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Encuentros entre líneas: Un cuento de dos ciudades

Rivas Novarese

“El farolero ‘antigua’” (ca. 1958), Bárbaro Rivas / Dibujo Caracas (2014) Irina Novarese

Este domingo 7 de diciembre, la Galería Odalys inauguró las exposiciones de dos artistas, Bárbaro Rivas e Irina Novarese, que a simple vista parecen completamente opuestos. Sin embargo, un recorrido por sus obras encuentra de alguna manera una continuidad temporal que cohesiona sus historias

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A las 11 de la mañana del domingo, Odalys Sánchez, directora del espacio de arte en el Centro Comercial El Concresa, Galería Odalys, inicia la conversación que marca el punto de partida a la nueva exposición de la italiana Irina Novarese, Landology. Falling back to Caracas from the peripheries of my field –“De regreso a Caracas desde las periferias de mi campo”. Hablan el artista plástico Zoltan Künckel, el arquitecto y urbanista Dietrich Künckel, y los curadores María Luz Cárdenas y Francisco Da Antonio. El evento también abre hoy la muestra del venezolano Bárbaro Rivas, Natural y trascendente.

Odalys –la Galería– es un espacio dividido en dos salas de exhibiciones. En la primera de ellas han organizado la colección de las obras de Rivas. Son en total 25 piezas pintadas desde 1937 hasta 1975. Bárbaro Rivas es considerado como uno de los representantes del arte naif  en Venezuela. Aunque Luis Pérez Orama argumenta que es más bien el artista más clásico de la pintura venezolana por su temática central que es la religiosidad. Ciero, pero mientras recorro la sala no puedo evitar pensar en sus trazos algo ingenuos, casi infantiles que resaltan también la naturaleza de su entorno petareño y no solo de las imágenes tradicionales del catolicismo. Sea como sea, cualquiera sea su categorización, Bárbaro era un artista dramáticamente expresivo, parafraseando a Francisco Da Antonio. E inocente.

“Cuando Bárbaro Rivas llegó a los altos del Bar Sorpresa y recorrió con la mirada la sala donde habíamos reunido las obras de la exposición Siete pintores espontáneos y primitivos de Petare, se detuvo por un momento en el umbral de la puerta y visiblemente impresionado exclamó: ‘¡Qué cuadritos tan bonitos…!’. ‘Esos son tus cuadros’, le dije. ‘¿Mis cuadros…?’, preguntó incrédulo. Y avanzando hasta ellos a fin de verificar mi respuesta, dijo en voz alta ‘¡Ah caramba, es verdad… Si hasta les pusieron sus marquitos”.

El arte de Bárbaro cuenta la historia de Caracas antes del “Nuevo ideal Nacional”, elaborado por Marcos Pérez Jiménez y que transformó completamente la ciudad. Aquella era una ciudad rural, bella, con caballos y tranvías. “Por aquel entonces, –cuenta Da Antonio– a las 5 de la tarde, los caballeros usaban paltós para cubrirse de la bruma fría que venía de Catia hacia la Plaza Bolívar”. Caracas no tenía ni 300 mil habitantes y Petare era todavía un pueblo en los alrededores de la capital. Esa es la historia que nos cuenta Bárbaro. Al lado, la de Irina Novarese es otra completamente alejada de esa ciudad colonial.

El “Nuevo ideal Nacional” promovió un concepto tecnológico que acabaría con la posibilidad de comunidades periféricas y proponía un crecimiento masivo de una metrópoli conectada por modernas vías y autopistas. Irina, sin conocer a la ciudad como lo hacía Bárbaro, se encuentra con las líneas desordenadas e interconectadas que resultaron de ese crecimiento desmedido. Ella “se ocupa de aspectos territoriales”, de la naturaleza desde lo puramente cartográfico, topográfico, y el resultado es el de una ciudad abstracta, desvinculada de su gente, puramente geométrico. Si Bárbaro representaba el arte clásico, Novarese es la modernidad a gran escala.

Caminar de un salón a otro es como pasearse entre dos ciudades que nada tienen que ver una con la otra, pero atrás de sus dibujos, de sus pinturas, encontramos Caracas, la de los techos rojos, la de los cerros abarrotados; el Petare de Bárbaro a comienzos del siglo XX y la Caracas supermoderna de Irene. Al principio no parece posible alguna conexión entre ellos pero una pequeña pista en la intervención de María Luz Cárdenas nos guía a tomar el hilo.

La curadora y crítica de arte resalta que, aunque extranjera a nuestras calles y recovecos, Irina Novarese ha encontrado un vínculo con los más renombrados del arte moderno venezolano: instala una telaraña que recuerda necesariamente a la Reticularia de Gego; en seda combina los colores como Mercedes Pardo; sus cubos ordenados parecen algunos de los bocetos de Raúl Villanueva, sus líneas se mueven como las de Cruz Diez… Lentamente comenzamos a atar los nudos.

El paso entre Naturaleza trascendente y Landology es brusco pero bien pensado. Poco a poco la mirada se acostumbra y la narrativa de la exhibición toma forma: es el comienzo y el desenlace del cuento de una ciudad, o de dos separadas en el tiempo, vivida desde dentro y desde las periferias, a través de los ojos ingenuos de Bárbaro Rivas y la entrenada mirada de Irene Novarese.