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Entrevista a Rodrigo Fresán

La parte inventada (Random House, 2014)

La parte inventada (Random House, 2014)

No lleva el puño en alto, dice él. Sin embargo, Rodrigo Fresán regresa sobre el tema del escritor, solo que esta vez en tiempos de “lectores electrocutados” y libros que nadie lee pero saca a pasear en una tableta. Se trata de “La parte inventada” (Random House, 2014), la nueva novela del escritor argentino

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Quería hacer el backstage de un libro; uno donde todo ocurriera de manera simultánea. Y lo consiguió. Cualquier comentario, un juicio colocado de determinada manera, supondría echar a perder una historia que se basta a sí misma. Se trata de La parte inventada (Random House, 2014), de Rodrigo Fresán. En sus páginas, el argentino retoma sus preocupaciones esenciales: el oficio de escribir, el doblez entre lectura y escritura, el arbitrario proceso creativo y su constante flujo de conciencia. Así que el titular, aunque tramposo –el escritor odia las analogías futbolístico-literarias–, no está lejos de la realidad. Porque este es un libro que recoge lo mejor de una tradición literaria y de un autor cada vez más diestro. La parte inventada es una novela que ocurre como la vida, pero mejor; acaso porque, a veces, la realidad afea la sintaxis.

Dividido en siete grandes trozos, La parte inventada narra –mejor dicho confecciona– la historia de un escritor (El Escritor). Alguien que tuvo cierta fama literaria y ahora, desaparecido, entra y sale de su propia vida y la de quienes le rodean –su hermana Penélope; un Chico y Una Chica que hacen un documental sobre él; las otras etapas de su vida concebidas como personajes–. Ácido e irónico, el libro se comporta como un potente artefacto en el que es posible ver cómo el propio Fresán pasa de la ficción a la realidad y consigue que comienzo y final sean los ángulos distintos del punto de partida. Acaso porque Nabokov es una presencia para el argentino, la novela está llena de guiños a detalles y títulos de su propia obra. Y se vale incluso de figuras literarias para ilustrar el largo pasillo de escritores que –como cabezas disecadas de una cacería– terminaron convirtiéndose en su propio personaje.

Toca ser sincero. La parte inventada es una novela que exige del lector una cierta predisposición favorable, incluso física. Lleno de trucos, a veces de magníficas digresiones –por ejemplo las preguntas que suelta el argentino, como: ¿por qué la gente pega fotos de sus familiares en la nevera? ¿Les consideran alimento para calentar?– y de lacerantes críticas a una sociedad que actúa, dice Fresán, como un yonqui más enganchado a la jeringuilla que a la propia droga. Se refiere el argentino a las pantallas, los teléfonos inteligentes que embrutecen; las tabletas llenas de libros que descargamos pero no leemos; los 140 caracteres. “No es que la gente lea más, es que cada vez lee más mierda”, dice el autor de Los jardines de Kensington.

 

—Al terminar de leer el libro, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue llamar para cancelar esta entrevista. Resulta redundante preguntar por una novela que se explica a sí misma.

—Eso es de agradecer.

—Pero no cancelé. Así que algo hay que hacer.

—Pues, adelante.

—Desde mucho antes de Salinger estamos hablando de escritores que desaparecen. El suyo lo hace. Lo extraño es que quiere que lo encuentren.

—El libro es una apología de la literatura y del acto de leer, que en realidad es el acto fundamental. Escribir es un reflejo de la lectura. Se trata de algo que quería defender de la manera más sutil y sin caer en el panfleto. No voy con el puño en alto, pero es un acto que me interesa reivindicar y predicar como una buena nueva. Me irrita que se diga que la gente lee ahora más que nunca. Sí claro, lee más mierda que nunca y escribe más mierda que nunca. Me parece que es un momento un poco tóxico.

—En esta historia cada personaje encarna una idea. El Escritor, eje de todo este universo; un joven lector que sueña con escribir; el escritor IKEA, que es imposible de montar y fácil de desarmar. La pregunta sería ¿quién es su escritor?

—A mí no me interesaba la idea del escritor puro, místico. En el libro es un ser bastante miserable y patético. Al planteármelo, existían dos ideas: me interesaban esos personajes de la literatura judeo-norteamericana, catastrofista, como los de Philip Roth y Saul Bellow. Y ya de una manera más personal y más íntima, planteo a este hombre como sería yo si nunca me hubiese casado ni tenido un hijo. Es alguien que vive sólo para los libros y es devorado por el agujero de la literatura. Son los escritores que se convierten en personajes de sí mismos, le pasó a Jack Kerouac, a Truman Capote, Scott Fitzgerald, a Hemingway...

—Sí, pero todos, o una buena parte, tienen la desaparición pisándole los talones.

—Todos los artistas que se mencionan… Sea Pink Floyd, Scott Fitzgerald o Bob Dylan están retratados en un momento en el que no saben qué hacer: Pink Floyd después de grabar Dark Side of the Moon; Fitzgerald después de escribir Suave es la noche; William Burroughs, quien siempre justificó que el asesinato de su mujer fue lo que le hizo escritor; Bob Dylan cuando descubre su nueva misión en la vida. Y el libro cuenta eso: la historia de un personaje que está suspendido y descubre que tiene que dar la vuelta para saber qué sucedió.

