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Elisa Lerner, de aquí a cien años

Elisa Lerner recibió la Orden Juan Liscano / Foto Williams Marrero

Elisa Lerner recibió la Orden Juan Liscano / Foto Williams Marrero

Palabras de un maestro dedicadas a su par: he aquí el texto dedicado a Elisa Lerner, a propósito de “Así que pasen cien años” (Editorial Madera fina, Caracas, 2016) y que reúne sus crónicas completas

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El grupo literario Sardio comenzó a integrarse hacia 1945 y de acuerdo con Juan Liscano: “Sufrió los rigores de la dictadura, pero derrocada esta, en 1958, resurgió con mayores bríos y con la publicación de una revista. (…) Era Sartre, y eran Simone de Beauvoir, T.S. Eliot, Pound, Dylan Thomas, Kafka, Camus, Sábato, Rulfo y el inagotable Borges, quienes alimentaban la sensibilidad de aquellos escritores empeñados en ‘universalizar’ nuestra literatura, rehuyendo la obra de inspiración regional, el folklorismo, las soluciones edificantes”. (Panorama de la literatura venezolana actual, 1995)

Allí, desde muy temprano, estuvo Elischka, famosa casi al dejar la adolescencia por sus colaboraciones con la revista Mi film.

Y evocar estas dos publicaciones (con lo cual se alude a amistades, coincidencias en el gusto, propósitos intelectuales y políticos, lecturas comunes, preferencias cinematográficas y modas) me permite vislumbrar de una vez el vasto círculo mental que comienza a establecerse desde entonces y, perdurará, creo, hasta hoy, en nuestra estrella Elisa Lerner.

Como puede comprobar el lector de este gran libro Así que pasen cien años, la palabra “rural” ronda en innumerables textos donde la autora desliza con sospecha su visión acerca de las ciudades latinoamericanas –es decir, acerca de sus hombres, mujeres y hogares–; y al mismo tiempo acude a los ingredientes sofisticados de elementos cosmopolitas –un sombrero exquisito, salones de té, museos y, sobre todo, cine: actrices. Estableciendo así un excitable vínculo universal entre ambas realidades, como cuando anotaba en 1977: “Si hace 40 años la población era vastamente rural, hoy es al contrario”. O: “Lo introspectivo casi siempre es lo urbano”.

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Para el Diccionario etimológico de Joan Corominas la palabra crónica, adaptada del griego y del latín, aparece por primera vez escrita en español el año 1275. Se aplicará a los ‘libros de cronología’, a lo ‘cronológico’. Me gusta especialmente, hoy, la siguiente acepción, ya muy frecuente en la segunda mitad del siglo XIII: crónico, aquello que dura desde hace tiempo, como una dolencia.

Y aunque este hermoso libro se subtitula Crónicas reunidas y, en efecto, recoge toda la obra de Lerner así designada por ella misma, no estoy tan seguro de que sea, cerradamente, un libro de crónicas.

Aunque, si atendemos a aquella significación establecida hace casi ochocientos años, las siguientes frases de Lerner sobre la escultora Marisol Escobar parecen ajustarse a ella: “Las maderas de Marisol son, antes que esculturas instaladas en lo cotidiano, los trabajos de una artista de la crueldad del arte. Es decir, incluso pensamos que no hay arte ni talento legítimo sin un poco de crueldad puesto en ellos. La crueldad en el arte es como una venganza de la inteligencia, una sensible venganza de la inteligencia, contra una crueldad mayor, de días y ciudades, la vasta crueldad del mundo”. O cuando recorre a las bellas de inteligencia y dice “…todo talento es cruel”. Y aun en sus Notas de una aspirante a escritor: “La literatura no es el triunfo, sino la palabra que se sufre”.

Lo que me lleva a considerar, por su gusto y por el influjo del grupo Sardio, que al trabajar lo crónico (la dolencia, la crueldad) se inclina al culto de lo universal a través del fragmento, que los Románticos habían convertido en uno de sus centros expresivos.

