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Encuentros entre líneas: Con el sol hacia occidente

Maracaibo, desde la colina | Foto: Lucía Jiménez

Maracaibo, desde la colina | Foto: Lucía Jiménez

Como la mayoría de los caraqueños en diciembre, el viaje forma parte de la rutina navideña. Además de la fiesta familiar, la ciudad de Maracaibo ofrece una cantidad de encuentros interesantes con su pasado colonial y con un futuro lleno de ideas jóvenes y atrevidas

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Al menos 116 veces he recorrido en mi vida la carretera que conecta a Caracas con Maracaibo. 116 veces. Con la camioneta de mi padre, en uno de los Aeroexpresos, en el Volkswagen de mi madre, en mi carrito destartalado, con familia, con amigos… 116 veces. Y cada vez, cuando en la tarde cae el sol sobre el Lago de Maracaibo dándonos la bienvenida, el perfil de la ciudad nos enamora, nos olvidamos de la pesada travesía y, de nuevo, atravesamos el puente emocionados. 116 veces.

Diciembre, enero y febrero son la época perfecta para visitar las tierras calientes del Zulia. En Maracaibo especialmente, las brisas que vienen del norte refrescan la ciudad y por las noches es agradable sentarse en los porches –como solían hacerlo los vecinos marabinos– a ver las casas iluminadas. Durante el día, si el sol lo permite, lo mejor es quedarse a las orillas del lago de cara al viento.


Después de Navidad en Caracas, partimos para Maracaibo para despedir el 2014. Todos los años visitamos la ciudad pero apenas en los últimos años es que me he puesto la tarea de realmente conocerla. Maracaibo tiene dos caras: una activa, joven y rebelde, otra descuidada, abandonada y solitaria. A veces sus calles recuerdan las de Macondo o las de los pueblos fantasmas de los Westerns. Otras veces se despierta y sorprende.

La mejor hora para salir al centro es por la mañana, antes del sol picante. Con el carro allá todo es más fácil: no hay que descifrar las rutas de los carritos por puesto ni hay que adivinar las líneas de taxi que todavía disponen de unidades. Sin embargo, el tráfico marabino tampoco es cosa sencilla: hay que acostumbrarse a parar en cada esquina y estar muy pendientes de que “Ceda el paso” casi nunca significa que tienes prioridad. Una vez hechos a la idea, vale la pena. Tomamos la vía larga, por el Milagro, para ver el lago a nuestra izquierda.


Llegamos al casco histórico por Santa Lucía, un pueblito inserto en la ciudad. Casi como El Hatillo en Caracas, pero todavía más colonial. Las casas son todavía en su mayoría privadas y mantienen sus colores cálidos típicos de la época. Santa Lucía se ha ido convirtiendo en un centro cultural. Ahí por muchos años –desde 2001 hasta 2013– se celebró la Velada de Santa Lucía, un espacio de encuentro de los artistas con el público fuera de los museos y este año se celebró ahí también el 485 aniversario de la ciudad con una fiesta gastronómica “Maracaibo es un dulce” que resaltaba los sabores de la región. En estos días hay pocas actividades además de las religiosas pero vale la pena caminar entre las callejuelas con las casas de colores, símbolos de la ciudad. Volveremos una noche a la pizzería Palermo a probar su “tri-mollejúa” –pizza extra grande para los que no hablamos zuliano–, o como canta la gaita “vamos todos pa' que Luis. Allá por Santa Lucía. La cerveza está bien fría. Y de allí te vais feliz”.

Caminando o con el carro, dependiendo del calor, se puede llegar a la Plaza Bolívar –que nunca debe faltar– y ver la primera escultura del Libertador a caballo que se hizo en Venezuela. La plaza está llena de árboles así que tomamos un ratito para refrescarnos. En una de las esquinas de la plaza está el Teatro Baralt, construido en 1883 con estilo Neoclásico. Este edificio es uno de los emblemas de la ciudad y del país. Hay que entrar y admirar las paredes y techos con decoraciones del art decó.

Por uno de los lados del teatro se llega al barrio El Saladillo y la Calle Carabobo, donde cuentan se fundó la ciudad. Casi solitaria por la hora –a mediodía el sol es casi insoportable–, la calle de nuevo demuestra sus casas coloridas recordando aquellas colonias españolas. Aquí también hay más movimiento por las noches pues los arquitectos y emprendedores jóvenes y locales han tomado algunas de las construcciones y las han convertido en bares de vanguardia con diseños frescos que mezclan las fachadas históricas con modernos interiores. Ateneo Pop, por ejemplo, conserva el exterior pero por dentro, el arquitecto aprovechó el espacio utilizando materiales completamente naturales y reciclables para armar el restaurante.

Por la tarde subimos a la colina –la única de la ciudad– a ver el letrero estilo “Hollywood” mientras caía el sol. Llevábamos en la mano un “cepilla’o” –raspadito– del Manguito, un localcito reconocido que queda por uno de los lados de la Iglesia Las Mercedes, en la avenida Universidad. El atardecer se puede ver desde la plaza frente al letrero con vista al lago.


Hacemos un último recorrido en carro por la avenida Bella Vista, iluminada de punta a punta con adornos navideños. Desde el cruce con la avenida El Milagro, la Chinita brillante y azul comienza el paseo. A medida que avanzan las cuadras, los adornos cambian: campanas, bastones, gotas de lluvia, coronas y santas… Los adornos siguen la tradición traída de Estados Unidos por los petroleros y que ahora forma parte de la identidad y de la tradición decembrina, sobre todo en el Zulia. Son en total 35 cuadras que desde 1996 se iluminan para señalar el comienzo de las fiestas navideñas. El recorrido termina nuevamente en Santa Lucía para la cena.

Es de noche. En la Vereda del Lago la gente comienza a recogerse. La brisa sopla fuerte ahora y se ha llevado las nubes y el polvo. El lago se agita, la ciudad se duerme. Mañana volveremos a Caracas.