• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Encuentros entre líneas: El viaje del fotógrafo

Antolín Sánchez

Antolín Sánchez

Con motivo del Mes de la Foto 2014 Francia-Venezuela se realizó este sábado 29 de noviembre un conversatorio en torno a la obra del fotógrafo venezolano Antolín Sánchez. Su trabajo a lo largo de los años, analizada en esta ocasión por María Elena Huizi y Vasco Szinetar, representa una vida de búsquedas, de obsesiones, de viajes y de contrastes

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Son las 6:00. Llegué temprano. Atrás del Cubo 7 todavía están las sillas vacías y la organizadora prueba que el micrófono funcione. Esta tarde de sábado ha sido soleada y calurosa, así que en la Hacienda La Trinidad la gente se despide del día sentados a la sombra, tomándose un café o un chocolate caliente, disfrutando de los jardines de Los Secaderos. Decido acompañarlos mientras el foro se alista. Otros pocos ya reservan sus puestos frente a una pantalla que están por reiniciar.

Noviembre ha sido escogido como el Mes de la Foto 2014 Francia-Venezuela. Hoy, en uno de sus últimos espacios, hablan Vasco Szinetar –fotógrafo– y María Elena Huizi –museóloga, investigadora de arte– sobre el trabajo fotográfico de Antolín Sánchez en este foro que han decidido llamar “Mirando por el retrovisor”. Casi me puedo imaginar sentada junto a ellos, en un carro viejo –de esos con grandes espejos– expectantes en el camino mientras nos alcanzan los recuerdos.

Comienza pues el relato de Antolín, mientras echamos un vistazo a su recorrido a través de 150 fotos, parte de sus distintas colecciones. Son 40 años de trabajo, y algo más. Su exposición La Naturaleza pictórica de la Naturaleza es nuestra parada actual, ahí en el Cubo 7 de la Hacienda. Constituye su presente. Foto tras foto, nos movemos por las curvas del pasado: una “apasionada y riquísima trayectoria”. Luego imaginaremos el futuro, con amplios caminos, más allá del túnel.

Antolín Sánchez es un viajero. Todos los fotógrafos lo son en realidad. Viajeros cazadores de imágenes. “Los aztecas –cuenta María Elena– dicen que los artistas toltecas sabían dialogar con su propio corazón, y por eso eran sabios”. Los fotógrafos deben ser los descendientes espirituales de los artistas toltecas: sabios, emocionales, solitarios, emprenden un viaje hacia lo eterno, buscando el equilibrio, la belleza y la armonía por los recovecos de un paisaje perdido. Antolín viaja –como los otros de su clase– con su corazón en la mano, a pie de cañón, con el lente dispuesto. Le habla delicadamente, la acaricia, le susurra cuando se acerca el momento, su presa… Clic. Convierte la imagen.

Y mientras Antolín nos cuenta de su viaje, María Elena le descubre: es el hombre que desesperadamente necesita asomarse a un balcón y ver la naturaleza más allá del caos urbano. Nos muestra que el que recorremos es un camino rocoso, lleno de contrastes (la naturaleza contra lo urbano, lo natural contra lo fabricado, lo analógico contra lo digital) entre los esquemas estrictos y la rebeldía liberadora. Sus imágenes –lo entiendo ahora– son usualmente una confrontación entre la pintura ingenua, saturada de color y la fotografía que aclama el blanco y negro.

El leitmotiv se debate entre el miedo social a dejar los espacios vacíos, la necesidad de la belleza natural dentro de lo urbano destruido y la creación de una imagen previamente elaborada como elemento principal. Hemos descubierto la obsesión de este viajero. Esa que, según Vasco, soporta a cada autor, a cada fotógrafo, a través del tiempo, a lo largo de su viaje.

Antolín navega a contracorriente, insurgente –nos cuenta su colega– ante las prácticas documentalistas de los años ochenta y con su visión panorámica ante la ortodoxa horizontalidad. Es una mirada original, casi única, “una reflexión sobre lo vertical contra lo que nos resulta natural”, que se propone reinventar la obra “hasta que tengamos vida”; esto es, hasta que la imagen cobre vida. Nos movemos entre lo surreal y lo relista. Entre el todo y el Píxel, siempre vinculado a lo urbano.

Cuando acompañamos al fotógrafo en su trayecto, intentamos contagiarnos de su energía para tratar de entenderle, de conseguir el objeto de su obsesión. Dejamos que las imágenes se agrupen en el espejo y que ellas mismas nos cuenten las historias. El viaje se convierte en algo casi sagrado con visiones cargadas de emociones que recapturan los momentos y nos llevan más allá, hacia lo profundo de este “arte inmediato”.

El viaje del fotógrafo se trata de la persecución de una imagen escurridiza, de “encontrar personajes imaginarios que deambulan de manera recurrente”. Se trata del paisaje, de la ciudad, de las vallas, y de la montaña. Se trata del ojo que entrena su mirada, del dedo que se extiende y presiona el gatillo, del obturador que velozmente deja entrar la luz y se trata de los mecanismos de la cámara que hacen su trabajo, que plasman la imagen. Pero sobre todo se trata de él, del fotógrafo. De él y de su conexión con su entorno, el suyo y el de nadie más. Es un viaje íntimo, obsesivo y apasionado que se extiende hacia el futuro y hacia el pasado, desde lo privado a lo público.

Es un camino que no ha terminado. Antolín continúa, acompañado por su cámara –y a veces por otros que fotografían junto a él–, más allá del píxel, más allá del encuadre. De vez en cuando mira por el retrovisor en días como este, para asegurarse de que no nos ha dejado atrás, y sigue adelante, tratando de conseguir agarrarse de la panorámica.

Al final irrumpe en la obra, como un virus, la última muestra de esta contemporaneidad absolutamente individualista, narcisista: el selfie. Todo ha terminado: “Qué importa la etiqueta”.