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Eduardo Liendo
“Yo sigo pensando en la ilusión como motor universal”

Eduardo Liendo / Foto Henry Delgado

Eduardo Liendo / Foto Henry Delgado

Muchas veces reconocido en Venezuela, este autor se ha ganado el título de “maestro” entre sus pares. Su primer libro, El Mago de la Cara de Vidrio es el más aclamado por el público. En 2016 Seix Barral publica una nueva edición. Hoy en Papel Literario dedicamos un dossier especial en su honor

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De chaleco y camisa, con el paraguas en mano a forma de bastón, atraviesa el hombre la plaza que le es tan conocida. En el café le reciben con un abrazo caluroso, y saludos amables. Le reconocen aunque quizá más por su frecuencia que por su verdadero quehacer. Eduardo Liendo (1941) es escritor. La fama le trae sin cuidado, aunque le sonroja siempre. 

Este año la editorial Seix Barral, del Grupo Planeta, vuelve a poner en las manos del lector su primera ficción, El Mago de la Cara de Vidrio, que fue presentada en la 8° edición del Festival de Lectura Chacao.

—¿Por qué reeditar El Mago de la Cara de Vidrio?

—A solicitud de los lectores, en realidad. Dicen que es un libro afortunado: ha tenido como 20 ediciones, ejemplares extraordinarios para el mundo editorial venezolano. Me pareció que ya era tiempo de un cambio y finalmente llegué a un acuerdo con Planeta. Me gusta mucho la edición que hicieron y me permitió revisar un poquito, como hago con todos mis libros.

—¿Qué revisión hizo?

—No hay ningún cambio esencial, salvo esas cosas de estilo que aparecen por ahí. Solo uno conceptual que tuvo que ver con la fobia que tiene Ceferino con el ruido, por lo que solicitaba la “Ley del silencio”. Eso, que en el momento me pareció muy adecuado, hoy me suena un poco fascista, porque hay gente que realmente desearía una ley del silencio, entonces preferí usar el término de “Ley anti-ruido”. Es el único cambio significativo.

—¿Cómo se imagina que sería Ceferino hoy?

—Hay una evolución del personaje, pero dentro de mis propias ficciones, de todas ellas. Ceferino es un socialista utópico, lo proclama. Cuando escribí El Mago todavía estaba tocado muy de cerca por esa idea. Me parecía lo más esplendoroso que podía imaginar. Pero con el tiempo me di cuenta de que la utopía tiene un efecto también contraproducente, que no solo impulsa hacia el futuro las realidades, sino que puede deformar en el sentido de imaginarnos que la felicidad está a la vuelta de la esquina. Por eso mi personaje Elmer de Contigo en la distancia (2014) ve la utopía ya con las rodillas ensangrentadas, y tiene otra imagen de ella.

Yo sigo pensando, como diría Enrique Federico Amiel (filósofo suizo, 1821-1881), en la ilusión como motor universal. Esta se diferencia de lo utópico en que es un concepto más fluido, más amplio.

Este y casi todos sus libros tocan temas importantes para la formación, de ahí su título de maestro, entre otras cosas. ¿Cree que la literatura debe tener ese sentido?

—Yo creo que me llaman “maestro” porque me ven cerquita de la cosa aquella… De “el paso al más allá”.

¿No cree que es importante enseñar a través de la ficción?

—No. Yo desde temprano tomé conciencia de que la literatura no debe estar “al servicio de”, sino que tiene un valor en sí misma. Es un valor formal y con una factura estética que hay que respetar y, más allá de eso, perseguir.

Creo que uno de los aciertos de este pequeño libro –El Mago– es el humor, la ironía, cierta comicidad. Son herramientas que no pretenden ser técnicas. El personaje se me dio imaginando quién sería el más vulnerable de todos los televidentes o, más precisamente, el que tenía una responsabilidad mayor y resultó ser el maestro. Porque tiene las dos necesidades: tanto la de transmitir elementos de civilización, de ética y moral, como la de contener lo que expresa el televisor, la violencia y la trasgresión de las normas. El maestro debe equilibrar ambas.

Imagina que durante las horas de escuela tratas de enseñar cuestiones como el valor de la vida y en las noches te encontrabas con Hunter, el cazador, un “héroe policial” que resolvía sus casos a tiros y decía “funciona para mí”. Es una contradicción severa.

—¿Habría una diferencia entre el Mago de 1973 y el de ahora? ¿Seguiría siendo ese enemigo invencible e inevitable?

—Bueno, ya en ese tiempo era un entrometido. Pero yo no quiero identificar al autor con el personaje. El personaje es en sí mismo. Él tiene sus fobias.

