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Eduardo Lalo: “Escribo para revindicar nuestro derecho a la tragedia”

El ganador del Premio Rómulo Gallegos 2013, Eduardo Lalo / EFE

El ganador del Premio Rómulo Gallegos 2013, Eduardo Lalo / EFE

Eduardo Lalo (Puerto Rico, 1960) recibió el Premio de Novela Rómulo Gallegos 2013 por su novela Simone, un textos que utiliza el recorte y collage de varios géneros como la crónica, el diario personal, el aforismo, el relato. Lalo ha publicado, entre otros, los libros La isla silente (2002), que reúne sus tres primeras obras; Los pies de San Juan (2002); Dónde (2005) y Los países invisibles 

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La conversación con el ganador del Premio Rómulo Gallegos 2013, Eduardo Lalo, se pautó en una de las salas del Celarg, en la que están expuestas algunas de las obras que participaron este año y otras que han sido ganadoras. Mientras espero, veo el muro de las novelas premiadas y pienso que Simone, de Lalo, estará allí, en ese altar. ¿Qué sentirá el autor puertorriqueño? Vértigo es una de las palabras que se me ocurren. Pero Lalo se lo toma con calma.

“Quizás en otro momento de mi vida, esto me asustaría más. Pero ya tengo demasiado kilometraje como para eso. Reconozco que es muy importante, pero ya soy quien yo soy, no voy a cambiar por esto.

Tremendo que esté allí. El premio tiene un gran valor simbólico. ¿Quiénes fueron los tres primeros que se lo ganaron? Tres de las vacas sagradas del Boom. Estás a ese nivel, pero no se sabe. Alguien decía que mi novela no era trascendental, yo no trabajo temas religiosos en esa novela ni nada de eso, yo sé lo que estaba queriendo decir. Pero Carlos Fuentes, que está por ahí, él ganó con Terra Nostra: ¿quién lee a Terra Nostra hoy? ¿Quién considera a Terra Nostra una novela trascendental hoy en día?

Han cambiado los tiempos, uno novela como Simone responde a otro modelo, a un modelo que ha dejado atrás sus tiempos heroicos, de los años del Boom. Escribir con esas pretensiones no sólo sería cuestionable, sería altisonante.

—En una entrevista que diste a pocos días del anuncio del premio, decías que no te interesa una visión mimética de la novela. Entonces, ¿escribir una novela para qué?

—El contexto de ese comentario era en relación con la comercialización de la literatura. Muchas de las grandes editoriales de hoy a veces tienen el mismo nombre de la época del Boom pero no son lo mismo, buscan una novela de 200 o 250 páginas, con tales elementos, luego te ponen un editor para que la cambie o reescriba. Con ese modelo de esa literatura, –en otros momentos lo he llamado libros televisión, con una forma de entretenimiento como es la televisión– se pasa el tiempo, estás en una avión o en un tren y la novela está casi diseñada para ese tipo de lector. Eso a mí no me interesa. Es más, yo no lo leo, muchas de las novedades de las grandes editoriales hace muchos años, por lo menos un década, ni las miro.

—Eso es una visión del consumo cultural de hoy. Una crítica, quizás.

—Hacia cierto tipo de consumo cultural. Creo que la cultura está en otras partes, no está en ese modelo. Hay cierto tipo de consumo banalmente cultural. Habría que preguntarse hasta qué punto son una oferta cultural en el sentido pleno de la palabra, porque Paulo Coelho no es una oferta cultural. Sin embargo, es uno de los escritores con más venta, escribe novelas y mucha gente entiende que una novela es lo que escribe Coelho. E incluso entiende que eso es literatura. Es la banalización de todo.

Por ejemplo, en las ferias de libro no es que vas a ir a leer a los grandes autores, la mayor parte de la oferta es muy mala, libros muy cuestionables. El libro que más se vendía en la feria de Lima era de un médico que escribió, no recuerdo muy bien, una cosa sobre autoayuda, sobre su experiencia, para mucha gente eso es leer. No es leer en el sentido literario que nosotros entendemos, esa lectura es otra, tiene otro tipo de desarrollo. Eso es lo que creo que hay que defender.

