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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
21/33: José Luis Palacios

José Luis Palacios / Foto Antonio Rodríguez

José Luis Palacios / Foto Antonio Rodríguez

“Proviene del campo de las ciencias exactas, y luego es representante de la generación de estudiantes que disfrutó durante el auge petrolero de los setenta de un amplio y generoso plan de becas que les permitió cursar estudios en el extranjero”

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Caracas, 1954. Cuentista. Licenciado en Matemáticas por la Universidad Simón Bolívar, con un Phd en la misma especialidad por la Universidad de California (Berkeley). Profesor de la USB, donde dirigió la Editorial Equinoccio. Ha participado en diversos talleres literarios. Compilador de la antología: Narrativa estadounidense contemporánea: los mejores relatos (2009), que condensa su conocimiento de la literatura norteamericana luego de una larga estancia en ese país. En 1995 obtuvo el Premio de Cuentos del diario “El Nacional”.

Palacios se ha destacado como un cuentista original y persistente desde su primer libro Procesos estacionarios (1988) hasta su sexto y último Invertebrados y otros relatos (2008). El caso de Palacios como escritor reviste unas características especiales. En primer lugar, proviene del campo de las ciencias exactas, y luego es representante de la generación de estudiantes que disfrutó durante el auge petrolero de los setenta de un amplio y generoso plan de becas que les permitió cursar estudios en el extranjero. Y así el brillante aspirante a un doctorado en Matemáticas se convierte en un consumado cronista que da cuenta de su experiencia de desarraigo y adaptación a una cultura diferente, experiencia común a toda una generación.

Tanto en Procesos estacionarios como en Paseos al azar (1994), la mayoría de los relatos de Palacios giran en torno a la vida en el campus, con los conflictos existenciales propios de unos jóvenes recién salidos de la adolescencia, que añoran el clima tropical, las mulatas de fuego y la comida picante de su país natal. Aunque el clima que predomina en estas narraciones suele ser el de la nostalgia, el proceso que las transforma en literatura viene dado por el uso de un lenguaje fresco, desenvuelto, irónico, contaminado con la jerga científica, con alusiones al pop, contemporáneo, psicodélica, y al mismo tiempo riguroso y eficaz.

Por otro lado, es notable observar cómo el protagonista narrador, quizá un trasunto del autor, asume sin ningún complejo el papel de criollo-macho-men. Buceando en las procelosas aguas de lo políticamente incorrecto, lo hace con gracia y humor, apelando a las fórmulas de lo vernáculo. Así lo vemos en “Sábado al mediodía en el Taiwán” cuando exclama exultante ante una dama de armas tomar: “¡Qué tetas, caballero!”. El campus como lugar de la representación, espacio inédito en nuestra narrativa, es una especie de microcosmos donde pululan los más variados seres, y aquí el autor fija su atención en el “oscuro objeto del deseo” encarnado en los ejemplares del sexo femenino provenientes de las antípodas, en especial del hirsuto y aromático triángulo Japón-China-Corea.

El lado “B” de los relatos de Berkeley aparece cuando el protagonista regresa a su ciudad de origen, la ruidosa capital del despelote, la otrora sucursal del cielo, Caracas, convertida en un vertedero, y descubre que en este añorado lugar el adolescente transformado en adulto no es más que un extranjero. El extrañamiento entonces será su sino mientras tanteando al azar intenta recuperar sus señas de identidad.

“Go”, uno de los primeros cuentos de José Luis Palacios que tuve la suerte de leer, me fascinó desde el principio, imagino que en parte a causa de mi prematura pasión nipona y por el homenaje implícito del cuento a la novela El maestro de Go de Yasunari Kawabata, mi autor predilecto. Al releerlo veinticinco años después amplío mi visión inicial al constatar el estupendo uso que Palacios hace de los recursos cinematográficos: zoom, traveling, primer plano, panorámica, plano americano, contrapicado, escorzo, flash back y pare de contar; así como de lo espacial y arquitectónico mediante un procedimiento semejante a los google maps, que en el presente nos resulta familiar pero que en los lejanos setenta todavía lucían como utópicos. Ah, y lo más importante: el develamiento de una trama secreta que expresa de una forma simbólica y en paralelo lo que acontece en el tablero de Go, cuya partida el protagonista ha dado por perdida desde la primera jugada, y lo que sucede en la existencia del jugador, su propio destino también signado por el fracaso.