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Ednodio Quintero y los cuentistas venezolanos
9/33: Adriano González León

Adriano González León / Foto: Jorge Humberto Cardenas. Colección Archivo El Nacional

Adriano González León / Foto: Jorge Humberto Cardenas. Colección Archivo El Nacional

“Narra los dramas existenciales de oscuros personajes ubicados en ambientes urbanos o rurales, mediante el uso de un lenguaje con una gran fuerza expresiva”

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Valera, 1931 – Caracas, 2008. Se destacó como narrador (cuentista y novelista), y fue uno de los escritores más apasionados e influyentes de la literatura de su país. Ejerció la docencia universitaria recordándose por su verbo encendido y vehemente, incursionó en el periodismo cultural con las delicadas crónicas recogidas en Del rayo y de la lluvia (1981), participó en la diplomacia en un par de ocasiones y dirigió durante quince años un importante programa televisivo dedicado a la literatura, “Contratema”. En su juventud participó activamente en la resistencia contra la dictadura de Pérez Jiménez. Y en los inicios de la democracia (1958) fundó, junto con otros intelectuales, el famoso grupo Sardio, que editó la revista del mismo nombre, y más tarde se incorporó a El techo de la ballena, un grupo vanguardista, un tanto anarquista, que incidió de manera frontal en los eventos culturales de la capital.

González León se da a conocer muy pronto como cuentista al obtener en 1956 el prestigioso Premio de Cuentos del diario El Nacional por “El lago”, donde muestra su visión modernista del manejo simultáneo de los tiempos de la narración, quizá bajo la benéfica influencia de Faulkner. Luego publica tres libros de relatos: Las hogueras más altas (1959), Asfalto-infierno (1963) y Hombre que daba sed (1967), en los cuales narra los dramas existenciales de oscuros personajes ubicados en ambientes urbanos o rurales, mediante el uso de un lenguaje con una gran fuerza expresiva, que sabe además captar el habla campesina de los Andes con sus tonalidades musicales.

Probablemente la mejor prosa de González León se encuentre en el conjunto de sus cuentos, algunos extraordinarios, que él mismo recoge en la antología Uno y otros cuentos (2005), sin embargo, debe su fama, por demás merecida, a su épica novela País portátil (1968) que obtuviera ese año el Premio Biblioteca Breve de la editorial española Seix-Barral, significando para su autor el reconocimiento internacional al ser reeditada con frecuencia, traducida y llevada al cine en 1979. País portátil es sin ninguna duda el más acabado retrato de la Venezuela de los años sesenta, convulsionada por la violencia política, representada por los inicios de una incipiente democracia puesta en cuestión por un movimiento guerrillero con tintes románticos, en el marco de una sociedad en constante transformación. El personaje principal, Andrés Barazarte, emblemático de su generación, comprometido con la causa social, busca en su propia tradición familiar, que se remonta a las montoneras del siglo XIX, una justificación acaso por la vía de su herencia ancestral, acaso obedeciendo un imperioso mandato, que justifique su conducta. La narración en dos tiempos, que aparece como un leitmotiv en varios relatos del autor, funciona en esta novela de forma armónica y dinámica, un contrapunto que relaciona el caos capitalino que Barazarte se ve obligado a atravesar en cumplimiento de una misión política, con los sucesos ciertamente violentos en los que participan sus antepasados andinos en un ambiente más bien apacible y sosegado. Ambos tiempos conforman una magistral metáfora del viaje.

Luego de la publicación de País portátil, aplaudida y reconocida como una obra clave para comprender la compleja realidad venezolana, Adriano (como solían llamarlo con afecto sus pares), sin dejar de escribir, se sumerge en una especie de silencio reflexivo en el cual permanece durante cuarenta largos años. En ese período publica unos pocos cuentos, crónicas y artículos de prensa, incursiona en la poesía, y al final nos ofrece una segunda y esperada novela, Viejo (1995), en la cual aparecen algunos de los rasgos de su estupenda obra anterior, dentro de una previsible anécdota acerca del deterioro y la decadencia. No obstante, esta obra luce un tanto debilitada, y no alcanza a satisfacer las expectativas del exigente y agradecido lector de País portátil.

Elegimos para esta antología “Los gallos de metal” (1967), un relato entrañable, contado desde la perspectiva de un niño que va recordando la llegada de un inmigrante fantasioso a un pueblo de montaña, y su estancia inolvidable entre los pueblerinos, con una serie de eventos que alimentan la imaginación del infante. ¿Un recuerdo de infancia del autor transfigurado por la literatura? Qué importa, de la manera que sea, asistimos a un rito de paso, un instante de transformación.