuela, pero en algunos tiempos parece como si ella retrocediere a repasar escenas que ya conocimos”.

El espíritu que dista entre una y otra de estas afirmaciones confirma el significado básico de los artículos que se conjugan en los dos segmentos del libro. Desde luego, es imposible reseñar con especificidad sus contenidos, pero sí podríamos advertir la presencia de curiosas e importantes informaciones. De necesaria lectura es lo que dice Santander acerca de Bolívar, en el capítulo titulado “La dictadura de Bolívar, según Santander”. Así mismo, es imposible omitir los polémicos comentarios que aparecen relacionados en el artículo “Bolívar bajo la lupa de Ducoudray Holstein”.

Ciertamente, en la sección de artículos dedicados a Colombia encontramos ensayos maravillosos por el manejo de datos pocos conocidos y por la maestría de las argumentaciones. Un esfuerzo de suprema síntesis nos invita a recomendar la lectura de los capítulos en su totalidad. El titulado “David Bushnell: un historiador enamorado de Colombia” amerita su lectura porque nos ayuda a entender a Colombia a través de la comprensión de uno de sus más peculiares historiadores, quien termina por demostrar que se puede “querer a una nación a pesar de sí misma”.

“El Bicentenario en tres libros colectivos”, por su parte, nos hace tomar contacto con el carácter de las compilaciones y la fuerza de resonancia que procede de “despertar el interés de por vida de académicos foráneos”.

El artículo “Sin el periodismo ¿se entiende a Colombia? Permite asimilar la historia, el significado y el alcance que han tenido los medios de comunicación y el ejercicio del periodismo en ese país.

“La vida privada en Colombia” evalúa los aportes y limitaciones del trabajo en donde Jaime Borja Gómez y Pablo Rodríguez Jiménez dan cuenta de la vida en ese país, entre el siglo XVI y el XX.

El artículo sobre “Borges en Colombia” revela, de una manera lúcida y con una encantadora reseña de circunstancias, el carácter particular de los vínculos de Borges con ese país.

Dentro de esta secuencia, el ensayo “Poliedro Garcíamarquiano” contiene una aproximación crítica a los cuentos de García Márquez, a partir de criterios de evaluación aplicados con un rigor admirable. A este análisis se unen otras interesantes reseñas que dejan evidencia de los aportes del referido premio nobel.

La sección dedicada a Colombia se completa con otros artículos que dejan explícitos los conocimientos sedimentados y el rigor histórico de las indagaciones que emprende nuestro autor. Atención especial debe hacerse del ensayo “La última escala de Maqroll, el viajero”, en el cual se acerca, con disposición comprensiva, a maravillosos sucesos, aportes y anécdotas vinculados a Álvaro Mutis.

El libro continúa con una serie de escritos sobre Venezuela. Plurales son las apreciaciones que pueden anotarse sobre estas contribuciones. Algo que se impone de inmediato es la afirmación que sirve de inicio al primer capítulo titulado “Venezuela revelada”. Dice de manera desafiante: “Ser venezolano, más que una certeza, es despertar en el imaginario una batería de interrogantes”. El reto involucrado en esta aseveración no es fácil de atender y aún es más complejo en el marco de nuestra realidad presente. Pero estas son el tipo de preguntas que calzan en un pensador que, como Rafael Arráiz Lucca, encarna siempre un optimista activo. En efecto, él no asume un optimismo superficial que se refugia en la espera de mejores tiempos. Su conducta jamás servirá para justificar aquella exclamación de Saramago, según la cual los problemas del mundo solo pueden solventarlos los pesimistas, porque los optimistas siempre están seguros de que todo se va a resolver. Nuestro ensayista es más bien un optimista activo, es decir, alguien que convierte su esperanza en un desafío de acción. Su afirmación más bien convoca la idea de que cuando un país tiene más preguntas que respuestas es porque tiene más futuro que pasado. Los países con más respuestas que preguntas, seguramente tienen más pasado que futuro. Con esa tranquilidad de conciencia, nuestro autor asume sus interrogantes a partir de un primer capítulo conformado por seis acápites que se inician con la llegada de Colón y que nos conducen a la desolación y a la muerte de los tiempos caudillescos propios del siglo XIX. Pero, después, eleva su espíritu hacia imágenes constructivas y toca los espacios del arte registrado en un inicio, por los pintores viajeros y, luego, por los artistas venezolanos.

Pero, más allá de lo estrictamente textual, conjeturamos que, en el fondo, nuestro autor retiene la pregunta que siempre le acompaña: ¿será que ahora permitiremos que el mal diga la última palabra? El horizonte se mantiene abierto y seguramente tendremos que aceptar al menos tres hipótesis: la primera, advierte que la historia es una loca que responde preguntas que nadie le ha hecho (Tolstoi); la segunda, recuerda que generalmente la historia es lo que ha sido y no lo que ha debido ser (Gil Fortoul); y la tercera subraya que la historia y la razón nunca se juntan (Nietzsche).

Luego de la extraordinaria lección de historia que nos ofrece en este capítulo de entrada, comparte cuatro reflexivos capítulos que se inician con un sugestivo texto, titulado: “Inclusión-exclusión: los dos extremos de un dilema”. Aquí retoma el recorrido planteado en el capítulo anterior para repasar, de modo sumario y elocuente, un análisis que concluye con una afirmación que se convierte en aspiración: “Quizás lo más significativo de los años que van de 1928, con un punto de inflexión importante en el 14 de febrero de 1936, que luego encuentran continuidad en las primeras elecciones de 1947, y después tienen al 23 de enero de 1958 como símbolo, sea la asunción por parte del venezolano de la democracia como su proyecto histórico. Y la democracia, en sí misma, es el proyecto de inclusión social por excelencia”.

