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Entrevista a José Rafael Herrera

José Rafael Herrera / Foto Alexandra Blanco. Archivo El Nacional

José Rafael Herrera / Foto Alexandra Blanco. Archivo El Nacional

Profesor Titular de la Escuela de Filosofía de la UCV y Doctor en Ciencias Políticas. Desde 1986, dicta los cursos en la Escuela de Filosofía de la UCV dedicados a Spinoza, Hegel y Marx. Profesor "Invitado Permanente" en el Doctorado en Filosofía de la Universidad de Los Andes. Fue Director de Cultura de la UCV. Su más reciente libro se titula "Bajo el signo de los Dioses". Es columnista de El Nacional

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José Rafael Herrera es un filósofo Venezolano que intenta enseñarnos a escapar de la ideología como falsa conciencia que diría Marx, que nos enseña a diluir las falsas presuposiciones a las que nos agarramos como clavos ardientes, que nos enseña también a abandonar nuestra tendencia natural a dogmatizar nuestras representaciones y a 'fijar' nuestras ideas para hacerlas como decía Hegel 'positivas' en el sentido de quietas, de 'negación del movimiento real de la vida misma'. Herrera sabe que la vida es una especie de historia viviente que nunca se puede a-prender.

Su pensamiento se inscribe dentro del llamado 'Hégelo-marxismo' y más concretamente dentro del historicismo filosófico que bebe de su maestro recientemente fallecido el medievalista italiano Gulio Pagallo. Herrera es un antídoto contra ese marxismo vulgar y religioso que tanto mal nos ha causado y que ante los que ansían la mecanización del mundo de la vida a través de un orden terminante, definitivo y válido para todos, parafraseando a Stefan Zwieg, nos abre las puertas a la negatividad y al 'sano mundo de la contradicción'. Herrera pues no es un aburrido y académico hegelólogo que utiliza al maestro para dedicarse a hacer currículum, sino que es un auténtico hegeliano que como Marx cree que el solo sabe que no es Marxista o Hegeliano. O sea un doctrinario matafísico. En interpretación de Herrera el marxismo no es ergo una metafísica esclerosada ni una filosofía que esté por encima de la historia como si de un mero juez que emite sentencias se tratase.

Él sabe en suma como Croce y Hegel que ningún sistema filosófico es definitivo porque la vida tampoco es definitiva ni para el yo ni para el nosotros.

–¿Cómo te encuentras con Hegel y cuándo sucede esto?

–Fue durante la adolescencia, en medio del fragor de la lucha política estudiantil. El Partido Comunista de Venezuela se había dividido, a principio de los años '70, después del rotundo fracaso de la llamada 'guerra de guerrillas', y la mayoría de sus jóvenes, intelectuales, profesores universitarios y líderes estudiantiles, conformaron un movimiento político ­el Movimiento Al Socialismo­ que se sustentaba en un 'nuevo modo de ser socialista', renunciando a las fórmulas y a los viejos esquemas doctrinarios de origen estalinista o maoísta. Era necesario ser crítico y estar en sintonía con la realidad histórica, como lo había sostenido el propio Marx, no aceptar más los 'principios', las “leyes fundamentales” o las premisas de un corpus doctrinario que nada tenía que ver con la historia objetiva, a pesar de que pretendía sustentarse en ella. Había que superar de una vez los totalitarismos y las figuras mesiánicas, la violencia 'revolucionaria', el foquismo, el terrorismo, y, en última instancia, la idea de que el Estado debe ejercer el control tutorial de los ciudadanos-­una clara expresión de heteronomía­, al punto de diluir la sociedad civil en el Estado. Se trataba, pues, de incorporarse a la lucha democrática y pacífica; luchar, efectivamente, por más y mejor democracia, sustentada más en el consenso que en la coerción. Ese era el real significado de socialismo que mi generación aceptó, su “nuevo modo de ser”. En medio de esa nueva etapa, que significó una auténtica revolución cultural en el país y una brisa primaveral para la izquierda venezolana, nuestros dirigentes, profesores universitarios, ensayistas, poetas, artistas, humoristas, etc., nos daban cátedras y talleres de pintura, literatura, música, teatro, historia, dependiendo de la inclinación que tuviese cada uno de nosotros. Y fue en nuestro círculo de lectura que escuché por vez primera el nombre de Hegel, porque leíamos a Gramsci, quien mostraba gran admiración por el filósofo alemán. La filosofía de la praxis era la legítima heredera de la filosofía de Hegel. Y, de nuevo, su nombre aparecía en Lukács y en los ensayos de Marcuse, como Razón y Revolución. No eran Marx y Lenin para nosotros. Eran Hegel y Marx. Con esa idea, más o menos vaga, terminó mi militancia política ­y mi bachillerato­ y comenzó mi interés por la Filosofía, con el propósito de estudiar en profundidad a Hegel y a Marx. De manera que la militancia política de tendencia neo­marxista fue la que, inicialmente, me puso en contacto con Hegel.

