• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

DonnaTartt, Premio Pulitzer 2013. El largo viaje de la onda expansiva

Su autora, Dona Tartt, ganó el Premio Pulitzer de novela ficción con “El jilguero”, obra elogiada por la “exquisita” descripción de los personajes y la madurez del relato

Su autora, Dona Tartt, ganó el Premio Pulitzer de novela ficción con “El jilguero”, obra elogiada por la “exquisita” descripción de los personajes y la madurez del relato

La reciente publicación de “El jilguero”, la asombrosa novela de la narradora norteamericana DonnaTartt, que ha merecido el Premio Pulitzer de Novela 2013, nos devuelve a la compleja cuestión del terrorismo y sus consecuencias. “Mundos que explotan”, este dossier dominical de “Papel Literario”, explora algunas maneras que han tenido las artes literarias, visuales y cinematográficas de abordar los escollos del tema a través de ensayos de Nelson Rivera, Ana María Brito, Grisel Arveláez y Narcisa García.  Además dedicamos varios párrafos al gran escritor norteamericano John Updike y a su obra "Terrorista" (2007)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Me siento a escribir estas líneas con un específico temor: que hay una serie de afirmaciones –la más urgente de ellas, por ejemplo, que El jilguero es un prodigio de la devoción que puede alcanzar la experiencia de narrar– que podrían sugerir que esta novela es-otra-novela-más, una más entre las muchas que se publican en nuestros tiempos bajo la seña de la eficacia. Y no se trata de que la novela de DonnaTartt, que hace unas semanas fue reconocida con el Premio Pulitzer de Narrativa 2013, no se lea con aterciopelada fluidez. Uno pasa por sus 1150 páginas, abrazado a un volumen que parece más una caja de zapatos que un libro. Con frecuencia, tiembla el corazón, pero no el pulso. No hay en ella contratiempos. Su extensión no representa una prueba de fuerza. Se empieza a leer con la precaución inherente a todo texto de gran extensión y, apenas se ha avanzado algunas páginas, uno comienza a soltarse, hasta que un poco más allá, te has abandonado del todo. Te has entregado al gobierno de la narradora. A su hipnótica disciplina.

No sé nada de DonnaTartt, una señora de rostro delineado y severo. Leo que ha transcurrido más de una década entre la publicación de Un juego de niños, su novela anterior, y esta El jilguero. Es posible, me digo, que haya pasado muchos años escribiéndola. Corrigiéndola. Prosa de artesana, construida palabra a palabra. Pero sobre todo, dándole forma a cada giro. A cada paso. Porque, y este es quizás uno de sus sellos inequívocos, El jilguero es una novela del desplazamiento. Desplazamiento geográfico y de las personas. Pero sobre todo, desplazamiento de la realidad y de la mente enfrentada a lo que cambia.

Amigos de la genealogía han vinculado a Tartt con Dickens. Y esto me ha hecho recordar lo que Gilbert Keith Chesterton decía de Dickens: que padecía de una tendencia irrefrenable a inmovilizar a sus personajes, de modo paulatino, entre un montón de cojines. En El jilguero ocurre lo contrario. Todas las dimensiones de la realidad, las tectónicas y las superficiales, cambian. Se dislocan. Se descomponeny se transforman. Dan lugar a nuevas realidades.

Más que en Dickens o en Tolstoi (que también ha sido invocado como parámetro, en esta curiosa necesidad de legitimar a una gran novelista del siglo XXI en las enormes narraciones del XIX), quizás sea en el Ulises de Joyce donde podrían encontrarse antecedentes de lo que me parece el sello Tartt: una caja de velocidades, capaz de moverse en 360 grados en cualquier instante, en una escala que va de lo sutil a lo vertiginoso, sin hacer ruido. Sin convertir la vida de su protagonista en una mera cadena de peripecias despojadas de sentido.

Pequeños y grandes abismos

Un alma herida: Theo Decker pierde a su madre a los diez años. En el momento en que ambos visitan un museo, estalla una bomba. La autora elige: no va tras los terroristas (que es la búsqueda de John Updike en su magistral Terrorista, sino tras una de las víctimas). Tartt avanza, no se inhibe: afronta nada menos que narrar la explosión y sus secuelas: narrar el sonido, la onda y su acción destructiva. Son páginas memorables que, apenas iniciado el relato, dan cuenta de una voluntad –una obcecación–  irreducible: la de producir una escritura que lucha por aproximarse al interior, al núcleo de lo incomprensible.

Los desplazamientos que tienen lugar en El jilguero –en este caso no me refiero a los recorridos por calles, ciudades y parques, sino por las conductas, la psique y los modos de pensar de los personajes– son como una armazón de las omisiones y los pequeños y grandes asuntos de los que está hecho el mal cotidiano. La secuela de la explosión, su inagotable onda expansiva continúa a lo largo de los años. No termina con la destrucción causada en las salas de un museo en Nueva York. La bomba ocupa una vida. Se atornilla en Theo Decker como un irreversible.

Prosa de finos instrumentos: su movimiento es múltiple: retrocede en el tiempo o avanza hacia un posible desenlace. En la medida en que avanza, excava. Cuando se detiene, abre las puertas de la siguiente dimensión. No hay gratuidad: tal vez sea ese el más alto logro de Tartt, en tiempos donde el universo fáctico y mental que nos rodea a menudo parece signado por la banalidad. En El jilguero todo pesa, cada elemento guarda su necesaria densidad. El desarrollo de algunos temas, como el coleccionismo, el oficio de los ebanistas o el almacén argumental del ludópata, hablan de una profunda voluntad de comprensión. Novela sin trucos, sin juegos. Escritura que no barniza, sino que se interna, que deja atrás, muy atrás la superficie de las cosas. Que hace de la caída, la dolorosa caída de un joven arrinconado por las convulsiones de nuestro tiempo, un cautivador relato sobre la tensión, no diré que entre el bien y el mal, sino entre sentido y sin sentido.

EL JILGUERO

DonnaTartt

Editorial Lumen

España, 2014