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Encuentros entre líneas: “La sociedad dice que soy artista”

Faride Mereb, de 26 años, ha publicado 2 libros sobre Miyó Vestrini / Foto cortesía Ricardo Blasco

Faride Mereb, de 26 años, ha publicado 2 libros sobre Miyó Vestrini / Foto cortesía Ricardo Blasco

Lo que comenzó por un muy personal interés por la poesía, pronto se transformó en un proyecto que trasciende nuestras fronteras. Respaldada por el sello de Letra Muerta, esta joven diseñadora que se abre paso ante el burocrático mundo editorial 

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Faride Mereb todavía se pone un poco nerviosa cuando le toca hablar sobre sí misma y sobre su trabajo. Ahora, luego de distintos encuentros, talleres y algunos contactos con la prensa, comienza a despedirse de esa voz temblorosa con la que se dio a conocer en la librería El Buscón hace un tiempo. Con 26 años de edad, la joven diseñadora consigue abrirse paso entre los laboriosos caminos de la producción editorial.

En el 2011 participó en una colectiva de jóvenes artistas en Valencia con una serie de carteles de síntesis tipográfica sobre Miyó Vestrini. “Yo siempre he pintado –cuenta–. La sociedad dice que soy artista”, pero fue hasta esa exhibición, en el encuentro con el público, que se dio cuenta de lo que realmente busca con su obra: “Hacer público mi trabajo me da una capacidad de reclamo o de denuncia. De alguna manera sentía que había algo que quedaba allí y que hablaba por mí, por Miyó. Descubrí que exponer es como una especie de súper poder porque aunque no estés siempre ahí físicamente, de alguna manera estás presente e inconscientemente recolectas información”.

La semana pasada viajó a Miami para presentar en Books and Books su libro Es una buena máquina en el que reúne poemas inéditos de Miyó Vestrini. Después de un año publicado en Venezuela, apenas quedan ejemplares en las librerías de Caracas. Fue la primera producción de la editorial Letra Muerta, creada por Mereb con el objeto de dar un respaldo a su trabajo y que resultó mucho más de lo que ella jamás se esperaba.

–¿Por qué Miyó Vestrini?

–Fue una coincidencia. Yo trabajaba con un grupo literario en la Universidad de Carabobo. Aunque soy diseñadora y trabajaba con logos, siempre he estado muy a la periferia de toda la parte editorial. Este grupo de la universidad tenía una publicación, un facsímil, en el que seleccionaban poetas venezolanos de “archivo” –por llamarlos así–, y poetas contemporáneos. Un día llegaron con un cerro de fotocopias y me pareció súper curioso. Empecé a ojear las páginas. Leyendo uno de los poemas sentí como si una mano hubiese salido del papel y me diera una cachetada: “¡¿Quién es esta?!”. Era Miyó.

Las copias eran parte de la selección que hizo Monte Ávila en el 94 –Todos los poemas–. Quedé impresionada por lo conversacional y lo visceral. Sentía que era alguien cercano a mí porque escribía algo con lo que yo me pude identificar. Hanni Osott escribe que cada uno de nosotros lleva a cuestas un poeta y yo no había sentido eso con ningún otro hasta que me encontré con Miyó. Con ella hubo un antes y un después.

Así que me di a la tarea de investigar. Fui a la Biblioteca Nacional donde me conseguí con Las historias de Giovanna (1971), diseñado por John Lange. Tuve la oportunidad de tener la edición en las manos. Igual con El invierno próximo (1975) que tiene unas fotografías hermosas. Después también conseguí Pocas virtudes (1986)…

Estuve como 5 o 6 años investigando hasta que por fin conseguí estos textos que a mi parecer eran inéditos. Consulté con la familia y revisé las publicaciones oficiales, etc. Me di cuenta de que los poemas que tenía más bien pertenecían a etapas coyunturales entre un libro publicado y otro, y, bueno, me parecieron notables y dignos de publicar.

–¿Así que de las exposiciones de arte pasaste a la idea de un libro?