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Escuchemos a Elisa meditar sobre algunos tópicos: casi todo cuanto nos envuelve en la vida cotidiana consiste en un choque de significaciones: “esas metáforas con las cuales nos protegemos de los mutuos temores que vamos acumulando durante el día”; choque tan parecido a “ese fracaso urbano que es la sofisticación solitaria de las grandes ciudades”.

Recuerdo la sospecha con que era visto quien quisiera aquí escribir ensayo en los años sesenta. Yo mismo fui aconsejado de dedicarme únicamente al cuento y la novela. En la percepción de Lerner, surgía para entonces “ese contemporáneo hábito de tantos novelistas o de cierto número entre ellos, que a la vez escriben crítica o publican ensayos”. Tal vez porque la novela era “la menos abstracta de las artes”. De tal modo que, como podía ser visto por otros con alarma, nunca  así por Lerner: “El ensayo ha reemplazado a la confesión, ese testimonio de las experiencias y las pasiones, y esta misma búsqueda de ideas –que no otra cosa es el ensayo- ha detenido, aunque parezca paradójico, el devenir formal de la novela” (Una novelista vista por una ensayista).

Continúo revisando algunos de sus numerosos tópicos.

Ella tenía razón: la intelectualidad venezolana se alarmaba ante la presencia del ensayo, ignorando que desde el tiempo de la Roma imperial (Heliodoro) o desde Cervantes ya la novela no podría subsistir sin un evidente o recóndito soporte conceptual que sostuviera sus ejes más hondos, tras la acción y la anécdota.

Para 1960, en relación con lo anterior podía decir(se): “…siempre hemos creído en una lógica creativa”: (que otorga al escritor sentido del humor y del amor) puesto que “la literatura es una larga costumbre”, que “no puede ser sino un lógico acontecer de estaciones”, en el que serían equivalentes, por su efecto en el lector /escritor: en el Gestalter, tanto Perrault y Grimm, Louisa Alcott como Kafka y Eliot (Memorias de una joven formal).

Por lo cual es natural que diez años después se interrogue sobre nuestra postergación crítica. “La crítica es una zona marginal, casi temerosa de nuestra literatura”, dice, y añora la lucidez a través del diálogo y de la reflexión, como los practica Edmund Wilson. Para Lerner la crítica “es la vía más directa para el ejercicio de la inteligencia”. Y no puede evitar la comparación: en Inglaterra “muchos de sus creadores y novelistas no se contentan, precisamente, con ser tan solo eso”.

Desde luego que este libro es divertido y tácitamente contiene memorables chistes sobre el venezolano y nuestra época. Baste recordar la siguiente frase y aplicarla al palacio de gobierno, a Miraflores, en este momento: “la inteligencia es destituida continuamente”. O a la mujer flaca, cada vez más impuesta por la moda, “cuya esbeltez parece haberla conquistado en una muy interna gimnasia, realizada en la contemplación de Mondrians y Vasarelys”. Sorna que hace a la autora aceptar que “lo frívolo, al menos para mí, es una forma sutil de agresividad”.

Ya hemos aludido al remoto sentido de “dolencia” que esconde la palabra crónica. Y asimismo la convergencia en la crueldad que puede sostener a la práctica del arte, según Lerner. Por oposición no estamos entonces tan distantes de como Ortega y Gasset asociaba al ensayo, a sus ensayos, con el término de salvaciones, utilizada por los humanistas del siglo XVII.

Si Elisa escribe ensayos, está también, como Ortega (Meditaciones), buscando en “un hecho, un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor” para detectar su significado. Es decir: su brillo, su frivolidad, su humor, su agudeza, su sufrimiento.

