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Ecos: la palabra y su doble

La escritora Camila Ríos Armas | Alexandra Blanco

La escritora Camila Ríos Armas | Alexandra Blanco

Camila Ríos Armas presenta su tercer libro para ofrecer la siguiente impresión de lector: que la presencia de lo líquido y lo pétreo en sus dos títulos iniciales (A dos aguas y Muralla intermedia) nos anuncia, más que la pura invocación de dos imágenes o símbolos pre-existentes, el despliegue de un acendrado proceso de imaginación o de simbolización, de compromiso con la procreación personal de lo imaginario, de lo simbólico

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Salta a la vista que el agua y la muralla son las imaginaciones tutelares de los dos primeros poemarios de la jovencísima Camila Ríos Armas.

Pues bien, quiero hacer válida la oportunidad de presentar su tercer libro para ofrecer la siguiente impresión de lector: que la presencia de lo líquido y lo pétreo en sus dos títulos iniciales (A dos aguas y Muralla intermedia) nos anuncia, más que la pura invocación de dos imágenes o símbolos pre-existentes, el despliegue de un acendrado proceso de imaginación o de simbolización, de compromiso con la procreación personal de lo imaginario, de lo simbólico.

En efecto, pienso que la fluidez y la solidez titulares de las primeras criaturas de Camila se sustentan en la propia vocación de simbolizar, en el designio de asumir la simbolización como fuerza decisiva del poema. No sólo por la naturalidad con que, en cada caso, dichas figuraciones elevan a la potencia simbólica su propio significado; sino porque con ello hacen palpable su vocación de erigirse, en sí mismas y ante las demás instancias del poema, con la triple finalidad de delimitarse, delimitarlas y vincular unas a otras. Es su manera de responder al impulso de intermediar, de prestar el servicio de los puentes, tal como se percibe en los poemas del primer libro publicado, y como se ratifica en Ecos, el que hoy comienza a publicarse.

A pesar de que A dos aguas se mantiene inédito, su sola denominación congenia con Muralla intermedia en un sentido que no se contradice con el hecho de que uno invoca la fluidez del líquido más terrestre, y el otro, una tenaz separación humana. En ambos casos hay duplicidad y hasta ambivalencia, pero también exacta mediación, impulso de ser y estar entre. En una y otra instancia el aura simbólica palpita, en medio o al lado de cada una de las aguas, o erguida en cualquiera de las dos mitades de la separación amurallada.

Por lo que respecta a esta última, la del primer libro conocido de la autora, el punto de partida bien pudiera ser la brevedad sin bordes de este verso: "Se siente el latir de la existencia", pues a partir de allí van apareciendo sesgos mediadores que unas veces optan por la afirmación ("Las flores muertas en el jarrón / no son olvido // Son imagen de un recuerdo / escapado del silencio"); y otras veces prefieren confesar ("Muerdo el anzuelo / que dejaste extraviado / en mi conciencia") o se limitan a constatar: el viento entra / rozando la mano / que provoca el movimiento.

Ahora bien, al llegar a Ecos, el libro que acaba de entregarnos la editorial Bid & Co, ya para Camila Ríos Armas las vicisitudes de la relación entre poema y simbolización son otras, aunque no divergentes con las que acabo de apuntar. Aquí prosiguen los símbolos potenciados por la vocación de simbolizar en la que vengo insistiendo, pero ahora los acontecimientos de la mediación y la fluidez no se centran en una entidad metafísica como la existencia, ni en una cosa como el jarrón ni en un fenómeno de la naturaleza como el viento. Aquí, por una parte, aparece un sujeto, alguien implicado como viviente sin otras señas de identidad que las implicadas en la mediación simbólica, y cuyas apariciones sólo se dicen en tercera persona: "el desierto lo lleva dentro / errante".

Y, por otra parte, esta mediación se hace intangible, su ámbito es lo precario de la subjetividad, y su patencia se logra al margen de las implicaciones limitantes del espacio y el tiempo: "sed de un espacio cualquiera / de un lago / de una gota / sed de un instante".

De manera que este alguien engendrado por el poema ya no es agente ni testigo de la mediación, sino que ahora, cuando la mediación lo puede todo, lo mediado por ella se confunde con la sentida finitud, con la precariedad sensible que las palabras del poema configuran.

El cambio de perspectiva sigue siendo el mismo en lo que tiene que ver con la fluidez. El alguien que ha llegado a ser todo por sí mismo, con toda su impulsividad y a la vez en todos sus límites, ahora es más proactivo aunque se sigue diciendo en tercera persona: "Busca el trayecto / el movimiento de la serpiente / la mariposa mecánica / y cae".

Cae ¿desde dónde y hacia dónde? Su caída es por el camino vertical abierto por si mismo en su propia finitud.

Al caer, asume y ejerce la condición de sujeto sin sustentación, que es la misma del impulso a ser alguien y la tentación de fusionarse consigo mismo. Pero ahora tiene voz y habla, no solamente para decir sino para decirse, aunque sea como la tercera persona de lo que dice. O mejor, más que tener voz, es voz, nada menos que su propia voz.

Y es precisamente en el proceso de la emisión de esta voz y de lo que ella dice, donde reside el sentido de este libro cuyo título, Ecos, anuncia con franqueza lo que en sus páginas le espera a los lectores.

En cuanto a nosotros, quedémonos en el umbral, no pretendamos más de lo que una simple alusión puede ofrecer; pero eso sí, no nos separemos, no abandonemos la condición de testigos y padrinos de bautizo, sin oír algo más de esta voz, sin presentir el resto de su caudal vertiginoso, es decir: De la voz: "Estoy al otro lado del lente / en la ventana / que abre al abismo". Y de sus ecos: "La duda es de naturaleza arbórea".