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Encuentros entre líneas: una batalla civil fuera de cine

El Sambil de Caracas mantiene a duras penas la mayor cantidad de funciones / Foto Williams Marrero

El Sambil de Caracas mantiene a duras penas la mayor cantidad de funciones / Foto Williams Marrero

En un intento por seguir protegiendo nuestros espacios de entretenimiento, el cine todavía figura entre las actividades favoritas de fin de semana. Eso, siempre y cuando la dieta energética nos lo permita

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A riesgo de repetir las palabras publicadas por Luis Vicente León en su texto “Ayer fui al cine” (del 27 de marzo en Prodavinci), hoy no hay otro tema más urgente que el de documentar nuevamente la gran tristeza que da en estos días intentar ir a un centro comercial a ver una película.

El sábado pasado estuvimos de acuerdo 9 amigos para ir al cine. Era un grupo grande, de esos que ya no se acostumbran. Y no tendría que significar mucho más que una cuestión logística, pero no fue así.

Después de pasar el que pensaba sería el único gran problema del día –ponernos de acuerdo en la hora y el lugar de la función–, comenzamos a notar los primeros tropiezos: Hay que superar la notoria reducción de horarios disponibles y la pesada tarea de comprar en tandas pues la página tiene un máximo de asientos por venta en línea. Desde ahí, solo fuimos en picada.

La inversión

No es noticia para nadie que la diferencia entre el costo neto de la entrada y los “extras” por servicios es alarmante. El mínimo del adicional duplica, en cualquier ocasión, el precio inicial; ahora, además, en algunas salas, ese “impuesto” puede hacer que el boleto se dispare hasta 4 veces lo que cuesta imprimir el ticket.

No se puede negar que el cine todavía se considera como una opción económica ante muchas otras en la ciudad. Sin embargo, ¿cuánto nos podríamos ahorrar realmente? La entrada de cines unidos cuesta 370 Bs. Los costos adicionales en el centro comercial San Ignacio, por ejemplo, supera los 1200 Bs. En el Sambil, sin embargo, el extra es de 300 Bs. –¿nada más?–. Queda clara la opción más práctica cuando el sueldo apenas supera el mínimo decretado.

Luego se trata de las cotufas y la bebida. De hecho, ya no recuerdo la última vez que no metí una botellita con agua en mi bolso y me comí un chocolate compartido que compré antes en una farmacia. Los famosos combos de cine, por mucho que llamen la atención, se vuelven cada vez más un antojo lejano. O compartido, si tenemos suerte.

El centro comercial

Elegir la opción más económica tiene sus consecuencias, claro. El Sambil de Caracas ha resistido a duras penas a la imposición de horarios y a los cortes de la crisis. Aún así la experiencia es deplorable.

La cola de entrada al estacionamiento poco se compara a la entrada al cine que sufre de apagones frecuentes. A nuestra llegada a la taquilla, la venta estaba suspendida porque ahí dentro se encontraban a oscuras. Como habíamos comprado por Internet, quisimos preguntar para pasar directamente. Pero unos acalorados empleados negaron el paso: “Por política de la empresa no te puedo dejar pasar sin la entrada impresa, y sin luz no te la puedo dar. Tienes que esperar a que vuelva la luz”.

La película comenzaba a las 5:25 y ya pasaban las 5:30. Comienza el desespero.

Al parecer, el centro comercial va apagando y prendiendo las luces por zonas y cuando el cine se queda a oscuras, no tienen mejor plan de contingencia que decirte: “O esperas o vuelves en los próximos 30 días a otra función”. Como entenderán, con un grupo de 9 personas, la segunda opción se desvanecía.

Nos queda la pelea: No importa cuánto intentes hacerlos entrar en razón, la política parece irrefutable. Aún con la prueba en mano de que en efecto había comprado las entradas (la ventaja de los teléfonos inteligentes es que puedes llevar contigo tu correo de confirmación en el que la empresa te deja toda la información, hasta de la butaca que te corresponde), el papelito que ellos imprimen es la única forma de entrar. ¡Vaya avance! ¡Vaya ahorro!

En algún momento entre el zaperoco apareció frente a la taquilla un empleado con más rango y una lista en mano. Estaba anotando a quienes habían decidido canjear la entrada. En un arrebato –supongo que al verse acorralado por todos nosotros peleándole la política empresarial– el hombre decidió hacer la excepción y acompañarnos a la sala. Gracias, debo decir.

La película

El Capitán América ya tendría unos 5 minutos de haber entrado a aquel edificio y la primera batalla –en ficción– abría curso. En la sala, el calor era algo agobiante. Por supuesto, aquí se acabaron aquellos días en que a los cines había que acudir con pesados abrigos. Pero, ¿no podríamos pedir que al menos funcionara una mejor ventilación? Supongo que no.

Poco a poco nos va hipnotizando la trama –a quienes tuvimos la suerte de disfrutarla– y por las siguientes 2 horas 27 minutos, nos olvidamos de la realidad. Ilusos los que pensamos que todo había terminado allí.

La salida

A las 8:05 de la noche, prácticamente todo el centro comercial se encuentra a oscuras. Las escaleras y los ascensores están apagados –si es que alguna vez estuvieron funcionando durante el día– y solo se mantienen las luces que te llevan directo a las salidas.

En la plaza alrededor de Cines Unidos, todavía hay mucho movimiento. Se supone que todavía queda una función pero todo parece cerrado. Solo hay gente. Asomamos a la taquilla del estacionamiento y, por supuesto, hay una larga cola. Esperar arriba brinda pocas opciones: sentarse en el piso, esperar de pie. No hay nada más que hacer allí.

La cola daba una larga vuelta pero corre rápido. Relativamente. Una media hora después, todavía sin poder creerlo, la batalla por ir al cine había terminado. Qué pocas ganas quedan de volver.