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Élmer Mendoza: Yo quiero hacer una literatura de mi tiempo

El escritor Élmer Mendoza

El escritor Élmer Mendoza

Autor, entre otros libros, de El amante de Janis Joplin (2001), Efecto tequila (2004) Cóbraselo caro (2005), Balas de plata (2008), La prueba del ácido (2010) y Nombre de perro (2012), Élmer Mendoza es una de las grandes voces contemporáneas de la literatura mexicana, reconocido sobre todo por sus novelas policíacas, por su trabajo con el lenguaje de la calle y como uno de los precursores de la narcoliteratura

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Élmer Mendoza (Culiacán, 1949) escribe sobre su tiempo, su tierra, su realidad. Con su literatura se apropió de un lugar, de un lenguaje y de una forma: Sinaloa, el habla de la calle y el género policíaco. Fue finalista del Premio Dashiell Hammett 2005 con Efecto tequila y recibió el Premio Tusquets de Novela 2007 por Balas de plata. Mendoza creó al detective Edgar “Zurdo” Mendieta, personaje cuyas andanzas ya han sido traducidas a siete idiomas.

Este escritor mexicano es reconocido como uno de los precursores de la narcoliteratura y por su trabajo de incorporación del lenguaje de la calle a su literatura. Federico Campbell, crítico de su país, ha dicho que Mendoza es “el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico” en México.

Mendoza comenzó su carrera literaria a los 30 años, cuando publicó su primer libro. Aunque era lector y “escribía cosas, estaba metido en otra área del trabajo humano”. Ingeniero electrónico, era empleado de una transnacional. Hasta una noche en que llenó un cuaderno de cien páginas, no durmió y cuando amaneció se dijo “voy a ser escritor”. Abandonó la ingeniería y decidió estudiar. “Tuve que renunciar no sólo a la empresa sino a la profesión para poder dedicarme a la literatura. Me inscribí en la UNAM para estudiar Lenguas Hispánicas y aprender otras cosas que necesitaba aprender”. Entre risas Mendoza cuenta que en ese momento se preguntó qué necesitaba para ser un buen escritor, “y yo mismo me respondí que tenía que estudiar literatura”.

A la vocación lectora llegó a los 9 años, en la escuela primaria. “Cuando fui a la escuela primaria me había retrasado tres años. Estaba muy ansioso porque viví mucho tiempo con mis abuelos y en un momento mi abuelo me entrega a mis padres. Me entregó justo el día de las inscripciones. Y mi madre decidió que la acompañara a la escuela para inscribirme.

En mi grupo había un niño más grande que yo, que ya sabía leer, él había llegado hasta tercer grado pero en una escuela en la sierra, y no le habían permitido inscribirse en su nivel y lo mandaron a primero. Era mi compañero de banca y él le puso mi nombre a mi cuaderno. Cuando el maestro nos enseñó la A, yo la ubiqué y la usé inmediatamente. Tenía urgencia por usar el lenguaje, el alfabeto. Ahora que soy escritor pienso que esas son señales.

Otro día mi padre me tenía que comprar un libro y me llevó a buscarlo. Nunca he olvidado el dibujo de la portada. Ese fui mi primer contacto con el discurso escrito”.

En su adolescencia, con 17 o 18 años, Mendoza leyó el libro que lo marcó definitivamente: El conde de Montecristo, de allí llegó a Veinte mil leguas de viaje submarino. “Esas lecturas me hicieron creer que es posible, que existe un mundo distinto al de la realidad, un mundo imaginario y que uno con esos mundos imaginarios puede emocionarse muchísimo. Fue como vivir dos mundo: el de la imaginación –donde yo participaba de todas las aventuras que leía– y el real”.

Después vinieron las lecturas adultas, las que asumió con atención para formarse como escritor. “Leí a Mario Benedetti, donde hay cuestiones sociales, a Borges, Cortázar y el boom latinoamericano: Vargas Llosa, García Márquez. También a Rubem Fonseca, mi gran maestro y ahora amigo. Igual leí la novela europea: francesa, española, alemana. Leí con el fin de ser un buen escritor, eso me llevó muchos años, muchas lecturas”.

—¿Cómo fue al experiencia de conocer a su maestro literario?

—Fue una experiencia de mucho temor y de mucho respeto. A mí me criaron mis abuelos, en un rancho, en una estancia, y ahí te enseñaban que tenías que respetar mucho a tus mayores, y una de las formas de respetarlos era que no debías cruzarte frente a ellos cuando estaban conversando y tampoco podías hacerles preguntas tontas. Cuando tuve mi primer encuentro con Rubem Fonseca, que fue en Rio de Janeiro, pues tuve esa sensación infantil. Pero Fonseca es un hombre muy humano, muy comprensivo y pudimos hablar cerca de tres horas. Le confié muchísimas cosas que tenía en la cabeza, él me animó mucho y fue sensacional conversar con él.

