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Edward Said: Variaciones sobre el intelectual

Edwuard Said / Foto AFP. Archivo

Edwuard Said / Foto AFP. Archivo

Publicado por primera vez por el Grupo Planeta en nuestra lengua en 1996, una nueva edición de Random House Mondadori (2016) nos vuelve a colocar ante la obra más emblemática de este autor

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Representaciones del Intelectual: Seis conferencias leídas ante los micrófonos de la BBC de Londres, en 1993 (corresponden a las Conferencias Reith de ese año). Sosiego en el avance de un tema que tiene un carácter polimorfo; perfecta ilación en la secuencia de las ideas; control, de punta a pie, de cuestiones siempre a punto de desbordarse: un Edward Said destilado y escorado hacia la izquierda.

La comparación entre las figuraciones ya clásicas de Julián Benda (el intelectual como parte de una minoría que se asume como conciencia crítica de la sociedad, como promotor de la verdad) y de Antonio Gramsci (propuso la existencia de dos tipos de intelectuales: los tradicionales, que reproducen los saberes de generación en generación; y los intelectuales ‘orgánicos’, su más lúcido concepto, que aglutina a los vinculados al poder para diversos fines), constituye el marco desde el cual despegan las conferencias. Mientras que en la visión de Benda el intelectual es un desinteresado, ajeno a lo práctico, en la de Gramsci es lo contrario: un implicado que actúa para influir en la sociedad (los asesores de nuestro tiempo serían también encarnación del intelectual orgánico). Said recuerda la señalada debilidad del criterio de Benda: no haber reflexionado en la cuestión de cómo llega un intelectual a conocer la verdad.

Foucault se centró en el paso que va del intelectual universal al intelectual específico: un profesional que corre el riesgo de concentrarse en la gestión de sus intereses y no en el debate de interés público. Said se opone a esta variante y escribe: “Para mí, el hecho decisivo es que el intelectual es un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, una filosofía o una opinión para y en favor de un público. Este papel tiene prioridad para él, aunque no pudo desempeñarlo sin la sensación de ser alguien cuya misión es la de plantear públicamente cuestiones embarazosas, contrastar ortodoxia y dogma (más bien producirlos), actuar como alguien a quien los gobiernos ni otras instituciones pueden domesticar fácilmente”. Es decir, alguien que importa, que pone en juego sus atributos personales, en particular, su capacidad de representar de distintas formas: en un aula, en la escritura, en el ejercicio de la opinión, en la disposición a la controversia (Jean-Paul Sartre, Bertrand Russel o Isaiah Berlin son ejemplos de este anhelo). En la literatura de finales del XIX y de comienzos del XX (Padres e hijos, de Turgueniev; La educación sentimental, de Flaubert; y Retrato de un artista adolescente, de Joyce) aparece el moderno intelectual joven por primera vez, cuya representación es la acción misma. Es ese intelectual el que debe enfrentar la elección enunciada por Wright Mills en 1944: O la impotencia de la marginación o la incorporación a las instituciones. Ante ese dilema, Said fija su posición: “Personalmente, no tengo la menor duda de que el intelectual está en el mismo barco que el débil y no representado”. En el fondo, una reivindicación que vive más próxima al depurado elitismo de Benda, que a la maleabilidad y adaptabilidad representada en el intelectual orgánico de Gramsci.

Variantes, vertientes

Si la palabra intelectual sugiere universalismo, hay que recordar la relevancia que tienen las variantes nacionales, religiosas, culturales, académicas y hasta raciales en las realidades de nuestro tiempo. Las distintas “pertenencias” formatean el ejercicio intelectual. La multiplicación de las especializaciones tienen una consecuencia: el estrechamiento del campo mental. A la proliferación de prejuicios, etiquetas, reduccionismos, falsos dilemas, así como muchas otras comodidades, no escapan los intelectuales: Said ejemplifica con el caso del Islam o del universo musulmán, reducido a un esquema de “nosotros” y “ellos”.