–¿Qué representó para ti encontrarte con Giulio Federico Pagallo?

–Mi primer Maestro, durante mis primeros años de formación filosófica en la Escuela de Filosofía de la UCV ­la cual, por cierto, por aquellos años era un auténtico centro de reflexión internacional y una referencia de estudio filosóficos a nivel mundial, a la que de continuo eran invitadas figuras relevantes, como Lucien Goldmann, Xavier Rubert de Ventós, Hans Georg Gadamer, Fulvio Tessitore, Ernst Tugendhat, Giuseppe Cacciatore, entre otros, y de la cual, además, eran profesores de planta Juan David García Bacca, Federico Riu, Juan Nuño, Ernesto Mayz Vallenilla, Alberto Rosales, Ernesto Batistella, León Rozitchner, José Jara García y Ezra Heymann entre los más renombrados, en esa Escuela, decía, mi primer Maestro fue J.R. Núñez Tenorio, filósofo marxista y militante de la Izquierda radical, quien por esos años mantenía una línea de investigación común con Louis Althusser. En mis Tres fundamentaciones de la filosofía marxista en Venezuela hago una descripción de las etapas por las cuales transitó el marxismo de Núñez Tenorio. Yo lo conocí en lo que denomino su segunda etapa, de corte estructuralista. Con Núñez maduré mucho mis conocimientos sobre la obra de Marx y pude comprender las diversas líneas y perspectivas del marxismo contemporáneo. Él habituaba llamarme “Herrera, el hegelomarxista', a pesar de que todavía mis referencias hacia Hegel provenían de Gramsci o de Marcuse, es decir, yo todavía no había leído directamente a Hegel. Con el tiempo me hice su asistente de clases y uno de sus más cercanos discípulos, aunque debo reconocer que mi interpretación de Marx y la suya pocas veces coincidían. Fue él quien me aconsejó inscribirme el curso de Hegel­Autor con su viejo adversario “histórico”, un tal Giulio F. Pagallo, a quien yo no conocía. Núñez era un hombre exento de rencores y mezquindades, bueno, amplio, sincero. Llano, como la sábana que le vio nacer. Él sabía de mi inquietud por Hegel y me recomendó cursarlo con su mejor expositor. Desde el primer día de clases con Pagallo ­aquel auténtico 'Aristóteles vestido por Gucci', como le decían 'sotto voce' los estudiantes de entonces se produjo entre nosotros una relación filial, de padre e hijo, que fue creciendo con el tiempo y que aún perdura en mí. Pagallo nos enseñó a leer a Hegel e incluso a pensar en sentido enfático, es decir, dialéctico. Ese mismo semestre me invitó a participar en un proyecto de investigación sobre el marxismo teórico en Italia, coordinado por el en el Instituto de Filosofía de la UCV, del cual era su Director. Fue ahí donde conocí a fondo los estudios de Labriola, Croce, Gentile, Mondolfo y Gramsci y, por supuesto, la cercanía del marxismo italiano con Hegel. Pero, además, de esas sesiones surgió la 'Escuela Pagalliana', formada por Carlos Paván, Omar Astorga y por mi. A partir de entonces, cursábamos todos los semestres con 'el viejo'. Conocimos en detalle los Escritos juveniles de Hegel, la Fenomenología y la Lógica, la Enciclopedia, la Filosofía del Derecho y, por supuesto, las Lecciones. Hegel ya no fue más un desconocido para nosotros, sus 'Tres Mosqueteros', como él nos decía. Y, a pesar de toda esta auténtica experiencia vital, inmerso en las corrientes del pensamiento hegeliano, siempre mantuve con mi querido Maestro Núñez Tenorio una estrecha relación. Y debo señalar el hecho de que más allá de las diferencias filosóficas y políticas que siempre existieron entre mis dos Maestros, tuve el honor de sentarlos, juntos, un par de veces en mi mesa, para compartir el pan. Cuando Núñez Tenorio falleció, Pagallo hizo la guardia de rigor ante su ataúd. Cuando me iba a casar con Dora, a los 21 años, les consulté a Pagallo y a Núñez. Fueron los únicos que me recomendaron hacerlo. Ya tengo treinta y cinco años de casado, y sigo amando a mi esposa como el primer día. Fue Pagallo quien me sugirió el nombre de mi primera hija, Giove. Núñez el de la segunda, Grecia. La severidad y el rigor de cátedra de aquellos dos grandes profesores, contrastaba con el sincero amor paternal que siempre me manifestaron.

