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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
7/33: Alfredo Armas Alfonzo

Alfredo Armas Alfonzo / Foto Tom Grillo. Archivo El Nacional

Alfredo Armas Alfonzo / Foto Tom Grillo. Archivo El Nacional

“Es considerado como el pionero y uno de los principales cultores de la así llamada mini ficción en Venezuela, lo que se puede constatar en la veintena de libros de cuentos que publicó, que incluyen unos 356 textos, en su mayoría inferiores a una página”

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Clarines, 1921 – Caracas, 1990. Nace en el seno de una familia culta y acomodada, en la región de Unare, tierra adentro del oriente venezolano. Ejerce desde muy joven y a lo largo de su vida el periodismo cultural, y en su condición de responsable de importantes proyectos editoriales, como la famosa revista “El farol” (fue su Director durante doce años), expresará sus preocupaciones por la divulgación y conservación del patrimonio cultural del país, con particular énfasis en el folclore. Desde 1943 hasta su último día colabora en el diario El Nacional. Estudia en la recién fundada Escuela de Periodismo de la UCV (1944). Se desempeña durante varios años como Director de Cultura de la Universidad de Oriente. Entre 1970 y 1980 ejerce algunos cargos relacionados con las políticas culturales públicas, y dirige la Editorial Equinoccio y la revista Tiempo Real de la Universidad Simón Bolívar. Recibe importantes reconocimientos a su obra, como el Premio de Cuentos de El Nacional (1954), el premio Nacional de Literatura (1969) y el Doctorado Honoris Causa de la UDO (1986).

Armas Alfonzo es considerado como el pionero y uno de los principales cultores de la así llamada mini ficción en Venezuela, lo que se puede constatar en la veintena de libros de cuentos que publicó, que incluyen unos 356 textos, en su mayoría inferiores a una página. En ese amplísimo repertorio aparecen los recuerdos de infancia y juventud del autor así como la memoria de una saga familiar y su entorno, rico en leyendas, mitos y sucesos cotidianos e insólitos, todo ello entrecruzado con el recuento de una serie de anécdotas e historias sangrientas o tragicómicas relacionadas con las montoneras del siglo XIX y comienzos del XX. Desde Los cielos de la muerte (1949) hasta Los desiertos del ángel (1990), pasando por Los lamederos del diablo (1956), Como el polvo (1967), Agosto y otros difuntos (1972), Este resto de llanto que me queda (1987), su única novela, solo por hacer un recuento parcial, Armas Alfonzo va tejiendo una inmensa saga que representa uno de los proyectos totalizadores más orgánicos y exhaustivos de la literatura venezolana del siglo XX. En este sentido se puede afirmar que el autor crea un universo autónomo, un territorio a la medida de sus sueños, un mundo nuevo basado en la memoria y en el afán de rescatar del olvido la historia de una región… La nostalgia por un paraíso perdido está presente en las centenares de páginas que nos legara Armas Alfonzo, “El Adán triste” como muy bien lo definiera Julio Miranda.

La obra cumbre de Armas Alfonzo es sin ninguna duda el extraordinario libro El osario de Dios (1969), formado por 158 textos breves que pudieran ser leídos, por su unidad temática y su original estilo, como una novela fragmentaria. Nos enfrentamos a un lenguaje complejo, enraizado en la más pura oralidad, cercano a un dialecto arcaico y al mismo tiempo rico en matices, que por momentos nos hace recordar la prosa galopante de Guimaraes Rosa. La descripción de una naturaleza prodigiosa, con todos sus pormenores vegetales, animales y climáticos, el acercamiento a una religiosidad teñida de burla y paganismo, con alusiones al encantamiento y la brujería, el erotismo turbio y perturbador que no excluye el animalismo, la violencia sanguinaria propia de lo rural, y, los avatares e infortunios de la guerra, sin ánimo de agotar la variedad temática de estos relatos magistrales, constituyen los ejes de una narración eficaz que da relieve y significación al conjunto, como un todo.

En El osario de Dios, al igual que en el resto de su obra, Armas Alfonzo demuestra su maestría en la creación de personajes mediante unos pocos trazos certeros, y las voces, como un coro colectivo, dan cuenta de un mundo perdido, un mundo que solo la literatura será capaz de rescatar. Y así el valle de Unare, ubicado en una apartada región de nuestro país, reclama su lugar al lado de la Yoknapatawpha de Faulkner, la Comala de Rulfo y el Macondo de García Márquez.

Haciendo una excepción en el criterio de esta antología, que incluye un relato por autor, en el caso de Armas Alfonzo hemos seleccionado diez textos de El osario de Dios, pues uno solo en su brevedad no habría resultado representativo de la obra de su autor.