Yo defiendo la escritura más que un género, porque mi trabajo en alguna medida es transgenérico, en parte por el desencanto con la novela actual, me he acercado más a practicar otros géneros como el ensayo. Mis ensayos no son ensayos académicos, nada tienen que ver con eso, es una práctica totalmente libre del ensayo, es un espacio de escritura. Tres de mis ensayos son libros visuales también. Es una práctica de la escritura totalmente libre, donde el único instrumento es la escritura misma. Algo de eso hay en Simone.

—¿Crees que el montaje, el fragmento, el collage sea el norte de la novela de hoy?

—Puede ser. Claro, ahí estás describiendo mi acercamiento. Me siento cómodo con esos elementos que has mencionado y me parece que son representativos. Por ejemplo, la brevedad, cada vez yo escribo textos más breves. Simone era más larga. Recorto al tratar de crear un texto con más solidez, más denso. Aquí estamos viendo las novelas que participaron este año en el premio, muchas de ellas largas, es muy probable que si las leyéramos encontraríamos que 50 o 100 páginas no son necesarias. Claro, puedes venir con la idea de que la novela históricamente es el género de la digresión, pero también respondía a épocas en que el acto de lectura era distinto al acto de lectura que tenemos hoy, no sólo por el lugar común de los medios nuevos, lo digital, etc., sino también porque venimos con unos cuantos siglos de leer novelas. Hay un cansancio en la tradición. Es muy difícil construir una novela larguísima en nuestros días y que mantenga la intensidad y mantenga el norte.

—¿De qué forma el contexto en el que estás ha influido en tu forma de escribir?

—Yo no escribo desde cualquier lugar. Cuando aparentemente algunas cosas no ocurren en Puerto Rico está escrito desde esa experiencia. Y más que de Puerto Rico es de una ciudad: San Juan. De hecho de eso es lo que voy hablar en el discurso: cómo en un momento dado uno descubre su lugar en el mundo. Desde ese lugar uno se formula de alguna manera y uno formula al mundo. Uno descubre que ese espacio –como Puerto Rico, donde tenemos muchísima mierda sobre nosotros– no es un espacio de minusvalía, no es un espacio menor. Uno se abraza a ese espacio por problemático, pobre, a veces hasta minusválido, que parecería ser; pero no, no es poca cosa, ahí está todo, ahí está la condición humana completa. Uno tiene que asumirla, explorarla y expresarla. En la medida en que eso se asume, todo sitio es el centro del mundo; de hecho lo es, estamos en una esfera.

Mi literatura y mi trabajo intelectual han ido siempre contra las imposturas, contra cualquier idea que me niega. En ese sentido va todo el trabajo que he hecho sobre la invisibilidad. Esa es la condición humana más generalizada a mi juicio. La mayor parte de la humanidad sufre de invisibilidad.

—¿De ahí viene tu interés por el tema de la ciudad?

—Viene de haber vivido siempre en ciudades. Viví desde niño en San Juan. Cuando viví fuera de Puerto Rico viví en Nueva York, en París, en Madrid. Son ciudades en las que la experiencia urbana te marca. Y la literatura también, la mitad de la literatura del siglo XIX en adelante es fundamentalmente una literatura urbana. Y hoy el mundo urbano es el mundo mayoritario de la humanidad. Entonces la ciudad adquiere otra dimensión.

Claro, lo que pasa es que tenemos la imagen de la ciudad europea, caminable, que creció armónicamente. San Juan no es la ciudad imaginada, no es la ciudad que hubiéramos querido tener, pero ¿qué es? ¿Un campo bucólico? No. Es cemento, brea, contaminación, autopistas, como muchas ciudades de hoy. Hay que asumir ese modelo, no pensar con nostalgia que debimos ser otros, no, vivimos en esto y este es nuestro mundo. En este mundo está la tragedia tan presente como en el Atenas de Pericles. No somos menos densos humanamente de cualquier otra época o cualquier otro pueblo.

Hay un final de un texto mío, que para mí es el más importante, se trata de Dónde, la línea final del ensayo que lleva ese título dice: “escribo para revindicar nuestro derecho a la tragedia”, en una medida es eso lo que he tratado de hacer siempre. Asumir un país que en apariencia no cuenta para nada, pero asumirlo como lo que es: un espacio humano. Y eso es tan importante, tan complejo, tan centro del mundo como cualquier otro.