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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
24/33: Antonio López Ortega

Antonio López Ortega ©VascoSzinetar

Antonio López Ortega ©VascoSzinetar

“A lo largo de treinta años ha ido construyendo un corpus narrativo sólido, coherente y orgánico. Sus primeros relatos, publicados en volúmenes colectivos, anteriores a ‘Cartas de relación’, daban cuenta de un proyecto literario ambicioso”

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Punta Cardón, 1957. Su vocación primera fue la Física, luego cursó estudios de Letras en la UCV, licenciándose más tarde en La Sorbona (París III). Narrador, ensayista, editor, antólogo y gerente cultural, ha sido uno de los intelectuales de las últimas generaciones más preocupados por los temas coyunturales del país, manteniendo siempre una actitud crítica y ponderada ante la diversidad de problemas que nos agobian. Como gerente cultural, habrá que destacar su exitosa labor al frente de la Fundación Bigott, donde logró perfilar una eficaz política de servicio a la sociedad.

El ensayista López Ortega publicó El camino de la alteridad (1995) y Discurso del subsuelo (2002) donde define su visión de la literatura venezolana en las voces de algunos de sus autores. Y en la misma línea se puede insertar la imprescindible La vasta brevedad. Antología del cuento venezolano del siglo XX (2010), en colaboración con Carlos Pacheco y Miguel Gomes, una monumental recopilación, quizá la mejor en su género, que incluye ochenta autores en un abanico de más de un siglo.

La obra narrativa de Antonio López Ortega comprende unos ocho volúmenes de cuentos, desde su inicial e iniciático Cartas de relación (1982) hasta su más reciente y espléndido La sombra inmóvil (2013) en el cual ratifica sus dotes de narrador. Además ha escrito una novela, Ajena (2001), fresca y juvenil, donde experimenta mediante una voz femenina.

A lo largo de treinta años López Ortega ha ido construyendo un corpus narrativo sólido, coherente y orgánico. Sus primeros relatos, publicados en volúmenes colectivos, anteriores a Cartas de relación, daban cuenta de un proyecto literario ambicioso, con las esperadas marcas de Cortázar y de la fábula, que alcanza un punto de inflexión en Naturalezas menores (1991), suerte de declaración de principios del autor, que en su momento califiqué como “propuestas minimales”. Pudiéramos también hablar de mini-ficciones, como respuesta a las avasallantes y profusas obras del Boom. Más adelante, López Ortega irá ampliando progresivamente la extensión de sus narraciones, como en el extraño y sugestivo “La sombra inmóvil”, bordeando los límites de la nouvelle. La necesidad, a veces perentoria de contar historias propias o ajenas, reales o inventadas, ha estado presente en los múltiples textos de aquellos primeros libros y de los siguientes, haciendo de la anécdota el centro de interés del lector como si una Scherezada rediviva se empeñara en postergar la llegada del amanecer.

Sin olvidarnos de su única novela, Ajena, observamos en la obra de López Ortega el empeño de ir dibujando un mapa de época, aquella que le ha tocado vivir al autor desde su infancia en un campo petrolero (Bachaquero), lugar emblemático para un país que ha medrado a la sombra del oro negro, pasando por la adolescencia en una Caracas que aún recuerda su antiguo esplendor, siguiendo luego un período de estudios en el exterior en tiempos de bonanza, la vuelta a la patria, los avatares cotidianos, la familia, los lunares de la madurez, la debacle de las últimas décadas, en fin: las fragmentarias memorias de un venezolano de la nueva decadencia. En esa especie de crónica familiar que deviene en historia patria está lo mejor de un autor insoslayable de nuestra literatura. Un autor que a través de un lenguaje directo, fluido y transparente, que dialoga con las emociones del lector, que le habla como si le estuviera confiando un secreto, ha logrado construir piezas memorables.

En los últimos libros de Antonio López Ortega (Fractura, 2006, Indio desnudo, 2008 y La sombra inmóvil) encuentro un autor reposado, maduro, sereno, dueño de las llaves de la narración. Varios de estos relatos merecen un lugar destacado en cualquier antología. No obstante, para ésta en particular, atendiendo a los criterios del antólogo, he seleccionado un cuento de Naturalezas menores, “Criaturas”, por el impacto que me produjo en su oportunidad. Conjeturo que este extraño relato, que podríamos denominar como de pura ficción, fue escrito en un momento de trance, lo que explicaría su poder de desasosiego, y vislumbro tras la mera anécdota una segunda historia, aquello que algunos críticos denominan un relato in nuce. El lector podrá encontrar ese segundo nivel de significación…