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Efraín Amaya: El cuento es con las notas

 Efraín Amaya, compositor y director venezolano / Fotografía extraída de su perfil de Twitter

Efraín Amaya, compositor y director venezolano / Fotografía extraída de su perfil de Twitter

En esta entrega de la Serie Artistas Venezolanos en Nueva York, Mariza Bafile conversa con el director y compositor Efraín Amaya

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Nueva York

Buscó el teatro y encontró la música. El adolescente que soñaba con vivir, entre los bastidores del teatro, el sueño de la transgresión, descubrió la disciplina de las notas y hoy lo llaman Maestro.

Efraín Amaya, músico venezolano, en Estados Unidos es un respetado director de orquesta y compositor. Nace en Venezuela, de padres colombianos. Se forma en el liceo Gustavo Herrera y, siendo todavía estudiante, sigue el camino de las tablas tras las hermanas que actúan en la compañía Arte de Venezuela. Los actores se encariñan con ese chiquillo que busca entre ellos respuestas a las preguntas que agobian la adolescencia y le enseñan la actuación. Pero, si actuar le gusta, la música es la que realmente atrapa a Efraín. El tiempo se le hace corto cuando está con los músicos de la compañía y de ellos recibe las primeras clases de acordes y de piano. Las notas le hablan y lo escuchan. Son el alfabeto que mejor dialoga con su alma.

Al terminar el bachillerato, comienza a tomar clases formales de solfeo y piano. Estudiará en el Colegio Emil Friedman con una profesora exigente y talentosa, la norteamericana Harriet Serr. Con ella se queda hasta los 20 años y luego, como tantos otros, busca la manera de cruzar fronteras para profundizar conocimientos. Puede hacerlo gracias a una bolsa de trabajo de Fundarte que, en una Caracas hervidero de creatividad, dirige con generosidad y gran talento el refinado intelectual Elias Pérez Borjas. La profesora Harriet Serr contacta a un amigo docente en la Universidad de Indiana en Bloomington y allí Efraín pasará horas y horas estudiando no solamente piano sino también composición. El fraseo de la música empieza a cautivarlo más y más. Las notas pugnan por salir de su interior y él las escucha y le obedece. Gracias a su talento y dedicación, obtiene una beca que le permite cursar una maestría en Dirección Orquestal en la Rice University de Houston. Al concluir ese ciclo de estudios, Efraín Amaya regresa a Venezuela y se dedica a formar otros jóvenes, mientras dirige la Orquesta Juvenil del núcleo de la Rinconada. Paralelamente se desempeña por unos meses como asesor del Teatro Teresa Carreño. Son años en los que deja de lado la composición para dedicarse a la dirección.

Pero su naturaleza inquieta necesita profundizar conocimientos y nuevamente Efraín se monta en un avión y viaja a Estados Unidos. Esta vez su meta es Pittsburgh. En la Universidad Carnegie Mellon estudia con el director chileno Juan Pablo Izquierdo. Tras los primeros seis meses de estudio le ofrecen quedarse a trabajar como asistente de Izquierdo. Comienza así una carrera de docente que durará 17 años. En Pittsburgh dará clases de teoría de orquestación y de composición. Son años muy prolíficos para Efraín. Las notas bailan en su corazón y en su fantasía y él escribe y escribe. Muchas son sus composiciones, muchos los premios, infinitas las satisfacciones y más infinito el amor agradecido hacia la música.

Crea una orquesta de cámara que se llama The Point Chamber Orquesta, y junto con sus músicos graba algunos CD con piezas de su creación.

El encuentro con la pintora venezolana Susana Amundaraín con quien entrelaza su vida, lo conduce de regreso al teatro y al disfrute de la mezcla de las artes. Juntos montan una ópera para niños y luego dejan Pittsburgh para mudarse a Philadelphia. En esta ciudad tan cercana a Nueva York y tan sedienta de cultura, ambos siguen trabajando en montajes de óperas, de espectáculos teatrales y de danza. "La ópera siempre fue mi gran pasión –confiesa– Es una de las artes más multimediales que hay en el mundo."

Considera un deleite del alma escribir música para la ópera, La Bisbetica que lleva a Italia el Internacional Opera Theatre bajo la dirección de Karen Saillant y más aún la que compone para Las constelaciones ópera que pondrá en escena próximamente junto con Susana Amundaraín quien redactó el libreto y cura la escenografía.

En Venezuela sigue viviendo gran parte de su familia pero sus regresos se hacen cada vez más distanciados. La última vez vuelve para participar, como jurado, en un concurso de la Universidad Simón Bolívar. En ese mismo momento una de sus piezas participa en el Festival Internacional de Música organizado por Diana Arismendi y Alfredo Rugeles. La pieza, para clarinete, se llama "Waraira Repano" y será interpretada por el clarinetista Jorge Montilla y la Orquesta Mariscal de Ayacucho bajo la dirección de Carlos Izcaray.

—¿Qué es la música para ti?

Y la contestación fluye de lo más profundo de su ser.

—Es mi forma de contar historias. Es mi lenguaje, mi alfabeto.

—Mucha la nostalgia que descubrimos entre tus notas. Llevan adentro la melancólica poesía de nuestros llanos. Hasta los títulos de tus piezas hablan de recuerdos: "Un Camino", "Waraira Repano", "Soledad y el mar", "Parasol".

Efraín es un hombre con timidez de niño que esconde tras una sonrisa abierta y una mirada límpida en la cual vislumbramos un velo de tristeza.

—Es verdad, mi música es por donde se cuelan la herida de la nostalgia y la angustia por todo lo que está pasando en Venezuela. En muchas de mis composiciones están diminutos trozos, casi imperceptibles, de nuestro Himno Nacional, parpadeo musical a través del cual busco la complicidad de otros venezolanos, los únicos que pueden reconocer y reconocerse en esas notas, espejo de nuestra más profunda identidad.

—Efraín una música para describir a la Venezuela que canta dentro de ti.

No hay titubeo en su respuesta.

—“Sabana”, de Simón Díaz. Esa canción donde las tonadas de un llanero se transforman en un rezo, reúne toda la nostalgia, todos los recuerdos que me unen a la patria donde nací.