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Sobre Doménica Aglialoro

Doménica Aglialoro / Foto tomada de Twitter

Doménica Aglialoro / Foto tomada de Twitter

"Artista nacida en Caracas en 1962, con estudios de artes plásticas en la capital venezolana y en Italia, y cuya trayectoria se ha desarrollado en ambos países. Los comienzos de su carrera la vinculan a las artes gráficas y, sobre todo, a las artes del fuego"

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A finales del año 2000 tuvimos la oportunidad de apreciar en las salas del Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez la instalación Ecce Mulier de Doménica Aglialoro. Esta muestra, curada por Ricardo Bello, había sido presentada en 1999 en la Sala RG de la Fundación Celarg en Caracas y a principios del 2000 en el Ateneo de Valencia.

Doménica Aglialoro es una artista nacida en Caracas en 1962, con estudios de artes plásticas en la capital venezolana y en Italia, y cuya trayectoria se ha desarrollado en ambos países. Los comienzos de su carrera la vinculan a las artes gráficas y, sobre todo, a las artes del fuego; sin embargo, el giro experimental y técnicamente libérrimo que sus obras adquirieron desde finales de la década de 1990, la han hecho merecedora de numerosos y relevantes galardones en el contexto venezolano.

La instalación Ecce Mulier estuvo concebida como una suite de doce estaciones en las que la artista trabajó la tela, los hilos y el gres. Un primer acercamiento a estas obras nos conmovió por la extrema sencillez y sinceridad plástica con la que fueron trabajados los materiales y dispuestas las piezas. En la mayoría de estas, la tela, blanca y limpia, actuó como un velo, con su doble propósito de ocultar y mostrar sigilosamente; el hilo, trabajado como un burdo y evidente zurcido, remitía al quehacer calladamente femenino de la costura; el gres, en la pequeñez de las formas moldeadas, dejaba entrever la mano femenina que amasa y ordena como quien elabora un delicado plato, en un acto de intimidad.

Los temas tratados por Aglialoro aluden casi descarnadamente a la sexualidad femenina, al imaginario de la mujer asociado con su intimidad, deseos y pasiones. En este sentido, la forma vulvar fue reiterada en muchas de las obras presentadas en esa ocasión, en las que un orificio vertical en la tela aparecía bordeado –o bordado– de espinas de gres, que si bien aludían al vello púbico, también nos conectaban con los aspectos «espinosos», difíciles y hasta violentos, del amor y el erotismo. El sexo masculino, como objeto del deseo y, por otra parte, del desengaño, es igualmente tratado reiteradamente como objeto plástico. En Ábaco, por ejemplo, la artista reconstruyó el antiguo instrumento de cálculo, con cuentas que eran diminutos penes hechos en gres.

Más de una década ha transcurrido desde Ecce Mulier. Aglialoro nos presenta ahora «Masculladuras», exposición cuyo título introduce algo ya paradigmático en el discurso de la artista: la interioridad que calla su intensidad, la palabra que es movida por la emoción, pero que se queda en la boca, entre dientes; el pensamiento que no se expresa abiertamente. Podríamos decir: el silencio de lo femenino arquetipal. La muestra presentada en Spazio Zero, Caracas, está compuesta, en su mayoría, por piezas que representan delgadas tuberías blancas hechas de arcilla, que suben, bajan, se doblan, se conectan y se mimetizan con la pared. Estos tubos son sutilmente trabajados por la artista en sus detalles, sus texturas, en los objetos mínimos que coloca, con un dejo surrealista, entre ellos. Nos parecen entes olvidados o, quizás, formas que nacieron en esta especie de cartografía de la interioridad hecha de hendiduras casi azarosas, de conexiones que se ramifican, de garras que sorprenden, de penes que penetran y taponan, de vulvas... Para Aglialoro «esas masculladuras son esas ideas que van del cerebro a la boca y nunca salen de ella, devolviéndose al cerebro. Son bocetos de ideas, de pasado, de sentimientos que finalmente afloran en los tubos». 

Otras piezas de esta exposición son «arquitectónicas», recuerdan pequeños templetes cuyas columnas a veces se transforman en garras; tienen cúpulas clásicas que asemejan senos o un estilizado glande. En una obra la cúpula está cubierta con numerosos penes pequeños y uno, central y de mayor tamaño, la corona a manera de tótem. Son los «gazebos» o «casas psicológicas» de la artista, traslaciones del habitar interior en su mente, pero también refugios que le permiten dar forma a la alquimia permanente que acarrea el contacto de su interioridad con lo exterior, con el mundo, el país, o la casa física.  La precariedad, el miedo, el deseo, la sumisión, la lidia incesante de un psiquismo que se sabe frágil, tembloroso, son expresados bellamente en estas piezas que enfatizan lo débil e inestable a través de delgadas columnas que sostienen estas cúpulas abigarradas, de la colocación de cuñas para evitar el desplome, o de la construcción de bases basculantes.

También se presentaron en esta muestra las llamadas «bandejas» piezas en la que la artista trabaja con porcelana en el modelado de una serie de perros que se juntan y entrelazan, y que simbolizan esa fauna arquetipal que puebla nuestras mentes. 

La obra de Aglialoro está teñida de una profundidad que se dirige a lo arquetípico, a las atmósferas profundas del sentir. Por eso, nada en ella puede ser atisbado racionalmente. Cierto misterio dejan transmitir también estas piezas, en las que lo orgánico, lo corporal, es evidencia de una existencia que se decanta en alma. Es este un trabajo en el cual no es posible hallar correspondencia alguna con las propuestas predominantes en el ámbito artístico nacional. Un trabajo sin duda solitario, en su indagación de los elementos que conectan cuerpo, pasión, vida y alma.