En este poderoso tratado podemos tratar con asuntos y seres de gran vitalidad. Porque la autora los devuelve a la existencia y al presente o porque con ellos nos otorga doble vida o porque, en un rapto de aufbau (constitución), nos lanza al futuro. Es la secreta sabiduría de su estilo (por paradoja, tan cercano al eco de Gracián y de Djuna Barnes) que torna escultóricos o virtuales a Emir Rodríguez Monegal, a Andrés Mariño Palacio, a las actrices de los ‘30 y los ‘40, a su amada Marilyn Monroe. Porque, no hay duda, Elisa escribe espacialmente, en 3D, en tercera o quinta dimensión.

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¿De dónde viene esa analítica percepción de lo cotidiano y sus misterios? Nada de lo que voy a decir ahora tiene que ver, en apariencia,  con la escogencia y la coherencia literarias en Elisa Lerner. “...Ese anhelo de coherencia que entregamos en cada elección que hacemos”, (Otra vez Blanche DuBois). Ella no tiene por qué haber revisado aquel pasado; pero, por dos razones fuertes, ella es una rosa que florece desde aquel pasado. El primer motivo reside en que su familia llega desde Rumanía a Venezuela y, en un hogar así centrado, necesariamente la niña y la familia estaban limpias para absorber nuestra realidad. El segundo es que, como lo intuirá y reconocerá desde temprano, Elisa se convierte en un eslabón infalible para materializar el lenguaje del país, tanto aún antes de que este existiera como tal u hoy (“…ningún creador afronta un tema que le es propio, sino un lenguaje que le es propio, Muerte de la novelista de recámara).

Ya llegará el momento en que un disciplinado estudioso siga las huellas de versos de Mihai Eminescu (1850-1889) en la conducta o la memoria de sus padres. O en que compare la circulación estética entre la obra de Elisa y nuestros contemporáneos rumanos como Panait Istrati, Mircea Eliade, Tristan Tzara, Paul Celan, Emil Cioran.

Tenemos pruebas de escritores –venidos de España al comienzo y luego nacidos aquí– que, después de 1540, en medio de aventuras y peligros, obedecieron casi de manera obsesiva a su inspiración. Alguno de ellos podía ser un monje o un soldado pero cada uno, como diría Cervantes, “tiene particular gracia en lo que llaman poesía”.

Aunque Pedro de la Cadena parece conocer bien el comercio y el lujo de Cubagua en 1524 (según su largo poema al capitán Diego Hernández de Serpa) y debió estar rodeado de cofrades, serán otros soldados quienes nos dejen la huella de la amistad entre ellos, en la misma isla, dieciséis años más tarde. El testigo privilegiado es ese joven Rimbaud, Juan de Castellanos, quien tiene veinte años para entonces y ni siquiera sueña con ser sacerdote. Con sus amigos forma un quinteto de poetas.

Por otra parte, desde el 26 de noviembre de 1593, la sombra de un soldado poeta atraviesa la ciudad de Caracas. Lo único cierto de él es que su apellido fue Ulloa. Los gobernantes le solicitan celebrar la fundación de la ciudad.

Pero ¿escribió Ulloa el poema?, ¿por qué no?

Por lo menos ocho poetas convergen en la ribera del río Apure en 1647. Son parte de los soldados que comanda el capitán Miguel de Ochogavia y uno de ellos, el fraile Jacinto de Carvajal, de la orden de los Predicadores, resumirá esas jornadas náuticas en su diario o Relación del descubrimiento del río Apure. Los poetas eran vecinos de Margarita, de Barinas, de Guayana, etc.

Ese tinte se convierte en franco humor cuando alguien de Guatire hace circular un pasquín en 1738 (“…ijo mira que vives enredao…”), que semeja un vistazo a la colectividad, sin reclamos precisos, pero apuntando a certeras caricaturas.