–¿Cómo a ti, José Rafael, te inspira Hegel para pensar la práxis política hoy en día?

–Hegel no me inspira para pensar la praxis política. De Hegel aprendí a pensar la praxis política, que es distinto. No se trata de encontrar en sus páginas la respuesta para poder interpretar el devenir actual de la sociedad, mirándola a través de su lupa. Hegel nos convida a diluir las presuposiciones, las formas vaciadas de contenido, los instrumentos o medios ajenos a la realidad; nos invita a descubrir, a sorprender 'el movimiento de la cosa misma', su dialéctica interior, inmanente, a fin de que la cosa coincida con el concepto que la nombra. Es un 'sentarse a ver' en profundidad, que obliga a la cosa a revelar su concepto y, al mismo tiempo, obliga al concepto a penetrarla. Es la compenetración de un pensar que es un hacer y un hacer que es un pensar, un continuo 'verum et factum convertuntur', como dice Vico, quien, por cierto, está más cerca de Hegel de lo que imaginó Isaiah Berlín y el “historismo” alemán. En suma, si la filosofía no es capaz de comprender su propio tiempo no es filosofía. Eso nos enseña Hegel.

–¿Cómo nos ayuda Hegel a entender la realidad actual?

–Hegel no ayuda a entender, sino a com­pre­hender la realidad actual, pre­hendirla­con, hacerle hendiduras, para a­pre­hender­la. El entendimiento no basta, no es suficiente. Más bien, el entendimiento se ha convertido en la ideología más potente de nuestra época. Su dominio es multitudinario, masivo, pleno. Es el gran despotismo de nuestro tiempo. Un despotismo inasible, fantasmagórico. Hegel y Marx mostraron los peligros de su naturaleza. Pero, más recientemente, Adorno, Horkheimer, Marcuse y algunos otros miembros del círculo de la Escuela de Frankfurt, denunciaron sus perversiones ampliamente. Hoy es una realidad cumplida. El problema fundamental que comporta el entendimiento abstracto es que siempre parte de presuposiciones que no se discuten, que no deben ser puestas en tela de juicio y que terminan convirtiéndose en “leyes” supremas, en dogmas, es decir, en la tácita prohibición de pensar. El entendimiento ha transformado al mundo actual en un paquete de fórmulas que ha hecho rígida y esquemática la vida de la sociedad contemporánea. Se trata de formalizaciones vaciadas por completo de contenido, barreras para el pensamiento y, por ende, para la libertad. Es una dictadura invisible, aunque muy efectiva, que está en todas partes: en la política ­tanto en la Derecha, el Centro, la Izquierda­, en los medios de comunicación masivos, en los métodos de seguridad, en la tecnología, en la medicina, en la economía, en los centros de enseñanza, en el derecho, el arte; en fin, sustenta el peso, la carga, de la cultura de nuestro tiempo. Y es la responsable directa del 'lado oscuro' que nos circunda como sociedad. Como públicamente no puedo salirme de las “leyes”, de las “virtudes”, trazadas por la “racionalidad” del entendimiento, en la vida privada me explayo, me “libero”, doy rienda suelta a la sensibilidad. En una