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Entrada por el Caño Mánamo

“El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana”, de Sir Walter Raleigh

“El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana”, de Sir Walter Raleigh

No solo aventuras: Sir Walter Raleigh también acumuló oficios. Fue guerrero, coleccionista, administrador, historiador, político, diseminador del tabaco en Europa, cortesano, navegante, autor de poemas y pensamientos que incitaron a muchos a llamarlo filósofo. En 1595 el viajero se internó en el Orinoco, en búsqueda de El Dorado. De ese viaje proviene un libro estimulante: “El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana”, del que hemos seleccionado un fragmento

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“Llevábamos por piloto a un indio que encontramos viajando hacia Margarita en su canoa cargada de Cassaví para mercar y que venía del Barema, río que se encuentra al Sur del Orinoco, entre éste y el Amazonas. Este Aruaco prometió llevarme hasta el gran río Orinoco, pero por el camino que llevábamos y que no conocía, pues hacía doce años que había pasado por tales lugares y eso cuando todavía era muy niño y sin juicio, no lo recordaba, y de no haber sido la voluntad de Dios de ayudarnos hubiéramos deambulado de un lado a otro por un año entero en este laberinto de ríos sin encontrar entrada o salida, especialmente, cuando hubimos pasado el rebalse y con el menguante de aguas que duró cuatro días, porque no conozco otra tierra en la que haya tal confluencia de corrientes y caños que se cruzan los unos a los otros tantas veces y pocos tan grandes y parecidos el uno al otro, que ningún hombre es capaz de diferenciarlos y saber cuál debe tomar. Si utilizábamos el sol o un compás, esperando ir directamente por uno u otro camino, éramos llevados por este método a una inmensa multitud de islas e isletas bordeadas de árboles gigantescos que no permitían ver más allá de ellos que el ancho del caño. Pero uno de éstos se tornó al fin en un río —que por no tener nombre y por ser nosotros los primeros cristianos que en él habían entrado llamamos de la Cruz Roja. El 22 de mayo, mientras remábamos contra su corriente, divisamos una pequeña canoa con tres indios que por la rapidez de mi chalana, que llevaba ocho remos, alcanzamos mientras trataban de ganar la orilla. El resto de la gente en la ribera se escondió en la espesura sospechando lo que pasaría a los tres navegantes de la canoa al alcanzarlos, pero cuando se dieron cuenta de que no empleábamos violencia alguna contra ellos ni nos apoderábamos de la embarcación, comenzaron a aparecer de nuevo ofreciendo mercar con las cosas que tenían y permanecieron tranquilos esperándonos cuando nos acercamos a la boca de un riachuelo que pasando por su caserío caía al río.

Mientras allí estábamos, nuestro piloto indio llamado Ferdinando, bajó a tierra con su hermano a buscar frutas, a beber del vino artificial que hacen, a conocer el lugar y saber del Señor de él. Cuando llegaron al pueblo el cacique dispuso hacerlos presos con la intención de matarlos alegando que nuestro indio había llevado a su tierra gente extraña con intención de saquearlos y destruirlos, pero el piloto, mozo ágil y de disposiciones rápidas, logró zafarse de ellos y se internó en el bosque; el otro hermano, siendo más ligero en la carrera pudo ganar la ensenada donde lo esperábamos, gritando que mataban a su hermano, por lo cual nosotros echamos mano al que de los naturales nos quedaba más cerca y resultó ser un anciano que llevamos a la chalana asegurándole que si no volvía nuestro piloto le cortaríamos la cabeza. Seguro el viejo de que haríamos efectiva esta amenaza, gritó a los de la ribera que salvaran al piloto, pero ellos siguieron buscándolo y cazándolo con sus perros venaderos y con tales gritos y voces que todo el bosque retumbaba de ecos. Al fin el perseguido se trepó a un árbol y cuando le pasamos cerca con los botes tiróse al río y nadó, medio muerto de miedo, hacia nosotros.

Fue buena suerte que hubiéramos apresado al anciano de que he hablado, pues siendo natural del lugar conocía muy bien —por lo menos mejor que cualquier extranjero— los pasos de la región, y por haberlo guardado como rehén creo pudimos encontrar el camino a Guiana y la ruta a nuestros barcos, pues Ferdinando, después de unos días no supo más de su oficio de piloto y no sabía por dónde guiar, cosa que no es de extrañar, pues en ocasiones, el anciano, que tanto conocía aquel país, tampoco lo sabía.