Hay un concepto muy bien mostrado por el profesor Antonio Pasquali en Comunicación y Cultura de masas (1980), que es el libro que me leí en la prisión siendo muy joven. Hace una aproximación a la alienación por intermedio de la tecnología, sobre todo de la televisión, que me impresionó y me convenció. Después también busqué otra investigación más cercana al asunto: La televisión venezolana y la formación de estereotipos en el niño (1969) de Eduardo Santoro. Me interesó la televisión porque era y sigue siendo un factor muy poderoso que, a mi juicio, crea modelos de conducta. Eso sigue estando vigente. Lo que sucede es que ahora es más diversa. Además, el efecto se ha multiplicado y se ha transferido a otras formas tecnológicas, como los celulares.

—¿Cree que hay un mayor efecto de la televisión ahora?

—Por supuesto. Pero yo no soy ningún experto en comunicaciones. Yo creé una ficción obsesionado por un personaje y por un poder que siempre he considerado más fuerte incluso que la propia violencia, porque enajena el pensamiento. Yo no estoy en contra de la modernidad, todo lo contrario, pero entiendo que hay que tener una posición crítica ante esos elementos.

Ahora, lo que diferencia al Liendo de este momento con aquel es que hoy tengo una conciencia mayor de la importancia de la libertad de expresión, sin cortapisas. Me parece que el hombre es el lenguaje y cuando se atenta contra el lenguaje se atenta contra la humanidad.

—¿No cree que pueda haber una conciliación al usar la televisión como herramienta?

—Claro. Obvio. El televisor es una herramienta insuperable de transmisión de información y conocimientos entre culturas. Negar la televisión a rajatabla es una estupidez, porque te comunica con eso que de otra manera sería imposible de ver. Es un instrumento que depende de lo que se haga de ello para que sea o no favorable. Por eso creo que hay que defender la diversidad, el pluralismo y la libertad de expresión. Se ha vuelto una frase hecha, pero no lo es.

—¿Cree que es la labor del escritor defender esta libertad?

—Sí, es fundamental. Es labor del ciudadano en general.

—¿Qué le puede decir usted al escritor de hoy? ¿Cuál cree que es la misión del escritor venezolano?

—Para mí el escritor es, entre otras cosas, una individualidad. Incluso tiene un ego hasta cierto punto más hipersensible que la mayoría de las personas. Está pendiente del mundo, del amor, de la muerte, de manera obsesiva porque busca una trascendencia que la mayoría de las personas no necesita. Ellos dejan como legado a sus hijos, una casa, otros testimonios. El escritor, en cambio, se aferra a la palabra y eso le da un espejismo de trascendencia.

Uno habla de los escritores difuntos cotidianamente, como si fueran hermanos. Es parte del espejismo: la manera de mantenerse eternamente. Cuando escribes no sabes si el libro que estás haciendo va a tener un más allá o va a ser efímero. Incluso podría ser que lo que pensabas sería lo más efímero se convierte en lo más trascendente. Fíjate, El Mago es apenas mi primer libro.

—¿No se esperaba el éxito de El Mago?

—No. Yo tenía la pretensión de que me consideraba un joven escritor que había pasado muchas contrariedades (un tiempo largo en prisión, el exilio…), y de ser un lector empedernido. O sea, que creía que la vocación estaba allí.

—¿Hay ahora una conciencia de lo que ha logrado este libro?

—Hay cosas que a uno lo asombran. A mí me resultó sorpresivo que una de las personas que yo más estimo, Laureano Márquez, respondiera a una pregunta sobre los autores o los libros que más lo habían impresionado en su vida diciendo: “En mi adolescencia, El Mago de la Cara de Vidrio”. Eso me conmovió.

—¿Todavía le sorprende?

—Las cosas que me ocurren con El Mago sí. Cuando hicimos la presentación en la feria, una señora intervino y decía que en su familia se dicen “por las piedras, Pedro, por las piedras” cuando están en dificultades, que es un chiste que está en el libro. Otra señora me dijo que no se monta en un avión sin El Mago porque lo tiene de talismán. Otra dijo que lo lee todo el tiempo excepto cuando se opera porque teme que de la risa se le salgan las suturas.

Los libros tienen una autonomía, una independencia de su autor. Yo me divertí mucho al escribir Las kuitas del hombre mosca, cuya primera edición fue de El Nacional y ha tenido muchos lectores, pero nunca comoEl Mago. Parte de su espectro es que todos ven televisión, desde los niños hasta los ancianos, desde los sabios hasta los necios: pocos temas pueden ser tan abarcadores como lo es la televisión.