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Entrevista a Lisbeth Salas

Lisbeth Salas / Fotografía de Sofía Dotta

Lisbeth Salas / Fotografía de Sofía Dotta

Lisbeth Salas es ampliamente conocida por su fotografía. También como creadora de la editorial La Cámara Escrita. Pero en esta ocasión conversamos acerca de cómo llevó a imagen visual el pensamiento de 66 intelectuales venezolanos en la exposición “MANIFIESTO PAÍS”

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—¿Cómo surge la idea de MANIFIESTO PAIS

—Surge de la invitación que le hace la Sala Mendoza a La Cámara Escrita. Ellos interrumpieron su programación para crear un espacio donde palabra e imagen se fusionaran y, a partir de ese peculiar acontecimiento, definir, precisar, de algún modo responder a las condiciones de país que estamos viviendo. Mi convocatoria fue pedirle a cada uno de los autores que definieran la palabra “País” en un formato breve: un poema, un aforismo, un texto de pocas líneas, una sentencia, una frase, incluso solo una palabra. Trabajé junto a dos diseñadores: Pedro Quintero ‒que también es el museógrafo de la exposición‒ y César Jara. Con ellos conceptualicé y compuse cada una de las propuestas gráficas de los textos. Mi idea fue producir una experiencia de acumulación: que el espectador se enfrente a la experiencia de cada texto-obra, es decir, de cada autor, de uno en uno, pero a medida que va recorriendo la sala, vive la densificación, la interlocución, como si MANIFIESTO PAÍS también pudiese leerse como una plaza a la que concurren los escritores a enunciar y escuchar al país común. Se trata de obras de 66 autores que, al contestar al estímulo de solo una pregunta curatorial, se constituyen en una secuencia, es decir, en un artefacto capaz de producir innumerables diálogos.

—¿Qué contenido encierra este título tan particular?

—Manifiesto deriva de MANIFESTUM que significa: claro, patente. Es una declaración pública de opiniones o propósitos de interés colectivo. Pero sobre todo un manifiesto es un acto de rebelión, una acción política que provoca que un individuo o colectivos evalúen una misma historia, en este caso, esa historia se llama país.

—¿Cuáles fueron tus criterios para seleccionar a los intelectuales que leemos en cada manifiesto, y por qué ese número, 66?

—El número 66 no significa nada. La lista era enorme. El proceso de selección fue muy difícil. Quise congregar a los grandes maestros como Rafael Cadenas, Victoria de Stefano, Yolanda Pantin, Ana Teresa Torres, Elías Pino, José Balza, Guillermo Sucre, María Fernanda Palacios, con los que podríamos llamar la generación intermedia: Milagros Socorro, Leonardo Padrón, Colette Capriles, Erik del Búfalo, Andrés Boersner, Alberto Barrera Tyszka y otros, y también con gente muy joven como Alejandro Castro, César Segovia, Enza García, Iola Mares, Marcel Ventura, entre otros. De modo que reuní formas distintas de pensamiento y sensibilidad.

—Pensar una exposición ‒y más una colectiva como esta, de tantos nombres‒ puede implicar que la idea inicial no sea la copia fiel del resultado. Es decir, este proyecto creo que habrá tomado forma en la medida en que cada quien iba creando su manifiesto.  Viendo los resultados obtenidos,  ¿qué piensas? ¿Hay tal separación entre ese punto inicial y el final?

—Primero los autores mandaron los textos. Tres autores mandaron sus manifiestos ya compuestos. Y no quise mostrar el resultado gráfico sino hasta el final. Las ideas cuando se van desarrollando van cambiando, el concepto, sin embargo, permaneció intacto. Cambiaron las formas, sí, pero justamente mi intención era mostrar el movimiento pues no somos seres estáticos, sino que, al contrario, somos procesos. Ana Teresa Torres, en su manifiesto, dice que el país no es una circunstancia sino un movimiento dentro de la Historia, y también habla de República y Democracia como conceptos que son horizonte.

—Desde Barcelona, ¿cómo manifiestas a tu país?

—Vivo a caballo entre Barcelona y Caracas. Pero como tantos otros venezolanos que tienen una rutina semejante a la mía, la de ir y venir, vivo en dos tiempos. Hay un tiempo físico que puede contarse en horas: los días que estoy en Caracas y los días que estoy en Barcelona. Pero hay otro tiempo, el tiempo mental que me gobierna: es un tiempo venezolano.