Estas gentes que viven en las islas y terrenos anegadizos, son generalmente llamados tivitivas y son de dos clases: aquellos llamados Ciawani y los Waraweete.

El gran río Orinoco o Baraquan tiene nueve brazos que caen al mar al Norte; y siete que caen al Sur, de manera que en total tiene 16 brazos entre muchas y numerosas islas y terrenos quebrados. Estas islas son muy grandes, algunas de ellas tanto como la Wight y aún mayores. Del primer brazo del Norte al último del Sur hay por lo menos 100 leguas, de manera que todas las bocas del río abarcan no menos de 300 millas en su entrada al mar, por lo que creo que ésta es mayor que la del Amazonas. Todas las gentes que viven en las bocas del Norte son de los Tivitivas cuyos dos señores o jefes mantienen constante guerra entre si; las islas que se encuentran a mano derecha, son las llamadas Pallamos; la tierra a mano izquierda se llama Hororotomaka y el río por el cual John Douglas volvió al interior de Amana a Capuri lo llaman Macuri.

Estos Tivitivas son gente bondadosa y valiente y poseen el lenguaje más viril y enfático que jamás haya oído en nación alguna. En el verano tienen sus casas en el suelo, como en otros lugares, pero en el invierno viven sobre árboles, donde fabrican villas y ciudades, tal como ha sido escrito en la Historia Española de las Indias Occidentales, de las gentes del Golfo de Urabá. Esto hacen porque en los meses de mayo a setiembre el Orinoco crece treinta pies de altura anegándose entonces las islas veinte pies sobre el nivel del suelo, a excepción de algunas que por su elevación sobresalen de las aguas. No se alimentan de nada sembrado o conservado, pues carecen de huertas y labrantíos, de manera que cuando están fuera de sus predios se niegan a comer, como no sea lo que la Naturaleza les proporciona sin trabajo. Utilizan el copo del árbol palmitos para pan, y matan venados, peces y cerdos salvajes para su subsistencia, teniendo además muchas especies de frutas que crecen en los bosques, y gran variedad de pájaros y gallináceas.

Si no fuera tedioso y fuera de lugar hablar de ello, diría que en nuestro viaje vimos aves de tan raros colores y formas, que por lo menos, por lo que yo haya leído o visto, en ninguna parte se encontrarán iguales. En cuanto a las gentes que viven en los brazos del Orinoco llamados Capuri y Macareo, son en su mayoría carpinteros de canoas, que las hacen bellas y buenas para cambiarlas en Guiana por oro y en Trinidad por tabaco, y en esta industria aventajan a cualquier otra nación. A pesar de la humedad del aire de los lugares donde viven, del rigor de su dieta, y del gran trabajo que les significa la caza y la pesca de que necesitan para vivir, no he visto en mi vida, ni en las Indias ni en Europa, gente mejor dotada y más viril. Tuvieron grandes guerras con las otras naciones, especialmente con la de los Caníbales que infectan estos ríos, por lo que no es posible andar por ellos sin contingente fuerte, pero últimamente están en paz con sus vecinos teniendo tan sólo a los españoles como únicos enemigos. Cuando sus jefes mueren prorrumpen en grandes lamentaciones, y cuando calculan que las carnes del cadáver se han podrido y caído de los huesos, toman éstos y los cuelgan en la casa del muerto, adornan su cráneo con plumas de todos colores y engalanan los huesos de los brazos, muslos y piernas con los platos de oro que les pertenecieron. Las naciones llamadas Arawacas, que viven en el Sur del Orinoco (y de cuya nación era el piloto que llevábamos) se encuentran dispersas en otros muchos lugares y acostumbran majar los huesos de sus jefes muertos hasta volverlos polvo, que toman sus viudas y amigos disueltos en varias clases de bebidas”.

 

NOTA:

Este fragmento ha sido tomado de la obra El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana, de Sir Walter Raleigh. Prólogo, traducción y notas de Antonio Requena. Incluye una semblanza de Antonio Requena, a cargo de Raúl Nass. Publicado por Juvenal Herrera Editor. Caracas, 1986.