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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
20/33: Silda Cordoliani

Silda Cordoliani / Foto Leonardo Guzman

Silda Cordoliani / Foto Leonardo Guzman

“De su dilatada carrera como editora, habrá que destacar su paso por el Museo de Bellas Artes y el Banco Central, y muy en especial su eficiente desempeño en Monte Ávila Editores donde puso en práctica sus modernas ideas acerca de la edición”

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Ciudad Bolívar, 1953. Cuentista, cronista de cine y editora. Cursó estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela, y un postgrado en cine y literatura en la Universidad de Barcelona.

De joven quiso ser actriz, de ahí su afición al arte cinematográfico –y sus maneras de María Félix– que la han llevado a convertirse en una acuciosa crítica y cronista. Varios de sus trabajos sobre cine fueron recogidos en su primer libro, Sesión continua (1990) donde demuestra su sensibilidad y pericia en el acercamiento a films, directores, actores, temas y motivos del séptimo arte.

De su dilatada carrera como editora, habrá que destacar su paso por el Museo de Bellas Artes y el Banco Central, y muy en especial su eficiente desempeño en Monte Ávila Editores donde puso en práctica sus modernas ideas acerca de la edición. También ha incursionado con éxito en la literatura infantil, en particular con Simón Bolívar, un relato ilustrado (2002) que escribiera en colaboración con María Elena Maggi.

A la par de su afición por el hecho cinematográfico y de su oficio de editora, Cordoliani ha encauzado su vocación hacia la narrativa, centrándose exclusivamente en el cuento. “Cuentista absoluta”, a decir de José Balza. Exigente consigo misma, perfeccionista hasta la extenuación, quizá insegura y temerosa de exponerse a la crítica por haberse fijado un muy alto nivel, apenas ha publicado una treintena de relatos en tres volúmenes compactos. Suficientes, sin embargo, para revelar un mundo muy particular regido por la pasión, suficientes para reclamar un destacado sitial en la narrativa venezolana.

En Babilonia (1993) asoma una escritora –y una escritura– madura, dueña y señora de los instrumentos de su oficio, con una voz firme y segura que se define desde la femineidad más profunda y sensual. Los temas se mueven en el círculo estrecho y a veces sofocante de las pasiones humanas, donde el deseo y la sexualidad ocupan un lugar preponderante. Seres escindidos, mujeres viajeras y fugitivas a la manera de las road movies tan caras a los films predilectos de la autora (¿alguna reminiscencia de Thelma & Louise?), la violencia convocada por el fragor de los cuerpos, la necrofilia, la sumisión, lo masculino como prescindible o suplementario, son algunos de los temas que aparecen y reaparecen en estos relatos estupendos como los episodios de una crónica que ilustrara el eterno combate entre Eros y Tanatos.

Íntimas revelaciones, conflictos existenciales, los avatares y contradicciones de lo femenino reaparecen en La mujer por la ventana (1999). En un tono que podríamos llamar reposado, Cordoliani continúa poblando su catálogo de mujeres perdidas, signadas por la ausencia y el abandono, mujeres sumidas en la reflexión, nada resignadas pero conscientes de su destino, tal vez felices y plenas a su particular manera. El lenguaje de estos relatos es terso, preciso, muy cuidado, siempre al servicio de la narración. No obstante, en la búsqueda de la perfección, y precisamente por ello, aparecen ciertas señales elusivas que ponen en duda aquello que leemos en la superficie, creando un ambiente ambiguo que posibilita la irrupción de lo desconocido, y así el relato se enriquece con una doble lectura. Y a mi parecer, en esto consiste la auténtica literatura.

En lugar del corazón (2008) reafirma la presencia poderosa de Silda Cordoliani en el ámbito de la cuentística venezolana. En la plenitud de sus dotes creativos nos ofrece unos relatos “absolutos”, acabados, algunos memorables y sin desperdicio como “Océano”: impregnado de un lirismo que me atrevería a calificar de perfumado y de una sutil mirada a las emociones en aquel punto donde coinciden con los sentimientos, dejando en el lector una ligera inquietud como el aleteo de una golondrina o como un inesperado haikú.

Desde que lo leí por primera vez quedé fascinado por “Babilonia”: un relato “clásico”, como extraído de Las mil y una noches: la entrega de la virginidad dentro de un rito ancestral, la sangre que dibuja los mapas del amor.