expresión, Dr. Jekyll y Mr. Hyde. El sujeto contemporáneo es un esquizoide, a consecuencia de la dictadura del entendimiento abstracto, reflexivo. No es que el entendimiento deba ser abolido. ¡Ni mucho menos! Decía Hegel que la razón sin el entendimiento es nada pero que el entendimiento sin la razón era “algo”. Y ese es el punto: vivimos presos en el reino del “algo”, no de la plenitud, del 'pléroma', del absoluto reconocimiento de nosotros mismos. Se trata, pues, de reconducirlo, de ubicarlo y reubicarlo dentro de sus límites. Se trata de remontar su despotismo ideológico, de 'superarlo y conservarlo'. Y es probable que esta sea la tarea más importante que deba llevar adelante el pensamiento dialéctico en el presente. Como verás, después de todo, Hegel mantiene una enorme vigencia.

–Tus artículos de prensa reflejan muy bien esa 'cosmovisión' hegeliana de la actualidad…

–Lo agradezco, muy sinceramente. Trato en lo posible de desmistificar ­como dice el joven Marx­ el 'significado del contenido', esto es, de comprender 'la lógica específica del objeto específico', en este caso, intento mostrar que 'el Rey está desnudo'. Me propongo poner al descubierto la gran estafa de un régimen que, en nombre de Marx y del socialismo, ha depauperado material y espiritualmente a Venezuela y que no solo ha representado una estafa para la mayor parte de Latinoamérica, sino, incluso, para Europa y el mundo. Muchos ­generalmente, lectores de manuales, enciclopedias y diccionarios­ aun piensan que la filosofía de Hegel es una filosofía totalitaria, de carácter prusiano, reaccionaria, etc. Esa fue la matriz de opinión que tejió de ella la peor representación del marxismo ortodoxo, es decir, del marxismo menos cercano a Marx, el Diamat. Pero no solo el marxismo vulgar y religioso: a ello contribuyó el irracionalismo fascista y el neopositivismo. No por casualidad, todas estas representaciones, o como las denominaba Marx, ideologías, en el sentido de falsa conciencia, se sustentan no en el pensamiento pensante, en el Logos, en el flujo continuo del Devenir, sino en el entendimiento abstracto. Su traducción a la realidad la conforman sistemas intolerantes y represivos, de todo signo y dirección. Como dice Hegel, “de pelos y uñas”. Y es que todos esos sistemas, para poder sustentarse, tienen necesariamente que crear un 'chivo expiatorio', pues lo que ellos son de hecho lo proyectan reflexivamente, en este caso, en Hegel y la dialéctica. Y, por eso mismo, ser en nuestro tiempo lector de Hegel quiere decir asumir la lucha por el derecho racional que tiene la humanidad a decir que no. Significa asumir con seriedad y rigor la condición negativa del acto de pensar. Se trata de un compromiso con la realidad como verdad y, en tal sentido, una continua provocación al pensar como creación. El pensar como hacer y el hacer como pensar, en sentido estricto. Es un reto; es la discontinua continuidad de la experiencia de la conciencia. Lo infinito tiene que manifestarse en la finitud, aquí y ahora: 'Hic Rhodus, Hic saltus'.