–Empecé a hacer composiciones interviniendo los libros. Como a mí no me gusta escribir, me valía de las palabras y versos de Miyó para describir ciertas escenas de mi propia historia familiar pero sin perder el objetivo de difundir su palabra. En las muestras conocí más gente que tuvo que ver con la poeta pero sentía que todo acababa en el momento que se terminaba la exposición.

Cuando consigo en el 2014 los textos inéditos, vi la oportunidad de finalmente hacer circular algo que dejara de ser mío y que aportara a la difusión de la palabra de esta poeta venezolana. Ese año perdí un amigo muy cercano bruscamente. Estaba trabajando con él en otro proyecto editorial así que cuando murió no supe qué hacer. Pensé que tenía la obligación de publicar lo que tenía en mi computadora.

Fue el momento justo, también. Me reuní con Álvaro y Gabriela Sotillo quienes me recomendaron con Javier Aizpúrua de Exlibris. En principio la idea era encontrarme con él para aprender las técnicas necesarias para poder imprimir y encuadernar en Valencia. En un encuentro furtivo cuadramos una reunión en la imprenta.

Estuve muy atenta a la demostración de Javier pero sabía que en Valencia no iba a conseguir imprimir una maqueta como quería. En un momento de osadía pregunté si podrían aceptar el proyecto de Es una buena máquina en Exlibris y así se dio. Estaba muy emocionada. Fueron 6 años de investigación, 6 meses de producción, y 1 mes después estaba el libro. No sabía nada de distribución ni del mundo editorial. Ni siquiera tenía facturas cuando empezó a venderse.

–¿Nace entonces Letra muerta?

­–Decidí hacer un sello editorial y no un libro al azar para darle más seriedad al proyecto. Cuando pones un sello le das un sentido de mayor organización.

Cuando el libro estuvo a punto, lo único que faltaba era el nombre de la editorial. Quería que tuviese que ver con tipografías, que tuviese densidad y que no fuese en otro idioma. En esa época vivía entre Valencia y Caracas, donde compartía con mi amiga Deisa Tremarias, editora, licenciada en Letras. Fue ella quien en un momento de lucidez volvió con el nombre. Letra Muerta es cuando los documentos no tienen validez, cuando el papel pierde vigencia y como estaba trabajando con archivos, encajó perfectamente.

–Luego nace Al filo

–Yo no pensaba hacer esto. La editorial surgió para darle un respaldo al primer libro y de repente, “wow, hice otro libro”.

Conocí a Diana –Moncada– porque había comenzado a investigar el lado periodístico de Miyó. Sobre todo me llamó la atención las columnas de “Al filo de la medianoche” por sus titulares tan memorables, que parecían prosas poéticas. Elisa Magi le había dicho a Diana que hablara conmigo por su investigación sobre El Cohete, una publicación para niños dirigida por Vestrini. Como mi investigación me sobrepasaba le ofrecí que se uniera y me ayudara. Ella tenía 5 años investigando la faceta periodística de la poeta.

El proceso editorial es un proceso muy burocrático, de muchos pasos y muchas personas. Yo he sentido que me he saltado muchos de esos pasos por estar involucrada en el área de producción. No he visto las limitantes que tienen otros porque soy capaz de tomar el manuscrito y producirlo. Así que vi la investigación de Diana como una oportunidad de publicar lo que ella había también investigado por tanto tiempo, porque pasó por un proceso parecido al mío.

Me siento alagada de que me consideren editora. En realidad yo me considero una lectora a la que le gustan las cosas bien hechas, una lectora muy quejona que quiere hacer cosas que le gustaría ver en las librerías.

–Te da ventaja que conozcas el lado del diseño y el lado de la producción a la hora de hacer un libro, de manejar una editorial.

–He tenido además la ventaja de coincidir con personas que comparten ese mismo interés. De ellas he aprendido muchísimo también. Yo no me considero editora ni diseñadora todavía sino que estoy en un proceso de formación que se desarrolla en lo público, porque todos están siendo testigos de esa experimentación de ideas y de las oportunidades que me ofrece el medio, con todo y los errores que se cometen.

“Letra muerta eres tú”, me dicen. “No”, Letra muerta somos todos los que se han involucrado en cada proyecto. Yo soy la que se asegura de que no se vean las costuras.