Por influjo del Obispo Diego Antonio Diez Madroñero (1715-1769) sería pintado el cuadro de Caracas Ciudad mariana, en que el mapa de la ciudad se extiende a los pies de la Virgen. Iracundo y severo, difundió entre la colectividad pecadora, sus Saetas, de calculado título. No era imprescindible ser un gran observador para advertir en la ciudad y en el país un intenso gusto por la música, el baile, la comida, la promiscuidad y los placeres en general. Negros, indios, mulatos, criollos y blancos parecían inclinarse con igual peligro al pecado. Y el obispo, tal vez excediéndose en sus atribuciones, quiso frenar aquellas almas con un exceso de disciplina. Y no estaría de más volver a alguna de sus saetas:

                                              Morirás como vivieres...

Y otra:

                                             El tiempo que acá perdiste

                                             Allá te tendrá más triste.

Mucho se ha comentado la famosa tertulia de la familia Ustáriz, activa en aquel fin de siglo. El padre José Ignacio Moreno, poseedor de una amplia biblioteca y de una pequeña imprenta portátil, llegaría a ser rector de la Universidad Central de Venezuela entre 1787 y 1789, donde instituyó la primera cátedra de lengua francesa. Mucho influyó en la vida pública de la ciudad y tanto él como sus amigos trataron de desplazar el poder de los españoles en el Cabildo Municipal.

Sin duda la personalidad de José Ignacio Moreno ejerció un especial magnetismo en la sensibilidad artística de algunos de sus conciudadanos. Su tertulia, dentro y fuera de la Universidad, puede haber sido tan importante como la que realizaría la familia Ustáriz, de la cual, tal vez, fue su origen.

Pero si de esta no resta huella material, el Cuaderno o Libro copiador del doctor Moreno no solo es magnífico registro, sino también prueba de amplitud y generosidad intelectual. Allí colaboraban muchas personas.

Si el azar atrajo a soldados con sensibilidad literaria hacia fray Jacinto de Carvajal en las orillas del Apure y los condujo a la redacción de textos, más de un siglo después el círculo intelectual de doctor José Ignacio Moreno se establece con el buen humor y las aspiraciones poéticas lúcidamente elegidas por algunos caballeros y damas del momento. Por un raro proceso cíclico, ambas manifestaciones grupales tendrán su efectiva y coherente continuidad cien años después en El cojo ilustrado.

De un modo no deliberadamente literario, también otras formas de la escritura han ido tramando, poco antes, las redes con que el lenguaje nos retrata. Así, por ejemplo, alguien, había iniciado desde 1771 sus sistemáticos apuntes de vida, que desembocan en un Diario fascinante: Francisco de Miranda.

Sin embargo, dos figuras venezolanas del 1700, son ya, cómo dudarlo, escritores en el estricto sentido de la palabra. En la primera década de ese siglo se lee en Caracas y se publica en México un sermón del sacerdote Nicolás de Herrera y Ascanio, brillante apología  a un recién nacido príncipe español, soterrado elogio a las letras y bosquejo de la realidad inmediata.

A fines del mismo siglo crea fray Juan Antonio Navarrete diecisiete obras de recepción, análisis y difusión intelectual. Hasta ahora solo conocemos su Arca de Letras y Teatro Universal, que nos sirve para imaginar el carácter de las otras: un verdadero universo de aforismos, oraciones, ensayos, resúmenes, noticias, opiniones, narraciones, política, salud, etc. Obra que si bien no fue editada hasta fines del siglo XX, debió ser conocida por gente interesada que acudía a la biblioteca del convento.

Antes de 1810, los poemas juveniles de Andrés Bello, los de Gil Parpacén, Vicente Salias y las serenas traducciones de José Luis Ramos (¿Será posible, oh Nave, que te arrastren / a la mar nuevas olas? ¡Ah! ¿Qué intentas?/ Más bien con ancla firme permanece/ guarecida en el puerto. Horacio) ya habían cumplido con superar a la “primeriza y pálida estética” que Jesús Semprum creerá ver nacer solo con la Independencia; tal como lo habían hecho también mucho antes Nicolás de Herrera y Ascanio y Juan Antonio Navarrete.

