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El Doctor Lisandro Alvarado

Mariano Picón Salas sobre Lisandro Alvarado

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¿En qué país vivimos? debió preguntarse muchas veces en su agitada y nada fácil existencia el doctor Lisandro AI varado. Gran parte de su obra responde al anhelo de reunir, analizándolos, los más diversos y heterogéneos datos para el conocimiento venezolano; quiso ser simultáneamente lingüista, sociólogo, etnógrafo, crítico literario, Insinuador. Erudito andariego por todos los caminos del país, con memoria en que cabían diccionarios y curiosidad disparada hacia la más varia lección. Nacido en los días de la guerra federal, es adolescente bajo el largo cesarismo guzmancista, vive los días de júbilo civil que siguieron a la caída de Guzmán Blanco, viaja por Europa, regresa a la Venezuela demasiado empírica, folklórica y patriarcal de Joaquín Crespo; es testigo del histérico gobierno de Cipriano Castro y escribe sus últimos libros y termina de viejo cuando también envejece la dictadura de Juan Vicente Gómez. Esquivó los triunfos mundanos de otros de mis compañeros de generación entre los cuales el nombre mis ilustre fue el de José Gil Fortoul. A pesar de su renombre de sabio, su carácter excéntrico le fijó una muy peculiar situación en el mundo, y su vida llena de improntus y peregrinas anécdotas transcurre en cierta mediocridad material que no le afectaba mucho porque —como un estoico— se había podado de necesidades. A veces para observar sin que lo descubriesen, se vistió de hombre del pueblo, de soldado raso o de peón rural y colgaba su chinchorro de caminador en el árbol en que le sorprendió la noche. Sabía de plantas, animales, ensalmos yrecetas de brujo. Era inventor y paradójico- Su cultura clásica y moderna en múltiples lenguas y disciplinas, gustaba también de lanzarse a las mágicas vertientes del alma popular. Doctor por la Universidad de Caracas insurgía continuamente contra todo tabú social y convencionalismo académico.

Haciendo vida de estudiante en una pensión de Caraca y en un cuarto heteróclito que era pequeño laboratorio de Doctor Fausto, le conocí en su vejez, y nada le hubiera disgustado tanto como que se le tratase con formulario respeto. Estaba dispuesto a compartir con los estudiantes una copa de desenfadada cerveza juvenil, irse con nosotros de excursión y desaparecer, de pronto, del alegre convivio porque le dieron ganas de estirar más las piernas y escaparse por la carretera de Occidente. Sus libros, sus apuntes, sus colecciones arqueológicas y papeletas lingüísticas estaban diseminadas en los más varios sitios del país: en Barquisimeto, El Tocuyo, Guanare, Valencia, Barcelona. Aunque —como muchos hombres que soportaron la existencia nacional en días tan duros y toscos— debió cuidar su conducta con una que otra concesión cortesana, le agitaba siempre una confusa rebeldía interior contra todo lo estable y consagrado. Sabe gramática y se burla a veces de los gramáticos; es Doctor en Medicina y hace un día vejamen de la profesión médica. Con toda su sabiduría era como otros ilustres venezolanos (pienso en don Simón Rodríguez, en Samuel Darío Maldonado) un alma robinsónica que más allá de los cánones y convenciones de toda civilización buscaba un radicalismo antropológico y desnudaba al hombre para contemplarlo y definirlo en su intemperie existencial.