Lo nacional (“la nación es siempre triunfalista”), los nacionalismos,  las lógicas argumentales de la pareja opresores y oprimidos, las delicadas corrientes de las tradiciones culturales, y muchos otros factores, determinan de forma directa las formas en que se representa al intelectual. Conservar el espíritu crítico de estas fuerzas, no es fácil. Tagore en la India y Martí en Cuba son ejemplos a contracorriente: nacionalistas que conservaron un permanente pensamiento crítico. Lo mismo podría decirse de Elie Wiesel: se convirtió en símbolo del sufrimiento del pueblo judío víctima del Holocausto, sin clausurar sus facultades críticas. Este es sin duda el tema más combustible de las conferencias: la tensión entre lealtad a la comunidad (en sus distintas formas) y el sentido crítico activo, que es el sello del intelectual.

Said revisa la cuestión del exilio en la tercera conferencia. El siglo XX ha sido pródigo en la práctica de rechazar o expulsar a los intelectuales. La realidad del exilado es dolorosa, a caballo entre lo que ha dejado atrás, un presente inmediato que no es el suyo, y una sensación de futuro que no le abandona, que consiste en esperanza del regreso. A pesar de este incierto estado, el exilio tiene ventajas que lo sugieren como un modelo para los intelectuales. En primer lugar, por la doble perspectiva que otorga contrastar los hechos del pasado con los del presente. La yuxtaposición potencia el alcance del pensamiento. Bajo esta perspectiva de mayor amplitud y profundidad, las realidades se viven como contingentes y no inevitables. Más: al no poder regresar, muchas cosas en la vida se tornan un volver a empezar, lo que significa la posibilidad de nuevos hallazgos (o de perderse en un mundo incierto).

Ser un aficionado

Régis Debray ha señalado una tendencia que tuvo lugar en Francia, en el siglo XX: el desplazamiento de los núcleos intelectuales, de las universidades a las revistas y, más adelante, de ellas a los medios de comunicación masivos. Esto, en alguna proporción, marca las relaciones entre los intelectuales y los poderes. En una primera visión, parece evidente que con el paso del tiempo se ha producido un crecimiento de la audiencia. Si la ampliación del círculo del intelectual genera limitaciones o inhibiciones, surge entonces la pregunta, de si es posible la existencia –la actuación- de intelectuales independientes y autónomos, como Russell y otros (debo señalar que me desconcierta que, a pesar de haberlo mencionado en reiteradas ocasiones como un modelo, Said no escribió ni una palabra en las seis conferencias sobre el discurso negacionista de Chomsky).

En cualquier caso, los dos anteriores, no son las únicas tipologías hoy vigentes en el mundo. El intelectual ha dejado de ser el parroquiano de café. En los despachos de universidades de distintas partes del mundo, hay personas produciendo nuevos modos de comprender la realidad en las más diversas disciplinas. Hay una tendencia a la profesionalización que porta algunos riesgos: la adopción de patrones de conducta adecuados a los parámetros del gremio, las rivalidades entre colegas, las lisonjas derivadas de su hacer. Said lista “cuatro formas de presión” que actúan sobre el intelectual de nuestro tiempo: la especialización (que desplaza el ansia de conocimiento en un sentido amplio por parcelas cada vez más delimitadas); la corrección política; la tendencia de los intelectuales más hábiles y competentes a trabajar para el poder; el ejercicio intelectual entendido como carrera que debe generar cada vez más beneficios y galardones.

Cuando Said propone que el intelectual debe ser un aficionado, lo hace ante los riesgos de la profesionalización señalados. En su llamado, hay algo que se dirige al fuero personal, a ese conjunto de adhesiones que conocemos con el nombre de valores: evitar las simplificaciones y fanatismos; sopesar con cautela los ofrecimientos en cargos públicos; luchar con la tendencia interior a involucrarse en cualquier causa de forma radical.