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Dubái: no todo en el desierto es espejismo

Dubái, ciudad futurista e híper contemporánea, con la arquitectura e ingeniería más atrevidas y visionarías que levantan actualmente en el planeta. Cercado por fundamentalismos do quiera apunte la brújula, Dubái ha encontrado la fórmula para hacer coincidir a Oriente y Occidente en uno de los lugares estratégicos más inestables del mundo

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1.

Su Alteza Mohammed bin Rashid Al Maktoum Jeque de Dubái, es poeta. También tres de sus hijos. Los Al Maktoum se consideran custodios de la nabati, poesía tradicional en lengua vernácula que cultivan desde hace siglos los beduinos del Desierto de Arabia. Y a Fazza, nombre de guerra en las lides de la lírica beduina de Hamdam, Príncipe Heredero dubaití, su poeta más celebrado.

Escucho a Fazza recitando en contrapunto con su hermano Ahmed, en el Dubái International Poetry Festival. Evento fomentado por el Jeque de Dubái para mostrar el talento poético de sus hijos y presentar su propio libro de poemas. Tomo nota de los dichos informales de los poetas árabes asistentes: Fazza parece tener talento para la improvisación y la rima, pero Ahmed, su hermano, más imaginación y ornamentación. En la poesía nabati imaginación y ornamentación son más de la mitad en un poema de calidad, dicen; con esta afirmación pretenden –así parece- hacer justicia al perdedor. Pues la lógica protocolar del emirato indica que el Príncipe Heredero tiene que ser vencedor de todo duelo lírico; no se puede dejar en pelotas al futuro Jeque de Dubái ante los clanes locales y visitantes extranjeros.

 

2.

En pocas décadas el emirato ha pasado a ser un desierto de beduinos en caravanas de camellos, a tener los coches más costosos y sofisticados del mercado; uno de los sistemas de Metro más avanzados de la actual tecnología, y la arquitectura más atrevida y visionaría que se diseña y construye actualmente en el planeta. De pastores y cultivadores de perlas a ser la capital mundial del comercio del oro; de un país apenas visitado por algún explorador británico o empresario texano del petróleo, a ser meca del turismo de alto standing; de vivir en carpas a tener los hoteles más lujosos (únicos con 7 estrellas) y los comercios más emblemáticos de la moda y la tecnología. Dubái, de lugar apenas visible en el mapa, por su insignificancia geográfica, a punto neurálgico del transporte aéreo desde Medio Oriente hacia USA, Europa y Asía. Dubái, vitrina cultural de Occidente en medio de la cultura árabe y en la zona estratégica de mayor inestabilidad política y militar del mundo.

 

3.

El primer libro de poemas de Su Alteza Mohammed bin Rashid Al Maktoum, Jeque de Dubái, Poems of the Desert, revela su ansia poética, el pathos sentimental que inspiran en él sonetos de amores, dunas y desierto. Aunque no sea lo mejor de la poesía nabati y aún menos de la escrita en lengua árabe, algunos versos pueden rescatarse:

 

(p.5)

Has conocido mi fervor inquebrantable con el silencio

¿por qué responderías, cuando niegas que existo?

 

(p.15)

                                 No hay diferencia si cedemos o no

                                 perdidos en nuestros deseos, nada ganamos.

 

Es en el acto de recitar, no obstante, donde esta poesía revela su poder y belleza. Al igual que las Eddas transcritas en la Edad Media europea, la poesía del desierto publicada, carece del contexto y la escenificación que mostrarían su lirismo imposible en el papel. Hace falta el clamor del jeque, el movimiento de manos que hacen los beduinos al recitar. La voz y la gestualidad humanas aún pesan mucho en la poesía de cadencia tradicional y en la narración antigua de antecedente oral.

 

4.

A Dubái le da igual que la última gota de petróleo tenga fecha irreversible. En menos de una década –auguran los expertos– su subsuelo quedará tan seco y vacío como la superficie de arena que cubre los desiertos del este. La noticia no es nueva, el Jeque la conoce desde los 80. Pero cada vez que se vaticina el final, aparece otro pozo de petróleo.

La forma audaz con la cual el Jeque se ha preparado para el fin de los hidrocarburos, queda patente y es visible, incluso, desde el espacio: la gigantesca Isla de La Palmera (y otras en construcción); el Burj Khalifa, edificio (por ahora) más alto del mundo, ambos milagros en la arquitectura e ingeniera contemporáneas; los shopping malls más grandes; las urbanizaciones con marinas dotadas de todo a lo que aspiran los europeos, rusos, chinos o norteamericanos, que pueden darse tales lujos. Desde hace más de una década el nuevo petróleo de Dubái es la marca Dubái, híper contemporánea y futurista.

Esta ciudad de la utopía posible no está proyectada, sin embargo, para los árabes de a pie; ni para vecindarios de dudosa renta per cápita o para inmigrantes en busca de oportunidades. Está diseñada para la élite pudiente del planeta, desesperada por bienes y servicios en abundancia a precios (aquí no hay IVA ni impuestos) difíciles de encontrar en París, New York, Hong Kong o Singapur.

 

5.

De la arquitectura de Dubái maravilla su arte, atrevimiento y diversidad. Pero lo fascinante en verdad es la ideación babélica que la inspira. De hecho, el mito de Babel se originó no muy lejos de esta ciudad, en Irak. El Jeque obviamente ha discrepado con tal mito: los idiomas se originaron, cuenta la fábula, a fin de que la confusión hiciera imposible construir una torre hasta el cielo. Pero quienes construyeron el Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, hablaban no menos de 15 idiomas (más de 50 nacionalidades), además de los obreros en su mayoría procedentes de India donde hay 22 lenguas oficiales.

