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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
8/33: Salvador Garmendia

Salvador Garmendia / Proyecto de Arte Fotográfico (PAF). Archivo EN

Salvador Garmendia / Proyecto de Arte Fotográfico (PAF). Archivo EN

“El lenguaje un tanto duro y áspero de sus primeras narraciones da un giro hacia cierta lírica donde la sensualidad es expuesta de una forma natural, manteniendo las cualidades de una prosa poderosa y eficaz”

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Barquisimeto, 1928 – Caracas, 2001. Narrador, periodista, cronista, guionista de radio, cine y televisión. Considerado como el precursor de la moderna narrativa urbana de Venezuela, ha sido uno de los escritores más activos y prolíficos de nuestra literatura.

Garmendia permanece en su ciudad natal hasta los veinte años y ahí publica su primera novela, una curiosidad, El parque (1946). Luego, en Caracas, se dedicará durante más de dos décadas a sus labores de locutor y de escritor de guiones para radio-novelas, un género muy popular por aquella época, y participando además en la vida cultural capitalina alrededor de los grupos Sardio y El techo de la ballena. En 1958 publica su novela Los pequeños seres, inaugurando una manera inédita de novelar, ocupándose de las existencias anodinas y a menudo miserables de los marginados de la sociedad, valiéndose de un estilo que podríamos calificar, haciendo un paralelismo con cierta literatura norteamericana, de “realismo sucio”. En esta misma línea publica tres novelas más: Los habitantes (1961), Día de ceniza (1963) y La mala vida (1968), así como un primer volumen de cuentos, Doble fondo (1966). Curiosamente poco a poco se va apartando de estos registros realistas, que como confesará años más tarde giraban en torno a un malentendido social, y pronto incursionará en nuevos territorios, incluyendo lo fantástico, que ampliarán sus horizontes temáticos y conceptuales.

En 1967 Garmendia se traslada a la ciudad de Mérida donde se desempeña durante cinco años como Director de Cultura de la Universidad de los Andes, fundando la revista y las ediciones Actual. Se dedica casi exclusivamente a la escritura de cuentos. En Memorias de Altagracia (1974), su penúltima novela, se asoma por primera vez al mundo de la infancia, en un ambiente pueblerino y rural, logrando notables aciertos dentro de lo que podríamos llamar la educación sentimental de un adolescente provinciano. El lenguaje un tanto duro y áspero de sus primeras narraciones da un giro hacia cierta lírica donde la sensualidad es expuesta de una forma natural, manteniendo las cualidades de una prosa poderosa y eficaz.

Entre 1984 y 1988 Garmendia ocupa sendos cargos diplomáticos en Madrid y Barcelona, considerándosele en función de su altura intelectual como “Cónsul del boom”. A su regreso a Venezuela continúa con su febril actividad de columnista y cronista cultural y escritor. Habrá que destacar su participación en diversos proyectos humorísticos como aquel famoso que girara en torno a la revista El sádico ilustrado. Garmendia obtuvo importantes reconocimientos por su vasta obra narrativa, destacamos el Premio Nacional de Literatura (1973), el Premio de cuentos Juan Rulfo (1989) y el Dos océanos de Francia (1992).

Garmendia publicó catorce volúmenes de cuentos, y luego de su desaparición física han sido editados unos seis más, que junto a los inéditos conforman un conjunto que supera los cuatrocientos, y si tomamos en cuenta que sus relatos eran por lo general extensos, estamos ante una obra monumental, lo que demuestra la vocación totalizadora del autor. Si a esta inmensa cantidad de relatos sumamos sus novelas, podemos hablar de la “Comedia humana” de un Balzac vernáculo, sin duda un valiosísimo tesoro que ojalá algún día veamos editado en conjunto, como al autor y los lectores se lo merecen.

En general, la prosa de Garmendia está impregnada de la experiencia de los cinco sentidos, y en consecuencia podríamos calificarla como sensorial: el cuerpo ocupa un lugar preponderante, como vehículo y receptáculo del ser, incluso como objeto de la narración. Las descripciones fisonómicas en Garmendia son de verdad magistrales, recordando a veces a los grandes maestros rusos, Chejov, Gogol. Pareciera que el autor se paseara por la piel y por el rostro de sus personajes armado de una lupa y un escalpelo, logrando descripciones minuciosas, anatómicas, próximas al hiperrealismo de un Francis Bacon. Por otra parte, el lenguaje es directo, coloquial, sin adornos ni ripios innecesarios, subordinado única y exclusivamente a la narración.

“Tan desnuda como una piedra” (1989), un relato difícil de olvidar, ilustra los mejores dotes de narrador del grandísimo escritor que fuera Salvador Garmendia, y nos muestra, además, lo que podríamos llamar un rasgo de su personalidad, imbuido en este caso en el personaje femenino, un ser marginal, cómo no: ese raro, escaso y valioso sentimiento: la compasión.