–¿Por qué Hegel es visto como un pensador tan abstracto y distante de nuestros intereses actuales? ¿Por qué se asimila en muchas ocasiones a Hegel únicamente con categorías cerradas y mecánicas?

–Con base en lo dicho hasta ahora, la respuesta resulta cercana: para las formas características de la conciencia de nuestro tiempo, dominadas por el entendimiento abstracto, Hegel se hace incómodo, incomprensible, 'abstracto'. No se le puede atrapar y meter en una casilla, en una celdilla, en la parrafada de un manual. El filósofo de lo concreto es, para el entendimiento abstracto, el 'filósofo abstracto', y se le despacha con la etiqueta de 'idealista', hiper­uránico, etc. Lo que no sabe el entendimiento abstracto ­”sabe lo que no dice y dice lo que no sabe”­ es que 'lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, la unidad de lo diverso', como dice Marx en los Grundrisse. Se imagina ­el entendimiento­ que lo concreto es lo fáctico, la representación cruda, dura e inmediata de la objetividad, lo que toca, huele, ve, etc., es decir, precisamente, lo abstracto. Porque abstracto es aquello que ha sido escindido, separado y 'puesto' (setz) del proceso del cual resulta. Y ese resultado ha sido, precisamente, 'puesto' ­por el entendimiento­ como 'principio', como punto de partida, como fundamento de lo real. La abstracción es la consecuencia necesaria del dominio de las pre­su­posiciones. Concreto, por el contrario, quiere decir 'crecer­con', esto es: 'con­crecer'. Es una cabal reconstrucción del proceso mediante el cual el objeto ha devenido, resulta. Este es el procedimiento inmanente a la cosa misma, lo que fundamenta al historicismo filosófico hegeliano. Pero pensar no es cómodo. Son preferibles las fórmulas, las citadas celdillas, los cuadritos. Es preferible la memoria que el recuerdo, porque la memoria diseca, fija. El recuerdo obliga, justamente, a 're­cordar', a 're­hilar' una y otra vez, a volver a 'tejer la cuerda'. Y, por cierto, en esta labor el pensamiento dialéctico encuentra en Penélope, la mujer de Odiseo, su mejor caracterización. Solo puede concebirse como cerrado o mecánico al entendimiento, porque carece de la flexión, de la plasticidad, que le es inmanente a la aventura de pensar, al atreverse a pensar. Y cuando el pensamiento de Hegel es interpretado como abstracto, cerrado o mecánico, es porque se le está considerando desde la perspectiva del entendimiento abstracto.

–¿Cómo entiendes la relación entre Hegel y Marx?

–Como una relación de necesaria continuidad. Marx, como ningún otro discípulo de Hegel, comprendió que el modo adecuado de ser radicalmente hegeliano no podía ser otro que el de 'superar­conservando' (en el sentido de la Aufheben) a Hegel. Ser hegeliano repitiendo a Hegel, asumiendo su pensamiento como un dogma, una 'verdad revelada', etc., es, precisamente, ser muy poco o nada hegeliano. Marx ha comprendido esto mejor que todos sus condiscípulos, incluyendo a Engels. Supo bien que ser hegeliano consistía en 'volver a hilar', en re­construir su tiempo, y su tiempo no era el de Hegel, su tiempo estaba signado por un fenómeno inédito en la historia humana: el surgimiento de una nueva manera, un nuevo modo, de producir, y, en consecuencia, de una nueva formación social, una nueva Bildung: la de la acumulación de capital. Y, sobre la base del estudio paciente y detenido de la Ciencia de la Lógica de Hegel, Marx re­construyó la lógica (la crítica) del capital. Pero el Concepto ­el Logos, la crítica como tal­ permanece intacto: en ambos pensadores puede hallarse de continuo el mismo hilo conductor de la dialéctica: la negación determinada, el Omnis determinatio negatio est de Spinoza. El resto forma parte de las manipulaciones ideológicas de quienes terminaron por hacer de la filosofía marxista una religión, una fe, tal como sucedió con el más agudo de los discípulos de Platón, Aristóteles, quien aparece en los manuales y las historias de la filosofía como quien ha cometido el pecado de parricidio y, más tarde, aparece vestido de toga, como sacerdote cristiano, un devoto de Cristo, manipulado por la Iglesia medieval. “Cosas veréis, sancho”…

