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Encuentros entre líneas: octubre en Alemania

Oktober Fest en la Colonia Tovar / Cortesía: Jesús Inojosa

Oktober Fest en la Colonia Tovar / Cortesía: Jesús Inojosa

Este año se celebran veinticinco años de la caída del Muro de Berlín y veinticuatro de la Reunificación Alemana. La fiesta es tal que ha llegado hasta nuestras calles capitalinas. Octubre fue elegido como “El mes de la cultura alemana en Caracas” por la Embajada de Alemania que ha organizado un programa recorriendo la ciudad en homenaje al arte, la música, el cine, la gastronomía y, claro, a la tradición alemana en Venezuela

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La primera vez que fui a Alemania, el verano se despedía, los cielos comenzaban a encapotarse, el viento se llevaba los días calurosos y asomaba el aroma a lluvia. Terminaba septiembre. Desde el tren se veían los verdes pinos que pintaban el horizonte. La Selva Negra se extendía imponente a lo lejos. Pensé en la Colonia Tovar, en esos viajes que de pequeña hacíamos en familia para pasar la tarde, en los verdes pinos de ese camino de montaña. Tan diferente, tan parecido. Ahora estaba allí, finalmente. El tren llegó a su destino. Terminaba septiembre.

Octubre se convirtió en el mes de Alemania. Allá celebran los germanos el aniversario de la caída del Muro de Berlín y la Reunificación Alemana; acá, en Caracas, celebramos con ellos. Es el mes de la cultura alemana y la ciudad aprovecha para homenajearles. El arte, el cine, la música son parte del programa que ha preparado la Embajada de Alemania. ¡Y que no falte la cerveza!  

Primer fin de semana. La orquesta se sienta, el director marca el comienzo: Obertura para el drama teatral “Egmont”. Cierro los ojos. Recuerdo Waldkrich aquel domingo con el cielo nublado. Era día de fiesta: una feria se montaba a lo largo de la calle principal, los niños jugaban en un futbolín inflable y el mercadillo estaba full de cachivaches. Abro los ojos. La sala José Felix Rivas aplaude al Maestro Alfredo Rugeles, invitado de la Orquesta Sinfónica de Venezuela. La pieza de Beethoven sonó hermosa. Cierro los ojos. Recuerdo Freiburg en uno de los últimos días soleados. Se escucha el Don Quijote de Strauss. Desde una pequeña colina se ven las torres de la Catedral en restauración. Abro los ojos. Nuevamente los aplausos. Todo vuelve a empezar: Variaciones sobre un Tema de Joseph Haydn, de Brahms. Cierro los ojos. Wassaburg está empapada, caminamos de noche por el centro. Los aplausos retumban, el maestro agradece el violoncello de Christian Jiménez, agradece a la orquesta, agradece al público. Ahora también recuerdo el concierto.     

Martes 7 de octubre. El Museo de Arte Contemporáneo abre sus puertas, si la lluvia lo permite, a una charla explicativa de su nueva exposición de Marcel Odenbach. Mariella Rosso, del Goethe Institut de Caracas, ha organizado esta “visita guiada” a las obras de este artista alemán reconocido internacionalmente como uno de los pioneros del videoarte. La Dra. Vanessa Joan Müller, curadora de la exposición, es quien nos introduce en el mundo de Odenbach, de sus propósitos de protesta social y de su composición audio visual. “Stille Bewegungen/ Tranquil Motions”, o “Movimientos Quietos” es el contraste de lo bello y la pobreza, de la tradición y la rota modernidad. Cierro los ojos. Recuerdo Berlín entre las nubes. Es día de entrada gratis a los museos y hay una exposición permanente de la cultura egipcia. La sala está llena de gente que escapa del día lluvioso. Abro los ojos. La obra de Odenbach, “Demasiado bello para ser cierto”, conecta con Venezuela, con las misses y con la violencia de la ciudad en el año 2000. Suena “Caballo viejo”.

