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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
18/33: Laura Antillano

Laura Antillano / Foto Centro Nacional del Libro

Laura Antillano / Foto Centro Nacional del Libro

"La voz narrativa es clara y enfáticamente la de una mujer, sus temas y motivaciones podríamos definirlas como un tratado de los sentimientos, donde predomina lo humano, sin distingos de sexo y con una sensibilidad a flor de piel"

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Caracas, 1950. Narradora, ensayista, guionista de cine y televisión, poeta y promotora cultural. Licenciada en Letras por la Universidad del Zulia, con estudios de especialización en el exterior, su vida ha transcurrido entre Maracaibo y Valencia donde se desempeñó como profesora universitaria en la UCAB. De precoz vocación literaria y proveniente de una familia culta de acendrada tradición en las letras y el arte, se ha consagrado de forma persistente a las actividades relacionadas con la cultura, estableciendo vasos comunicantes entre su obra y la fotografía y el cine. También ha publicado una importante serie de cuentos infantiles.

Antillano se dio a conocer desde muy temprano, antes de los veinte años, en el panorama de la literatura venezolana con su libro de cuentos La bella época (1969). Cuentos breves, sencillos, frescos, con temas propios de una adolescente que deja escuchar su voz desde lo femenino, buscando su lugar en el mundo. De alguna manera, sin proponérselo, en este libro su autora, como en un eco, nos ofrece la versión femenina, es decir el otro lado de la moneda, del universo mostrado por Massiani en Piedra de mar (1968). Sin embargo, no sería apropiado encasillar a Laura Antillano dentro del feminismo, pues aun cuando en sus ocho libros de cuentos y cuatro novelas, la voz narrativa es clara y enfáticamente la de una mujer, sus temas y motivaciones podríamos definirlas como un tratado de los sentimientos, donde predomina lo humano, sin distingos de sexo y con una sensibilidad a flor de piel.

Es admirable en Laura Antillano su persistencia en la exploración a lo largo de los años de las diversas instancias de una saga familiar, creando una especie de épica doméstica, que por su carácter de evocación y su deje de nostalgia nos permite la visión de los usos y costumbres de una época. Este ambicioso proyecto, disperso de forma fragmentaria en los cerca de ochenta cuentos publicados, encuentra su versión más acabada en la novela Perfume de gardenia (1982), donde lo estrictamente familiar se vincula en un paralelismo convincente con la historia del país.

Dentro de los variados registros de la obra de Laura Antillano, aun dentro de cierta uniformidad temática, son sin duda sus cuentos los que la definen mejor como narradora, digamos de la estirpe de Sherezada. Desde su inicial La bella época seguido por Un carro largo se llama tren (1975), pasando por Cuentos de película (1985) hasta llegar al excelente y acabado Tuna de mar (1991), con un tono realista y acudiendo a recursos narrativos de la modernidad, lo coloquial, lo lírico, las enumeraciones reiterativas de objetos y situaciones a la manera de un collage –o como si ojeáramos un álbum familiar–, las voces de la abuela, la política de aquella época convulsa en la que no puede faltar el testimonio de la guerrilla y de la cárcel, la vida universitaria como un inédito espacio para la representación, los avatares de una adolescente que se rebela contra lo establecido, el cine, el cancionero popular, el pop en cualquiera de sus manifestaciones: todos y cada uno de estos elementos contribuyen a la elaboración de uno de los retratos más nítidos del venezolano de esos tiempos, la crónica sentimental de una generación.

Como sucede con Meneses y Díaz Solís, cuando pensamos en la obra de Laura Antillano lo primero que se nos viene a la mente es uno de sus cuentos, el más emblemático, esa especie de bandera que la autora agita con orgullo en primer plano. Me refiero, por supuesto, a “La luna no es pan de horno”, que mereciera el Premio de Cuentos del diario El Nacional en 1977. En un tono íntimo y elegíaco, la narradora, en un monólogo un tanto delirante, pero coherente en su intención, se dirige a su madre que acaba de morir. La añoranza y el dolor van reconstruyendo fragmentos de una vida en común, con evocaciones de episodios puntuales en los cuales la hija y la madre suelen tener opiniones contrarias, siempre resueltas por el amor filial y maternal. Más que un lamento por la pérdida de un ser querido, el relato se inscribe en una muy sentida y original representación del duelo. Aunque siempre hablamos con cierto orgullo fatuo de la literatura como un acto inútil, al servicio de nadie, en este magnífico relato descubrimos uno de sus usos más dignos… y quizá útiles.