Los otros tres capítulos del segmento dedicado a Venezuela nos relacionan con tres venezolanos de tiempos no coincidentes y de distintas competencias: Francisco de Miranda, Manuel Caballero y Eugenio Montejo. Un prócer, un historiador y un poeta. Quizá puede esconderse en esta selección un metamensaje relacionado con las dimensiones humanas que fecundan nuestra mejor esperanza de futuro.

Orbis y biblos

Finalmente, el libro termina con la reunión de tres capítulos que se amparan con la denominación “Orbis y biblos”. Estos trabajos son de elevada factura y demuestran una sedimentación reflexiva. Además, comparten un mismo atributo: tienen los mejores méritos de ser ensayos literarios y responden a las exigencias más rigurosas del ensayo académico. Por esta razón, atienden un interés de veracidad y hacen uso del juego constructivo de la creatividad. Ciertamente, es muy poco lo que puede decirse de estos ensayos que todo lo dicen. Sin embargo, se imponen unos apuntes rápidos y frugales. Anotemos que el primer artículo está destinado a explicar siete visiones que sobre la filosofía de la historia se han expuesto en el siglo XX. Es sencillamente gratificante comprobar la densidad de la información así como la síntesis de taxonomías que ayudan a captar el alcance de una disciplina fundamental. Comprender la historia es un factor de éxito para entender mejor lo que es objeto de ella, es decir, la dinámica misma de los acontecimientos y esfuerzos del ser humano. El disfrute de las sistematizaciones que nos ofrece Rafael Arráiz nos trajo a la mente aquel ejercicio Borgeano de ver el futuro como si fuese ya pasado desde el presente. Desde luego, también nos invita a transferir relaciones de interpretación a nuestra inmediata realidad nacional. Pero, por encima de cualquier especulación o asociación que podamos hacer, resulta más importante resaltar las tres conclusiones a las que llega nuestro autor. Ellas son:

1. “Nadie puede decir que los hechos se repiten de manera exacta en el ámbito de la historia, de tal forma que la cientificidad de la historia es distinta a la de las ciencias naturales”.

2. “…la mejor manera de comprender los fenómenos históricos es ubicándolos dentro de un marco cultural vasto, apelando a la interdisciplinariedad y de un período de larga duración”

3. “La historia… no es una ciencia en los términos clásicos y, además, el individuo no puede ser obviado en aras de los procesos sociales. El individuo también cuenta”.

Los otros dos capítulos, de esta última sección del libro, se relacionan con el idioma y el libro y, así como con Mario Vargas Llosa. El primero fue el discurso pronunciado en el Paraninfo del Palacio de las Academias Nacionales con motivo del día del idioma, en abril de 2007, y el segundo es el discurso pronunciado en el Paraninfo de la Universidad Simón Bolívar con motivo del conferimiento del Doctorado Honoris Causa a Mario Vargas Llosa, en diciembre de 2008. Piezas magistrales que, línea a línea, promueven la gratificación intelectual de todo aquel que las lea.

Epílogo

Asumimos la plena conciencia de que lo que pretendía ser una ayuda memoria para la presentación de este libro, se ha convertido en una especulación inapropiadamente extensa. Pero las cosas terminan siendo lo que van saliendo. Podemos confesar que, a esta altura, lejos de estar agobiados por las cuartillas escritas, nos sentimos henchidos por ideas y sentimientos que mantienen el impulso de la convocatoria inicial. Nos disponemos, entonces, a concluir con lo cual nos vemos obligados a sacrificar algunas razones para privilegiar varias sensaciones. Creemos que este nuevo libro de Rafael Arráiz Lucca confirma que estamos en presencia de un continuador de la vocación universalista, es decir, de alguien que no solo proyecta una visión global sino que también ejerce un denuedo reflexivo abarcador. Son pocos los campos del saber que deja de escrutar y siempre sabe combinar el sentido penetrante de una indagación con la sensibilidad de una vivencia y el desafío del compromiso ético. A todo esto se añade la disciplina de una entrega que permite sistematizar, de una manera fecunda, su trabajo. En su caso no funciona aquello de que cuando un intelectual es joven escribe fácilmente pero le cuesta publicar, mientras que cuando es maduro le cuesta escribir y le es muy fácil publicar. En el caso de nuestro escritor, la madurez de su sabiduría le facilita el camino para sostener el despliegue fluido y la soltura creativa de una amplia productividad. Y no puede ser de otra manera porque la lectura y la escritura, la investigación y la docencia, la comunicación y la divulgación, la gerencia cultural y el ejercicio periodístico son consustanciales a su quehacer cotidiano. En su caso, la vocación intelectual y la entrega pública adquieren dimensiones supremas que se traducen en afán ineludible. Si es cierto que malos hábitos conducen a vicios y que buenos hábitos conducen a virtudes, tenemos que aceptar aquí que Rafael Arráiz Lucca nunca ha convertido sus virtudes intelectuales en trofeos, sino que más bien los ha transformado en referencias para renovar sus empeños. En cierto sentido su conducta se asocia con la creencia de que un pájaro no canta porque es feliz, sino que es feliz porque canta. Sin regodeos ni eufemismos, sentimos que es justo aplicarle lo que él mismo dijo de Mario Vargas Llosa: es un gran escritor porque no es solo un escritor. En efecto, Rafael Arráiz Lucca es un gran intelectual, un gran venezolano, una gran persona. Pero sobre todo, es un gran amigo. Por eso, si al principio sentíamos temor reverencial, al llegar al final, confesamos que sentimos una admiración reverencial que se incrementa en proporción directa al privilegio de su amistad.