–¿Qué representó para ti el historicismo italiano?

–Es innegable la influencia que el historicismo italiano ha tenido sobre mi formación. No solo porque, como ya te dije, la lectura temprana de Gramsci me condujo a la Escuela de Filosofía de la UCV, sino por el hecho de haber sido formado por Pagallo. Mi Tesis de Licenciatura lleva por título: La filosofía de la Praxis en la formación del pensamiento de Giovanni Gentile. Mi primer Trabajo de Ascenso, para la Categoría de Profesor Asistente, se titula: Dialéctica e historicismo en Benedetto Croce. Y mi Tesis Doctoral, presentada además como Trabajo de Ascenso para la Categoría de Profesor Asociado, se llama: Sociedad civil e historicidad del derecho en la Scienza Nuova de Giambattista Vico. Y quisiera agregar que he asumido lo que Pagallo denominó su 'historicismo filosófico' en sentido estricto, es decir, no comencé por Vico, sino por Gramsci. Premeditadamente, fui desde el presente al pasado. Como decía Marx, la anatomía del hombre es la que permite comprender concretamente la anatomía del mono, y no al revés. De nuevo, se trata de la re­construcción del proceso, de volverlo a tejer, Immerwieder. El resto son necedades de tipos como Popper y sus secuaces. Mi diálogo permanente con el historicismo italiano es, ciertamente, de vieja data. Pero ha sido ese mismo historicismo el que me ha permitido reconstruir la filosofía de Cecilio Acosta, un ensayista venezolano del siglo XIX, que es otra de mis publicaciones; o, mis Tres fundamentaciones de la filosofía marxista en Venezuela, en las que estudio la constitución del marxismo teórico en Venezuela. No me es posible concebir el historicismo italiano sin la dialéctica de Hegel. Pero tampoco me es posible comprender los temas y problemas inherentes a la sociedad venezolana, latinoamericana y mundial sin pensarlos histórica y dialécticamente.

–¿Nos podrías decir algo de la relación entre Maquiavelo, Hegel y Gramsci?

–Sin duda, la forma mentis de Gramsci es la de un historicista. Gramsci encuentra estrechas conexiones entre Maquiavelo y Hegel, que debió inferir de esa suerte de diálogo consigo mismo que tuvo que asumir en la soledad de la cárcel fascista. No leyó La Constitución de Alemania, ese genial ensayo juvenil de Hegel. Si lo hubiese leído, sus Note sull Machiavelli le hubiesen resultado menos laboriosas, se le hubiese facilitado el camino. Para Hegel, Maquiavelo es el príncipe de la libertad, el promotor de la unidad italiana, el gran pensador republicano de su época. La lectura de Maquiavelo por parte de Hegel se produce en el momento en el cual Alemania ­en palabras de Hegel­ ya no era un Estado sino un archipiélago. Justamente como lo era la Italia del '400. De manera que Hegel voltea la mirada hacia el pasado, y se detiene en el desgarramiento de la Italia de Maquiavelo, a fin de estudiar su lección, su experiencia, con el propósito de comprender su propio tiempo. Gramsci, lector de Croce, Gentile y Labriola, va de Marx a Hegel y de Hegel a Vico y Maquiavelo. Debe dar cuenta de un desgarramiento más profundo, más doloroso; debe contribuir a la superación de la prisión totalitaria, la pretensión fascista de convertir la sociedad italiana en un cuartel. Hay que romper el viejo 'bloque histórico' y construir uno nuevo, una nueva 'hegemonía', sustentada en el consenso y no en la coerción, como lo habían sugerido Hegel en la Filosofía del Derecho y Maquiavelo en El Príncipe.

