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Encuentros entre líneas: Capital esquizofrénica

Vista hacia El Silencio desde el parque Ezequiel Zamora (El Calvario) | Cortesía

Vista hacia El Silencio desde el parque Ezequiel Zamora (El Calvario) | Cortesía

Caracas es como el “Extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde” (1886): Algunas veces se llena de maravillosas sorpresas; otras es un monstruo agresivo y aterrador. Hablar bien de esta ciudad es cada vez más difícil. Por supuesto, hay todavía quienes la defienden y disfrutan. El secreto es degustarla por partes

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Parte I. Sábado

La historia. 8:00 am. El día amaneció tranquilo, soleado. Hay pocos todavía en la calle. Un necesario recorrido de farmacias nos conduce a la avenida Urdaneta. El centro es un cuento diferente: lleno de movimiento. Aunque el agite es mucho menor que un día de semana, los sábados también sorprenden las colas y el ruido.

Finalmente conseguimos el medicamento. Ahora podemos continuar en una especie de redescubrimiento de los alrededores. Un cruce por equivocación nos llevó a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, justo sobre la avenida Universidad con Fuerzas Armadas. Cerrada. De vuelta al camino.

Quiosco por quiosco recorremos el camino por debajo del puente. Desde el carro se ven pocos vendiendo a los peatones, varios quedaron cerrados. A la izquierda en la avenida Panteón rumbo a la Bilbioteca Nacional. Desértica. A partir de ahí el recorrido es a pie. El destino final se postra frente a nosotros: El Panteón Nacional. Su “nueva” gran estructura metálica todavía impacta al ojo desacostumbrado. Nos han cambiado la historia. Hay pocos todavía en la calle.    

 

Parte II. La noche

La búsqueda, el miedo y la soledad. 6:15 pm. Llueve a cántaros. Apenas hay tráfico: Todos parecen haber huido por la lluvia o por la oscuridad. La ciudad vacía se vuelve tenebrosa. Es imposible acelerar por el aguacero. Las calles se trasforman en ríos. Nos envuelve el miedo pero no queda más que seguir camino, intentar llegar a nuestro destino: Nuestra Señora de la Chiquinquirá, en La Florida. Es noche de bodas. La lluvia espantó a muchos, la iglesia refugió a otros. No hay paso por el agua.

7:30 pm. El agua pasó. Vamos hacia Los Palos Grandes en busca de un restaurante. Las calles comienzan a mostrar movimiento: los sábados reviven un poco a la ciudad nocturna. Pero algunos locales parecen haberse rendido. Primera parada, cerrado; segunda opción, a oscuras; tercera, ¿y el restaurante que había aquí?.. Finalmente entramos en la calle Los chaguaramos –La Castellana– a Il Caminetto, un clásico de la comida italiana en Caracas. Todavía está vacío: les pega la soledad de la ciudad.

 

Parte III. Domingo

Las artes y los artistas. 11:00 am. La mañana es calurosa. La lluvia no parece haber calmado los vapores de agosto. Los domingos son día de exposiciones y tertulias por tradición. Los artistas se reúnen en las galerías y museos, pasean de inauguración en inauguración –o clausuras, o conversatorios, o cualquier evento, si a esas vamos– mostrando sus mejores pintas, sus mejores caras.

Los domingos pertenecen a las artes para los artistas. Y Caracas los recibe tranquila, casi como si fuese otra. Es su personalidad más elegante. Casi –casi– nos olvidamos de su desorden de esquizofrenia. El recorrido vale la pena. Los domingos son de tardes tempraneras que siempre terminan con una bebida en la mano en medio de un círculo de artistas, todos amigos, como si estuviesen en la sala de su casa, llena de arte.  

 

Parte IV. La hora pico

El caos y el frenesí. Son las 5:38 pm del lunes. Continúa el calor. El tráfico –aunque de apariencia más ligero, quizá por las vacaciones– es lento y ruidoso. Poco ha durado la calma del ayer y ya la jornada nos ha hecho olvidar la tertulia. Las motos pasan por doquier: Nada ni nadie podrá detenerlas. El polvo de las obras en la autopista se cuela dentro del carro. La radio no hace más que escupir palabras sin sentido, o noticias de crisis. Caracas nos espanta de nuevo.

Avanzamos. Y el reloj se adelanta. Queda solo fijarnos en el paisaje. Cae la tarde sobre el occidente pintando los cielos de rosa intenso. Alguna vez alguien me dijo que los atardeceres tan coloreados vaticinaban lluvia.