—¿Por qué escogió escribir sobre la violencia?

—Creo que es por la zona en la que vivo: el norte de México. Y allí tenemos otro perfil. Mis mayores son pensadores del desierto, de los pantanales; ahora es la zona más rica del país pero costó muchísimo, costó vidas, años, experimentar, y tenemos un sentido de la temeridad. Ahí se produce heroína por primera vez en nuestro país. Todo eso genera mitos, personajes y un misterio. Canciones, corridos. Cuando me fui a Ciudad de México noté que me respetaban mucho porque era de allá y eso me gustaba.

Digamos que emocionalmente me fui entrenando para eso. Y aunque he intentado escribir otras cosas no sabía que podía escribir tan fácil de esto, porque lo que yo andaba pretendiendo era encontrar mi propia voz. Escribí cuatro novelas antes de la primera que publiqué y las dejé porque no encontraba mi voz. Un día la encontré cuando descubrí que podía mezclar la norma culta del español y el lenguaje popular, el lenguaje de la calle, el lenguaje de la violencia. Mi entorno me ha dado los elementos, las historias, el lenguaje para hacer literatura.

—¿Se siente cómodo con la etiqueta de narcoliteratura o narcoescritor?

Sí, claro que me siento cómodo. Creo que también es una prueba de fortaleza emocional, escribir tiene sus riesgos y no es fácil.

No es fácil contar una realidad tan móvil y siento que algunas de las personas que tildan negativamente lo que hacemos son personas que no se atreven a salir de sus casas. Los hombres y mujeres que trabajamos la violencia somos gente que tiene cierto carácter, que superamos ciertos temores.

Ahora no hay sólo gente de la literatura trabajando este tema, hay gente de la danza contemporánea, de plástica, del cine, los corridistas, la música, el teatro, la ópera. Mira todo lo que hemos generado. Es una realidad muy móvil y no cualquiera le puede entrar. Nacer en medio de la violencia, en la zona de conflicto te entrena la percepción sobre ciertos fenómenos sociales.

—¿Cómo asume su rutina de escritura?

—Tengo rutinas, tengo rituales y no investigo. Me estoy enterando de cosas que pueden formar parte de mi discurso, pero realmente escribo lo que imagino. Todos los días empiezo como a las 5 de la madrugada. Los rituales siempre me ponen en situación, lo cual siempre me ayuda muchísimo, que consisten en leer poemas, trozos de ensayos, hacer ejercicios, hablar con dios. Y me digo a mí mismo que puedo, que soy un tipo capaz, que lo tengo que intentar, que lo mejor que puedo hacer es trabajar y que si lograré algo, algún texto memorable, será trabajando.

Sobre Nombre de perro

—En Nombre de perro el trabajo con el lenguaje se acentuó. Parece que las descripciones son menos necesarias y las conversaciones entre los personajes son las que van poniendo en escena la historia. Da la impresión de que hay un intento de despojo y de ser más directo en la narración. Es una narración rapidísima, que no da tregua al lector.

—Sí, la mayoría de mis atmósferas son de acción. Entonces las acciones, la escritura de las acciones no deben ser disgresivas, tienen que ser muy directas porque las acciones violentas, de acción son así. Si la pretensión es que sea una literatura que no solamente se lea sino que se sienta tienes que hacer ese ejercicio. Trabajo mucho para eso, lo calculo, lo escucho, lo siento, le pido a mi esposa que lo lea ella, que me diga qué está experimentando. Es un largo proceso de escritura, no es nada fácil. Igual tiene una dosis de angustia, de desesperación, pero, a la vez, hace falta paciencia para que resulte. Hay que dejar pasar tiempo, probar, probar, probar hasta que queda algo.

Sí la pretensión es esa. Yo quiero hacer una literatura de mi tiempo y quiero ser un autor que genere su voz, que tenga sus seguidores y me da mucho orgullo cuando voy a otro país y me dicen maestro (risas).

—De la saga del Zurdo Mendieta esta parece ser la más crítica. Cada tanto hay frases, oraciones que cuestionan, que interpelan la realidad.

—Sí, es verdad. Creo que al fin hago literatura social, una literatura que cala, que dice incluso asuntos que yo no traté, que nunca quise decir, que ni siquiera escribí, pero lo dice. Sobre todo a partir de una realidad absolutamente inconveniente que la mayoría de los mexicanos sufrimos. Es una carga que la novela tiene, además de todo lo que tiene que ver con el proceso de escritura y todo lo que pretento descubra el lector como distinción de mi prosa, pues también es inevitable que descubra asuntos que tienen que ver con lo que está ocurriendo en la realidad.