–¿Por qué es tan importante leer a Hegel hoy en día? ¿Y cómo puede una persona más o menos culta 'iniciarse' en su lectura sin perderse ni frustrarse rápidamente?

–Leer a Hegel hoy, como creo haber señalado ya, significa iniciar una experiencia liberadora, porque en su filosofía se encuentra el núcleo mismo de la crítica de las presuposiciones, de los prejuicios, del carácter religioso, en el sentido de lo estático, de lo 'positium', lo puesto o 'positivo', en fin, de 're­poso', sobre el cual se sostiene la sociedad actual. No se trata de los desplantes de Nietzsche, que bien pudiesen funcionar hasta el momento en el cual se supera la adolescencia. Se trata de una filosofía para la autonomía plena, y por lo tanto, para la madurez, porque solo hay autonomía cuando hay la suficiente madurez para asumir responsablemente el propio destino, como decía Kant. Si se quiere conquistar una sociedad auténticamente libre, Hegel sigue siendo la gran referencia. Entrar en “aguas hegelianas”, como decía Pagallo, nos conduce al reconocimiento, la tolerancia y la mayor autonomía. Para ello, solo hay un requisito fundamental: estar dispuesto a asumir el desafío permanente de pensar. Yo le recomendaría al lector interesado, dispuesto a asumir esta aventura del pensamiento, comenzar por los escritos pre­fenomenológicos, como Fe y Saber, la Diferencia entre los sistemas filosóficos de Fichte y Schelling, la misma Constitución de Alemania, la Filosofía Real o el Sistema de la Eticidad. No comenzaría por los textos sistemáticos, como La Propedéutica filosófica, la Enciclopedia o la Ciencia de la Lógica. Por otra parte, una lectura fresca y muy sugerente de Hegel son sus Lecciones, especialmente las de la Historia de la Filosofía. Ahí, si se lee con atención e interés, se puede incluso escuchar la voz, un tanto metálica, del gran pensador alemán.

–¿Qué le aportaría a un militante de izquierda la lectura de Hegel?

–Creo que si un militante de Izquierda lee a Hegel, con el tiempo se transformará en un militante de la diferencia, de la objeción, del debate sustentado en ideas y no en dogmas. Cambiará el actual modismo de “el tema” por la sinceridad de la expresión “el problema”. En otros términos, se formará como un auténtico militante de Izquierda, y no como los 'monaguillos' que salen como churros o chorizos de los partidos de una 'Izquierda' que no lo es, que dejó de serlo desde el momento mismo en el cual convirtió los textos de Marx en textos 'sagrados', en 'Leyes' inmutables, en dogmas, otra vez, en 'positividad'. Es una 'Izquierda' prisionera del entendimiento abstracto, de las 'formas de la reflexión', las cuales, según Hegel, terminan en las formas propias de la religión. Ser de izquierda es asumir, en consecuencia, la negatividad, o como lo llama Hegel, 'el sano espíritu de la contradicción'. Solo el estudio, la formación cultural y la correlación entre lo que se piensa y lo que se hace, o lo que se piensa y lo que se dice, produce auténtica gente de Izquierda, que no son otra cosa que aquello que Spinoza llama 'gentes de bien', porque han logrado adecuar los atributos del pensamiento y de la extensión, han tomado el control sobre sus propias pasiones 'tristes' y han conquistado la suprema Letitia ­la alegría­ de com­partir, de reconocerse en el rostro de los otros, de la humanidad entera. Pero ese es el camino de la experiencia de la conciencia hegeliana: es el camino que nos conduce de la certeza sensible a la eticidad y al saber absoluto, el camino que transita del Yo al Nosotros.