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Encuentros entre líneas: Los conductores de Pedro León Zapata

Desde 1999 nos acompañan los “Conductores de Venezuela” en la cola de la Autopista Francisco Fajardo. Hoy, en conmemoración del cumpleaños 50 de los Zapatazos, vale la pena detenerse y compartir cuentos de tráfico con esos caraqueños de cerámica

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La cola esta tarde de enero ya es la habitual de la ciudad: los caraqueños han regresado a su rutina y de nuevo, Caracas se torna caótica. Poco a poco avanzamos hacia la salida de Plaza Venezuela por la autopista Francisco Fajardo. El paisaje es el mismo; el perfil de la ciudad, inmutable. Todos los días podría contar una misma historia, una igual a la de las caras dibujadas en el muro a nuestra izquierda. Esas del mural de Zapata. La de los conductores y sus pasajeros.

Con el brazo apoyado sobre la ventana y la mirada buscando un pasatiempo, el pasajero del carrito se encuentra con ese ojo en el retrovisor de Simón Bolívar, que como su caballo, mantiene vigilado el pasado. Desde ahí, a la izquierda y la derecha, se extienden sobre el muro de contención que delimita el norte de la Universidad Central de Venezuela, unas 40000 cerámicas pintadas con los “Conductores de Venezuela”, el mural de Pedro León Zapata que desde 1999 nos acompaña en la rutinaria cola de la autopista.

La obra, hoy en día emblema de la ciudad, fue una iniciativa de la Alcaldía de Caracas –a cargo del alcalde metropolitano Antonio Ledezma– y estuvo a cargo de Estaban Araujo, entonces presidente de Fundarte. Quien se encargó de llevar el diseño de Zapata a gran escala fue el equipo de Ricardo Ceruzzi, junto a sus familiares y sus ceramistas, desde Valencia.  

Tengo bonitos recuerdos de esos meses –cuenta con alegría Mara Comerlati– y sobre aquellos paseos que hacíamos a Valencia todas las semanas para encontraros con Ricardo y con todo el equipo que trabajaba en la fabricación del mural. Todos los viernes desde septiembre de 1998 hasta que terminaron en enero de 1999, ella acompañaba a su esposo, Pedro León a aquellos galpones. Algunas veces se llevaban a sus hijos, otras les acompañaban amigos.

La construcción fue un gran tema de conversación entre los allegados de Zapata y Mara. Frecuentemente los galpones recibían personajes de esa Venezuela de finales de los 90 que se interesaban en la idea que Zapata tenía sobre Caracas, y sobre los caraqueños.  “Ahí visitó Orlando Urdaneta, José Pulido, Jesús Puente Leiva –embajador de México en Venezuela para aquel entonces–, Juan Carlos Palenzuela… muchos otros amigos de Pedro León que venían a ver el trabajo que hacíamos”.

Desde 1999, los conductores (Simón Bolívar, Simón Rodríguez, José María Vargas, Teresa de la Parra, Armando Reverón, peatones, pasajeros y callejeros) nos acompañan desde sus 1500 metros cuadrados. Ya pocas veces pensamos en ellos. ¿Quiénes son? ¿Por qué ellos y no otros? ¿Qué significa? Zapata se lo pensó mucho cuando tuvo la oportunidad en las manos. Pensó en homenajear más bien a los humoristas, pensó en otros artistas y en otros humanistas; pero finalmente pensó en que este sería su homenaje a Caracas, a su gente y a quienes en su momento nos guiaron a un futuro lleno de arte, de letras y conocimientos. A un futuro de las Humanidades. Curioso que hasta Bolívar sea un civil, un caraqueño intelectual más allá del militar que luego se convirtió en nuestro Libertador. Estos rostros nos pertenecen y a ellos pertenecemos los caraqueños, los venezolanos. En eso pensó Zapata –imagino– y en eso pensamos cuando nuestras miradas se encuentran con sus caras pintadas. ¿Qué significa? Eso le toca a cada conductor descifrarlo por sí mismo.

Hoy, el mural, como la ciudad, está deteriorado, olvidado. Desde 2011 no se propone un plan de restauración y poco a poco las baldosas se han ido desprendiendo. Pequeñas ramitas toman su lugar entre las ranuras y separaciones de cerámica. Poco a poco se cae a pedazos, casi como nos desmoronamos los venezolanos en estos días mientras esperamos un plan de renovación. La cola avanza, atrás se quedan esos conductores. 

Pedro León Zapata se ha convertido en un símbolo del humor, de la crítica y, sobre todo, del sentir cotidiano de los venezolanos. “Conductores de Venezuela” es uno más de esa enorme muestra de su ingenio al captar la esencia de una ciudad caótica quijotesca conducida por sus grandes pensadores hacia un futuro incierto, abarrotado. Esa es Caracas, así somos los caraqueños.