Lo que sucede en seguida es conocido por todos. Apenas el aliento de Juan Germán Roscio con El triunfo de la libertad sobre el despotismo (1817), exégesis política de ciertos pasajes de la Biblia, cuya prosa, de ascética resonancia poética encontrará su paralelo en la José Antonio Ramos Sucre; y el de la ambiciosa pieza de teatro Virginia (1824) de Domingo Navas Spínola, de limpio verso y acción avasallante, cuya ubicación en la Roma antigua es una excusa para hablar con énfasis ético a los venezolanos de entonces (y de ahora).

Pero no queremos abandonar este vistazo a la literatura recóndita de esos tiempos sin asomarnos a Sor María de los Ángeles (1770-1818), llamada María Josefa del Castillo antes de su ingreso al convento de las Carmelitas en Caracas cuando tenía 25 años.

Es posible que a través de Fernando Paz Castillo se hayan conservado sus dos poemas conocidos. En Anhelos, de mística resonancia dice:

                                             …y en cada instante que vivo

                                                un siglo forma el deseo.

A fines del XIX ya tenemos interesantes cuentistas como Luisa Bracaman, Pepita Calcaño de Caragol y Magdalena Seijas.

Poesía, narrativa, ensayo, crítica se han encontrado. En seguida advendrán Jesús Semprum, Picón Salas, Ramos Sucre, Pocaterra, Enrique Bernardo Núñez, Meneses, Díaz Sánchez y todos los escritores aquí presentes. Y en todos ellos reencontraremos el mismo mundo geográfico y las coincidencias espirituales que ya Juan de Castellanos, Galeoto Cei y Walter Ralegh habían vislumbrado en el siglo XVI. En esa prolongada corriente continuamos hoy.

¿No sostiene o explica mucho de esto el misterio verbal que se llama Elisa Lerner?

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Fragmento, ensayo, romance, saeta, cronia, crónica: nuestra estrella (nuestra Abendstern, nuestra Morgenstern) Elisa Lerner puede estar tranquila: Cronos –o más recientemente Eon o Jronos– aunque es el tiempo que todo lo devora, se disuelve en estas páginas de Elisa y así a que pasen cien años  muchas de ellas seguirán vivitas y coleando. Entre las cuales, sin duda, estará su honda, refrescante y profética percepción sobre la novela de Teresa de la Parra, con la cual dejó atrás el cerco literario reducido y prejuiciado que la había leído erróneamente.

O también su admirable percepción sobre la excepcional novela de Faulkner Luz en agosto (Una violencia no ilusoria).

Estará la imagen de Caracas, objeto generoso, según saluda el obispo a la ciudad en la Historia de Oviedo y Baños, imagen  en que la escritura de Elisa Lerner vislumbra, como decíamos,  un ya desvaído pasado rural (que, sin embargo amenaza políticamente con volver a la actualidad) y marca el tejido vibrante de la ciudad hacia otras ciudades de América y del mundo.

Y, sobre todo, persistirá la fuente conceptista de su escritura. Porque en ella surge la crónica, ciencia del paladar (Montaigne), el ensayo, las deliberaciones, la unión de opuestos, la autobiografía, las confesiones, mordacidades, tentativas, alegorías, yuxtaposiciones o los fragmentos (acepciones todas que circulan bajo la prosa lerneriana);  surgen para guardar, –incesantes diamantes– sus frases memorables –hoy popularizables como aforismos–, que, cuando el país extienda su cultura a vastas poblaciones, pasarán a ser pensamientos colectivos, signos de una alta agudeza y distinción espiritual.

Pero no olvidemos, como citábamos al comienzo, que su arte no es ajeno a la crueldad o a aquello que Montaigne definió como fuerza central del ensayo: no estar al servicio del lector.

Hoy celebramos una summa personal que es también una totalidad venezolana y universal, un punto de oro para el pensamiento.