A diferencia de obras monumentales y urbanas de otros lugares del planeta, donde la ingeniería está al servicio de la arquitectura, en Dubái es la arquitectura puesta al servicio de la ingeniera; la topografía del terreno, el clima severo, los fuertes vientos del Golfo Pérsico y la arena abrasiva del Desierto de Arabia, requieren de novedosos materiales y atrevidas soluciones  para hacer realidad el sueño arquitectónico. Sus obras más emblemáticas confirman la audacia tecnológica de la ingeniería contemporánea acometida en esta ciudad.

 

6.

Un vate saudí me lleva a los emiratos del norte para conocer auténticos poetas beduinos a orillas del Golfo Pérsico. El poema de la tarde es en un dialecto fronterizo al Sultanato de Omán, por lo que mi amigo saudí, no está seguro de entender todo para al final ofrecerme un resumen eficaz. Pero no hay necesidad: el canto in situ en una lengua semítica tan antigua y el rostro curtido por sol, salitre y arena de los beduinos a la luz de la fogata, dan al poema un aire místico, sobrenatural; la poesía en su estado más ancestral, más puro. En la poesía tradicional beduina no hay papel ni pergamino; su poética reside en la memoria. No carece de estructura, pero el impromptu es lo que la determina desde hace siglos, su forma y contenido, motivos y extensión. ¿Cuántos grandes poemas de la literatura se los habrán llevado para siempre los fuertes vientos del Estrecho de Ormuz? Los beduinos pueden estar horas recitando un único poema, solos o en contrapunto. Comparados (en memoria, improvisación y resistencia), los poetas occidentales resultan poco menos que holgazanes de la literatura.

 

7.

Dubái es una ciudad de raros contrastes e idiosincrasias al margen. Las firmas más lujosas del mundo se encuentran en el Dubái Mall, el más grande construido jamás en ninguna parte. Sus boutiques parecen estar diseñadas para meter miedo a la gente de bolsillo pequeño. Los artículos en venta van sin precio: en Dubái no se considera educado entrar a una tienda de lujo y averiguar cuánto valen las cosas. Para eso está el Emirates Mall, esencialmente para turistas y clase media preguntona. En el Dubái Creek, lejos, en la parte vieja de la ciudad, hay mercancía de todo tipo para bolsillos más pobres.

En los buses las mujeres se sitúan en la parte delantera y los hombres en la trasera. Si el bus va lleno, las mujeres no pueden ir de pie (los hombres sí); deben esperar el siguiente bus. Asunto más de religión que de cortesía. Por suerte para ellas, casi todas las paradas tienen aire acondicionado. En las playas privadas de los hoteles, las rusas en bikini exhiben sus cuerpos de paro cardíaco; en la playa pública, metros al lado, las mujeres –musulmanas o no- se meten al agua cubiertas de pies a cabeza.

El ayuno en Ramadán es de estricta observancia: no comer ni beber hasta la puesta de sol. Aunque los dubaitíes hacen la vista gorda con los foráneos no musulmanes, es recomendable usar la cortesía y preguntar (por ejemplo, “¿Es usted musulmán? ¿Podría beber un poco de agua?”) antes de llevarse algo a la boca frente a un desconocido. Las respuestas negativas son tan variadas como elípticas: “gracias por preguntar”, es un amable no. “Soy devoto musulmán” (o frases parecidas) es expresión de un NO tajante. Es ilegal comer y beber en Ramadán, hacer lo contrario –o tolerarlo– puede resultar problemático. Siempre hay un buen samaritano que lo permite a escondidas, no obstante.

 

8.

Desde la parte vieja de la ciudad, se observa, lejana, la emblemática silueta de los rascacielos; pero donde vive la gente de carne y hueso, el real world de Dubái, la riqueza no es un emblema. Más a las afueras están las villas de los trabajadores, la mayoría de India, Bangladesh, Pakistán o de países cuyo estándar es la miseria. Asemejan campos de refugiados dotados de lo básico para un trabajador, pues una vez termine la construcción en la que labora, debe abandonar el país sin dilaciones o es expulsado sin contemplaciones. En esto de evitar que la mano de obra inmigrante eche raíces, Dubái es inflexible. A decir verdad, no es muy distinto a Suiza o Dinamarca, donde una vez cumplido el contrato o la estadía eres deportado sin remordimientos. Pero el doble estándar hace parecer un crimen en los árabes, lo que europeos y norteamericanos hacen con toda naturalidad.

Con la crisis financiera internacional, el pujante emirato paralizó su crecimiento urbano en seco. Mientras el Schadenfreude occidental apostaba en bolsa porque el insólito espejismo de acero, vidrio y concreto del Jeque se fuera a pique, decenas de millares de hogares asiáticos rezaban a sus dioses porque así no fuera. El brutal impacto de la crisis en las familias de los esforzados obreros que han hecho de Dubái la anomalía o milagro que ahora es, aún no ha sido calculado. Y Dubái sin sus obreros de la construcción, recuerda mucho a una ciudad fantasma.

 

Nota:

Los versos citados han sido traducidos desde la edición inglesa: Poems of the Desert, Mohammed bin Rashid Al Maktoum; Motivate Publishing, Dubai-London 2009; pp. 5 y 15. Prólogo de Paulo Coelho.