—Darse la vuelta es volver a convertirse en escritor, después de haber renegado de la escritura.

—No le queda otra.

—La vuelta a la infancia y a la escritura son una misma cosa en este libro.

—No recuerdo una edad mía en que no fuese escritor, incluso sin saber leer ni escribir. La publicación o escribir un libro era una circunstancia, como un efecto residual. Por eso todos los escritores están en mis libros. Y pienso que la del escritor es una vocación infantil y romántica.

—¿Escribirá un libro donde no haya escritores?

—No puedo, siempre aparecen. Es lo que me interesa.

—La idea de la muerte y el miedo resulta hasta cierto punto el tema más angustioso en este libro. El miedo del escritor a que ya no se le ocurra más nada.

—Es un problema que nunca he tenido. Si bien es cierto este libro fue bastante espasmódico. La portada está hecha por mi hijo. Y es muy gracioso. Las siete piezas que integran el libro las escribí a la vez. Pero hubo un momento en el que estaba bastante empantanado. Un día, llevando a mi hijo al colegio, pasamos frente al escaparate de una de estas papelerías de barrio. Estaba el juguete este de cuerda que aparece en el libro. Nos detuvimos a verlo. Él me dijo: “Papá esta es la portada de tu próximo libro”. Lo compramos y pensé: tal vez. Cuando salimos, mi hijo me dice: “No, papá, este tiene que ser el protagonista de tu libro”. “Daniel, no jodas, tampoco te pases”. Volví a casa y me pregunté: ¿A ver si es el protagonista del libro? Y a partir de ahí el libro se desenredó. Ese muñeco da marcha atrás, conecta a unos con otros. Además está roto. De ahí que el escritor afirme que el pasado es un juguete roto que todos intentan componer. El muñeco funciona hasta cierto punto como un McGuffin. Además, me pasó viendo la portada. Es muy de libro de bolsillo, que fue con los que yo me formé. Descubrí a muchos autores por las portadas de Alianza que hizo Daniel Gil.

—Resulta curioso dejar en manos de Ray Bradbury la patata caliente del eBook. Situar la quema de los libros como un prólogo de lo que iba a ocurrir.

—Electrocutando los libros y a los lectores.

Llega a decir que somos como yonquis que están más enganchados a la jeringa que a la droga. Más al aparato que a una idea de lo digital.

—Sí. La imprenta fue una maniobra religiosa. Pero también es cierto que permitió difundir. Ahora no es que se difunda, es que se acumula. Me da risa la gente que me dice: Aquí tengo dos mil libros. Ajá, ¿y? ¿Qué hacen con ellos? La idea de un objeto libro, cuando lo terminas, te da una sensación de culminación que no te da un libro electrónico.

—Si realmente fuéramos peores lectores, la figura del escritor habría perdido total importancia.

—Hay una frase del libro que dice: a mí cada vez me gusta menos ser escritor y me gusta más escribir. Lo que queda, si hay suerte, es el libro.

—Dice usted que no ha muerto la literatura, el que ha muerto es el bestseller.

—Sí, el bestseller ha muerto. Lees Entrevista con el vampiro, que era una novela popular, y lo comparas con los vampiros de Stephanie Meyer y es que estos no le llegan. Incluso, Irving Wallace, Morris West eran libros detrás de los cuales había un escritor. Eran libros que servían de trampolín. Muchos de los que leyeron Tiburón habrán leído luego Moby Dick

—Le quiero devolver una pregunta que le escuché hacerle una vez a Edmundo Paz Soldán. ¿Por qué no hay una novela canónica de fútbol?

—Yo incluso llegué a escribir sobre eso preguntándome cómo no hay una novela argentina al respecto, como las hay sobre el béisbol. Yo se lo pregunté a Juan Villoro y me dio una teoría. Según él, el fútbol se vive en el momento, así que una novela al respecto tendría que ser reflexiva. La gente que escucha el fútbol en la radio siempre ha llamado la atención. Cómo construyen las representaciones a partir de lo que alguien les narra. Eso sería como leer. Hay política porque la gente escucha al narrador. En Argentina hubo grandes narradores y se crearon estilos y me supongo que habrá una percepción quasi-estilística literaria futbolística. Es un poco como El Ulises de Joyce o el Tiempo perdido, de Proust, donde no importan las historias sino el estilo. De todas formas, entre Joyce y el Deportivo Proust, yo soy del deportivo Proust. Son dos clásicos jugando el clásico de clásicos del siglo XX. Pero no, no quiero mezclar las cosas así. Toda analogía futbolística de mi parte es perversa e incluso me irritan mucho los escritores que todo el tiempo hacen analogías futbolísticas. Pero hago una así, y nunca más.

NOTA

Esta entrevista fue publicada previamente en Vozpopuli.com