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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
6/33: Gustavo Díaz Solís

Gustavo Díaz Solís / Foto Archivo El Nacional

Gustavo Díaz Solís / Foto Archivo El Nacional

“Su obra se limita a una veintena de relatos, en particular por su afán de autocrítica perfeccionista que lo llevó a descartar algunos de sus relatos iniciales”

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Güiria, estado Sucre, 1920 - Caracas, 2012. Representa el caso singular del cuentista puro pues se dedicó exclusivamente al cultivo de este género. Estudió Derecho en la Universidad Central de Venezuela aunque su vocación estuvo orientada hacia la docencia. Y así estudia en el Instituto Pedagógico de Caracas donde obtiene el título de Profesor de Educación Superior y Normal. En dos oportunidades trabaja en empresas petroleras del oriente y occidente del país, y de esa experiencia derivan las vivencias que luego volcará en su cuento más famoso: “Arco secreto” (1947). Cursa estudios de Literatura Inglesa en Washington. Ingresa en la Escuela de Letras de la UCV donde realiza una importante labor en la enseñanza y divulgación de la Literatura Inglesa y Norteamericana. Se destaca como traductor de Walt Whitman, Robert Frost, T.S. Eliot, W. Wordworth, entre otros. Ejerce con notable éxito la crítica literaria, que podríamos ilustrar con la publicación bilingüe de su esclarecedor ensayo Exploraciones críticas / Exploration in Criticism, escrito durante su estadía en la Universidad de Chicago (1966). En la UCV ocupa cargos relevantes como Director de las Escuelas de Letras y Periodismo, y Secretario de la Universidad. Recibe las más altas distinciones académicas y merecidos reconocimientos, entre otros el Premio de Cuentos de “El Nacional” (1947), la Orden Andrés Bello (1959) y el Premio Nacional de Literatura (1995).

A lo largo de su vida, Díaz Solís publicó seis libros de cuentos, comenzando con Marejada (1940) y culminando con Cuentos escogidos (1997). Sin embargo, su obra se limita a una veintena de relatos, en particular por su afán de autocrítica perfeccionista que lo llevó a descartar algunos de sus relatos iniciales. Es muy probable que Díaz Solís haya sido el cuentista venezolano más meritorio, pues logró alcanzar el dominio total de tan difícil género, y esto justificaría con creces la alarmante brevedad de su obra. De prosa precisa, nítida, sugestiva, por momentos deslumbrante, encantatoria, con un ritmo cercano al canto y con una evidente carga poética, Díaz Solís elabora sus narraciones como piezas de relojería en las cuales, más allá de las búsquedas formales, apela a la sensibilidad del lector. Sus dramas, de contenido esencialmente humano, suelen ubicarse en ambientes sofocantes, vegetales, en cuyos vórtices los personajes irradian una sensualidad a flor de piel. Por otro lado, dentro de una órbita muy próxima al existencialismo estas mínimas tragedias cotidianas, que no siempre se resuelven con la violencia de la muerte, son representadas en una especie de teatro de la conciencia.

Varios de los cuentos de Díaz Solís –pienso en “Ophidia” y “Crótalo” protagonizados por sendas serpientes, con resonancias que quizá sean homenajes a Horacio Quiroga; pienso en “Entre las sombras”, breve, tenso y sutil, que continúa dando vueltas en mi cabeza desde hace más de treinta años– merecerían un espacio en esta antología. Sin embargo, me he decantado por “Arco secreto”, auténtica obra maestra, que representa, a mi parecer, el punto culminante, vale decir el cenit de la cuentística venezolana del siglo XX.

En “Arco secreto” el autor muestra sus mejores recursos como narrador. El relato está dividido en tres instancias. En la primera se nos presenta el protagonista, un joven cartógrafo recién llegado a un campo petrolero, que asiste como testigo de excepción a un evento simbólico, cargado de alusiones anímicas y existenciales: la caza de una lagartija por parte de un pequeño felino, un gato. David, que así se llama el cartógrafo, es en apariencia un ser escindido que sin una razón concreta odia a su jefe, un gringo, y al mismo tiempo desea a su exótica y sensual mujer. En la segunda parte se cumple la “venganza”: David posee a la mujer de su contrincante, y la trama de aquel triángulo se tensa, pero todo sigue igual. Al final, el protagonista descarga su furia en un combate desigual con un ser oscuro y alado, un horrible murciélago, quizá un representante vicario del odiado rival, quizá una encarnación de sus propios demonios interiores. Pero, atención: esta no es más que la mera simplificación de un relato magnífico, tenso y poderoso, que, como sucede con los escasos productos de la alta literatura, admite múltiples y variadas interpretaciones