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Encuentros entre líneas: cantan los juglares en honor al poeta

Bartolomé Díaz y Andrés Barrios, “Con nuestras voces muy juntas” | Cortesía

Bartolomé Díaz y Andrés Barrios, “Con nuestras voces muy juntas” | Cortesía

Bartolomé Díaz (Sietecuero, Sintagma Ensamble, E-óN) y Andrés Barrios (Los Hermanos Naturales) comparten nuevamente las tablas para homenajear a Eugenio Montejo y, esta vez, a su amistad con el poeta español Francisco José Cruz. En esta ocasión la librería El Buscón sirvió de anfitriona a este recital que han llamado “Con nuestras voces muy juntas”

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Antes de comenzar, Bartolomé habla con una mujer del público mientras se lima un cadillo. Esperamos por Fran –Francisco José Cruz– que nos llama desde Carmona. Andrés recibe a su familia y habla con los amigos. Somos pocos este sábado en El Buscón. Como si hubiésemos sido invitados a una de esas hermandades secretas. Por fin entra la llamada de Skype y estamos todos presentes –al menos los que logramos llegar a tiempo. Privilegiados.

 “El 19 de octubre del año 2013 –comienza a decir Bartolomé Díaz– hubiese cumplido Eugenio Montejo 75 años. Ese día Andrés y yo fuimos a su casa, con su viuda y con Alirio, su hijo, para celebrar al que fue nuestro maestro. Ahí conocimos a este gran hombre que nos impresionó por su enorme sensibilidad. Francisco José Cruz y Eugenio eran grandes amigos, eran el alter ego el uno del otro”. Ya desde el año 2012, estos dos músicos habían estado trabajando en dar melodía a los poemas de El Chamario, la obra de Eduardo Polo –o sea, Montejo– y desde esa “celebración” en octubre decidieron continuar con el proyecto y musicalizar también la lírica de Cruz en homenaje a la amistad que unía a los dos poetas.

No es la primera vez que la poesía y la música se unen. De hecho diría que son hermanas siamesas, inseparables. Pero en esta unión de Con nuestras voces muy unidas, la poesía tomó un lugar protagónico, convertida en una experiencia sensorial completa. El recital fuetransformado en una manifestación del arte corpóreo. Se supone que vivamos la poesía de Fran no sólo a través de la música, sino también a través de la danza, de los movimientos de AraisVigil; pero el lugar es muy pequeño así que nos quedamos sólo con la música. ¡Lástima! Aunque así parece que estamos frente a dos cuentacuentos que nos entretienen con su voz, con su guitarra, con su acto. Andrés y Bartolomé se transforman en los juglares del reino que cantan al poeta. Fran Cruz, conmovido, aplaude por Skype. Ya he olvidado que Arais debía bailar.

El concierto de esta tarde es como robarle un pedacito a la memoria, al recuerdo de un gran amigo, padre y esposo; fue como sentarnos un ratito al lado de Eugenio y de Fran aquí, en “el panteón de los héroes” como solía llamar Montejo a la librería El Buscón, uno de sus lugares favoritos en Caracas.La guitarra de Bartolomé es suave, tierna; es la compañía de los versos y la protagonista de las historias. La voz de Andrés es juguetona, sincera; es la que secuestra nuestras lágrimas, nos conmueve y nos divierte.

El repertorio es un juego entre ellos: un poema es de extremo pesar, otro viene con un risa escondida entre los versos. Tomados de El Espanto Seguro, Maneras de vivir y de la antología Hasta el último hueso, los diez poemas escogidos por Díaz y Barrios forman un vaivén de emociones. Tal cual canto de juglar, te eriza la piel, te hace sonrojar y justo cuando se asoman las lágrimas, “la mosca detrás de la oreja” devuelve el alma al público. Risas. Y  la “defensa del tiempo”.

No siempre tiene la culpa / el tiempo de que la muerte /se salga al fin con la suya. / A la muerte le da igual / que estemos casi empezando / o a punto de terminar.

De pronto se acaba. Las voces muy juntas recitan un último poema, uno de Montejo, con la guitarra en alto y las voces orgullosas, como gritándole al cielo. Una invocación, una despedida. Para terminar, a petición del público, una graciosa canción de cuna del Chamario arrulla al público. Arrulla a Andrés y a Bartolomé.Y despertamos todos del trance.