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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
23/33: Rubi Guerra

Rubi Guerra / Foto tomada de Facebook

Rubi Guerra / Foto Alfredo Padrón, tomada de Facebook

Es curioso, aunque no contradictorio, que los relatos de Rubi Guerra como artefactos verbales que aspiran a la perfección se afiancen en lo anecdótico, es decir en la imperiosa necesidad de contar

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San Tomé, 1958. Narrador, guionista de cine y televisión, antólogo, editor y promotor cultural. Ha estado ligado desde joven a la vida cultural de Cumaná donde ha participado activamente en varios proyectos con la Universidad de Oriente y con la Casa “Ramos Sucre”. Ha obtenido varios galardones literarios, entre ellos el Premio de Novela Corta “Rufino Blanco Fombona” (2006) por El testigo y el Premio de Narrativa “Salvador Garmendia” (2009) por La forma del amor y otros cuentos. Compilador de 21 del XXI (2007), una antología de la más reciente narrativa venezolana, suerte de apuesta hacia el futuro. 

La obra narrativa de Rubi Guerra comprende varios libros de cuentos y un par de novelas. Debutó con El avatar (1986), una serie de narraciones de temas variados donde predomina lo onírico y los “avatares” de la imaginación, que no excluyen algunas incursiones inquietantes a la ciencia ficción. Con los relatos de El mar invisible (1990) alcanza un punto de inflexión en el desarrollo de su prosa: más allá de la temática, en la cual el desarraigo y el consecuente extrañamiento de unos seres perdidos en el laberinto de su pasado ocupa un primer plano, el lenguaje deviene en protagonista, reclama un lugar de privilegio en el entramado de la narración. La prosa de estos relatos podríamos calificarla de tersa, limpia, sinuosa y sensual, atributos que escasean en nuestra literatura, abocada más bien hacia lo inmediato y efectista. Con Partir (1998), El fondo de mares silenciosos (2002), Un sueño comentado (2004) y La forma del amor y otros cuentos (2010), Guerra se afirma como un cuentista sólido y consumado, poseedor de un lenguaje suntuoso, dueño de un mundo de ensueño en el cual el mar es una presencia poderosa e ineludible.

Es curioso, aunque no contradictorio, que los relatos de Rubi Guerra como artefactos verbales que aspiran a la perfección se afiancen en lo anecdótico, es decir en la imperiosa necesidad de contar. Por lo general, estamos ante un personaje desencantado que explora en su memoria los motivos de su desazón, que algunas veces no es más que una actitud resignada, la aceptación de su destino: el fracaso y la derrota como constantes de una existencia que solo en algunas imágenes fulgurantes del pasado encuentra consuelo. Y como un sello personal del autor, la presencia constante del mar, ese “mar invisible” de la infancia, que actúa no solo como telón de fondo o como un recurso para crear cierta atmósfera concerniente a lo emocional, sino como el sino final que aguarda a los protagonistas.

A pesar de que en estas notas, por razones fáciles de comprender, privilegiamos la labor de los autores como cuentistas, el caso de Rubi Guerra como novelista merece una atención especial. La tarea del testigo (2007) ocupa un lugar muy destacado dentro de nuestra narrativa más actual y a ella dedicaremos las líneas siguientes. Esta magnífica narración la podemos definir como una crónica de los aciagos días del insigne, genial e insomne poeta José Antonio Ramos Sucre anteriores a su anunciado suicidio. Quizá el mayor mérito de esta singular y admirable narración sea la acertada fusión del narrador (el testigo) con su biografiado, hasta el punto de que en ciertos pasajes, en particular en las cartas, pareciera que el vate de Cumaná hubiera encarnado en Rubi Guerra, o que este fuera un trasunto de aquel. Para aquellos que sentimos una vocación reverencial por la obra y la personalidad del genial poeta que fuera Ramos Sucre, esta narración es un auténtico regalo, y en algún momento, quizá por el empeño y la pasión que pone el autor en su loable “tarea”, que potencia los visos de verosimilitud, sentimos que asistimos como invitados de honor al encuentro entre el narrador-testigo y el paciente (el poeta) en trance de agonía.

“En la playa”, el cuento que ofrecemos a los lectores de esta antología, es una muestra representativa del mundo de su autor: el amigo reencontrado después de diez años regresa de la derrota, abatido y resignado, y el recuento de su periplo existencial se convierte en una especie  de cuestionamiento de la vida del narrador, pone en entredicho su existencia muelle y normal en contraste con las intensas experiencias de su amigo, aun cuando este haya sido vencido por la desgracia.