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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos.
12/33: José Balza

José Balza / Foto Miguel Gracia. Archivo EN

José Balza / Foto Miguel Gracia. Archivo EN

“Más allá de sus múltiples méritos como escritor, se ha caracterizado por el pertinaz cuestionamiento de las formas tradicionales de la literatura venezolana y por sus iconoclastas posturas ante la tradición”

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Tucupita, 1939. Narrador, crítico de arte, ensayista, uno de los escritores venezolanos más destacados e influyentes de su generación. Originario del Delta del Orinoco, una región selvática y fluvial del oriente del país, en su época aislada del mundo civilizado, Balza llega a Caracas a los diecisiete años, y luego de completar sus estudios secundarios ingresa en la UCV donde cursa la carrera de Psicología, muy requerida en aquella década del sesenta en virtud de los cambios que se avizoraban en todos los ámbitos de la cultura, en particular en la sexualidad, inspirados en la obra de Sigmund Freud. En la universidad Balza se asocia con algunos jóvenes escritores en torno a la revista En Haa donde dará a conocer sus primeros cuentos y críticas.

La trayectoria de Balza, más allá de sus múltiples méritos como escritor, se ha caracterizado por el pertinaz cuestionamiento de las formas tradicionales de la literatura venezolana y por sus iconoclastas posturas ante la tradición. Esta actitud lo ha convertido en un personaje incómodo, que, sin embargo, ha contribuido a la fijación de unas coordenadas muy nítidas (para utilizar uno de sus adjetivos predilectos) de la narrativa venezolana del siglo XX al ponderar las obras de Díaz Solís y Meneses, y al alumbrar hacia el pasado destacando las figuras de Julio Garmendia, J. A. Ramos Sucre y Teresa de la Parra. Quizá en la negación de la fundamental e ineludible obra de Rómulo Gallegos esté su mayor debilidad. Por otra parte, Balza ha ejercido una especie de magisterio sobre un grupo notable de sus contemporáneos que lo consideran como un maestro, proyectando su influencia hacia algunos integrantes de las nuevas generaciones. Su obra ha sido reconocida fuera de nuestras fronteras, en particular en México, y en su país ha sido merecedor de importantes galardones como el Premio Nacional de Literatura (1991).

Inteligente, curioso, viajero, erudito, lo mejor de la escritura de Balza lo encontramos en sus limpios e impecables ensayos, que lo acercan de manera sutil a la condición de clásico, y que no elude los rigores de la teoría literaria dentro de lo que podríamos llamar su propia ars poética. Desde Narrativa: instrumental y observaciones (1969), pasando por Los cuerpos del sueño (1976), Este mar narrativo (1987) hasta el más reciente Pensar en Venezuela (2008), una obra ensayística que supera la decena de títulos, otorgan a Balza un lugar de privilegio en esta loable, generosa y difícil tarea de reconocer la labor del otro. Sin embargo, y sin que esto suponga una contradicción, pareciera ser que es en la narrativa donde nuestro autor se encuentra a sus anchas –al igual que el hermoso y elusivo pájaro que protagoniza el cuento seleccionado para esta antología.

Desde su primigenia Marzo anterior (1965) hasta Un hombre de aceite (2008), Balza ha elaborado un corpus novelesco autónomo y armónico que abarca ocho títulos, entre los cuales destaca Percusión (1982), sin duda una de las realizaciones mejor acabadas de la novelística venezolana: magnífico relato, crudo e introspectivo, con un lenguaje terso y cuidado, musical que va tejiendo una trama aventurera, sensual, con oscilaciones en el tiempo y en el espacio, centrado en la psiquis del narrador. Percusión merece una atenta relectura, pues a treinta años de su primera edición sus propuestas estilísticas, argumentales y existenciales permanecen vigentes, como suele suceder con las obras clásicas. 

Balza ha bautizado sus cuentos y relatos como “ejercicios narrativos”, quizá pensando en lo provisorio o más bien apelando a su condición experimental. La mayoría de estos relatos, recogidos en varios volúmenes: Órdenes (1970), Un rostro absolutamente (1982) y La mujer de espaldas (1986), entre otros, son verdaderas joyas narrativas que responden a las exigencias propias del cuento moderno. Algunas de las virtudes señaladas para las novelas de Balza aparecen en sus cuentos potenciadas por la brevedad, las tramas suelen ser elusivas, un cierto cromatismo y una sensibilidad sutil y a flor de piel las convierten en piezas realmente memorables. Inolvidables como “La sombra de oro”, en la cual la figura de un hermoso y extraño pájaro representa en la memoria del niño la expresión más pura del deseo.