Caracas en octubre muchas veces me hace recordar aquel otoño germano que apenas comenzaba, con ciudades nubladas, con las hojas todavía verdes y con la lluvia que caía, acumulada del verano, desesperada.

Segundo fin de semana. Otro sábado de concierto. Esta vez son los instrumentos de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas que rinden homenaje a Brahms, Bach y Beethoven en tres ciclos. Este sábado está dedicado a Brahms. Comienza su Sinfonía No. 1. Cierro los ojos. Recuerdo Schwerin con los árboles comenzando a pintarse de anaranjados. Sentada frente al lago, mirando a la niña que juega a asustar a los cisnes. Ríe asustada cuando uno de ellos voltea. La música acompaña su risa, el recuerdo: Nuits d’été (Berlioz). Abro los ojos. Margot Parés hace reverencia. Aplausos. Sigue lloviendo en Caracas, octubre avanza, y también llovía en Alemania.

Tercer fin de semana. El Hatillo se ha sumado a la fiesta. La tarde del sábado celebra todo el pueblo con la “Fiesta de la Cerveza”. Como si en Caracas, esta fuera la “apertura del barril”, el comienzo de la gran fiesta. El primer desfile fue en la Trinidad, hace un par de semanas, hoy se aleja del valle y se acerca más a la tradición bávara, a casi un mes de haber comenzado la original “Oktoberfest” en el Theresienwiese (Campo de Teresa), esa que viene celebrándose desde 1810, cuando el príncipe Luis I de Baviera y la princesa Teresa de Sajonia se casaron. Cierro los ojos. Recuerdo la torre de Marienplatz y su carrusel en el reloj. Suenan las graciosas campanas. Munich, la ciudad de la tradición germana. Una guía turística nos lleva al mercado principal y nos cuenta, riéndose un poco, que la bandera bávara conmemora los azules cielos de este Land. No para de llover. Abro los ojos. Una jarra de cerveza.

Miércoles 22 de octubre. La gastronomía también debía ser festejada en este mes de la cultura alemana. El hotel Eurobuilding ha organizado un festival con la muestra de los platos más emblemáticos de Alemania: embutidos, salchichas, kartoffelsalat (ensalada de papas), sauerkraut (repollo agrio), y, por supuesto, el strudel de manzana. Un bocado de salchicha con mostaza me lleva. Cierro los ojos. Hofbräuhaus, una de las casas cerveceras con más tradición en Munich, festeja a lo grande. La banda toca sus mejores canciones. La gente es ruidosa y alegre. Abro los ojos. Es una fiesta de sabores.

Último fin de semana. Ya hace tiempo que terminó el festival en Munich, pero aquí la fiesta más grande, la de más tradición, se guarda para el mejor de los finales. Desde 1970 la Colonia Tovar hace homenaje a su herencia con su propia “fiesta de la cerveza”. Ya alejada de la ciudad, inserta en la montaña de Aragua, este pueblito fundado por alemanes provenientes de la Selva Negra se han apoderado de la tradición bávara y la han pintado con algunos tintes criollos. La gran tienda azul y blanca está dispuesta. Las mesas este año fueron especialmente traídas de Alemania. Las cervezas comienzan a desfilar: marcas venezolanas, artesanales, importadas, llenan las jarras de los miles de invitados. En la tarima suena un grupo de trompetas y bailan una tradicional pieza alemana. Bulla, risas, jarras que chocan, “¡Prost!”. Pienso en Berlín cosmopolita, vibrante, que se levanta de los escombros de la historia y demuestra su fuerza ante el mundo. Abro los ojos, un concursante alza una jarra de ocho kilos e intenta beber un litro de cerveza negra. Recuerdo las fiestas de Munich, con los alemanes que se olvidan de la lluvia y cantan borrachos una canción que apenas entiendo. Los recuerdo a ellos. A los que están allá, con los que conocí Alemania y a los que están acá en Caracas que desde lejos festejan su tradición, su cultura.

Cierro los ojos y recuerdo ese octubre en Alemania. Ese octubre que termina.