Su cultura —aparte de los oficiosos estudios médicos— era como un violento botín personal, ya que la Venezuela de su época no pudo suministrarle todos los instrumentos y las técnicas para su sed de conocimiento. Múltiples direcciones contrarias que, a veces, no alcanzan equilibrada conciliación en su espíritu. Salta de los Primeros principios de  Spencer o de los estudios  psiquiátricos  de Ferri a los versos latinos de Lucrecio. La vida, el hombre mismo —que ya se le está antojando bastante monstruoso— es su más  apremiante  perplejidad,  y  llega  desconfiar  de las ciencias demasiado clasificadas, divididas en provincias de conocimientos que escinden  y   desintegran   la  unidad vital.   Si el Dr. Ernst en su cátedra de Caracas no le hubiera enseñado los métodos del positivismo científico, él quizás se hubiera escapado a una explicación casi mágica del mundo, a una extraña doctrina oriental que sustituyera la lógica racionalista y analítica por la  comprensión  del "sentido". En  su discurso  de  ingreso  a  la  Academia  de la Historia parece adelantarse a una teoría de la cultura y de la psicología de los pueblos que se emparenta extrañamente con la de Keyserling, años antes de que los libros del pensador báltico se difundieran en lengua española. Y quizás su drama intelectual (porque la obra de Alvarado ofrece mucha materia fragmentaria) es la de un hombre que con descripciones de tipo positivista se aproxima a ciertos fenómenos de la cultura que pedían otros medios de captación. Este hijo devoto de la ciencia naturalística del siglo XIX siente a veces en la más extraña raíz de su ser un impulso insurgente contra los libros, los sistemas y clasificaciones que lo nutrieron; por esa —como botánica de Iinneo— aplicada a los más sutiles hechos del espíritu.

De muchacho conversé varias veces con Alvarado, y aun él apadrinó con humor y generosidad risueña algunas de las primeras páginas que salieron de mi pluma. Más que su prosa o su arte literario (había muchos escritores venezolanos que escribían con mayor gracia o dominio estilístico) me atraía en su personalidad el propio y profundo conflicto que traslucía su espíritu; ese querer "ver más allá" del dominio conocido y límite aparencial de las cosas; su "demonismo" revestido de extravagancia. Era posible en una charla con Alvarado pasar de lo materialista a lo esotérico. Otros escritores de aquella vieja generación, más claros y mejor realizados —como Gil Fortoul— escribieron una obra limpia e inteligible, clásica en el mejor sentido de la palabra, pero que no difería mucho de  la de cualquier hombre de fina cultura europea que se hubiera puesto a definir los fenómenos de mayor resalto en nuestro proceso social. Podría decirse de Gil Fortoul que interpretaba la historia venezolana con más lógica, coherencia e ironía que la que tuvo en la realidad. A algunos casi volterianos retratos de Gil Fortoul les faltan las sombras y el elemento pre-lógico e irracional que a veces fascinan a Alvarado. Ciertas sorpresas del alma mestiza, esa "gana" telúrica que definió tan bien Keyserling en sus Meditaciones suramericanas, se presentían en las charlas de Alvarado. En esos coloquios casi entrecortados de refunfuños, alusiones y silencios (tan diferente a la perfecta conversación de hombre de club de Gil Fortoul), se perfilaban en toda su desnudez y horror algunos trágicos momentos de la vida venezolana. Y el amor de Alvarado por esta tierra que había visto padecer y desangrarse inútilmente, no era como el de Gil Fortoul el goethiano amor de "hacer claro lo obscuro", sino un "Credo quiaabsurdum" existencial. De semejante raíz del ser procede, acaso, la tendencia de su carácter a disminuirse y opacarse y confundirse en el traje y la apostura en sus nómadas andanzas por el interior de Venezuela, con el más desvalido Juan Bimba.

En el tiempo de Alvarado no había una Universidad venezolana que pudiera aprovechar y encauzar todos los atisbos y direcciones que bullían en su mente vagarosa por las disciplinas más dispares. En cualquiera de las ramas del conocimiento que cultivó como hombre escotero, perdido en una comarca de prejuicios o de tosca ignorancia, habría realizado una labor coherente y magnífica si las universidades de entonces hubieran comprendido que era mayor ciencia analizar la lengua y modos de vida de los últimos indios caribes o los movimientos de las masas populares venezolanas en el siglo XIX que la monótona glosa a los artículos del Código Civil o la repetición memórica de la Anatomía de Testut en que parecía agotarse la didáctica universitaria de nuestro país, hasta hace pocas décadas. Y hombre solitario que reconstruye en sí mismo la cultura que le negaba el ambiente, Alvarado es el pequeño Aristóteles sin discípulos, en una sociedad que no lo comprende. A clasificar maderas y escribir informes sobre productos y mercados, se lo lleva el Dr. Esteban Gil Borges cuando es Ministro de Relaciones Exteriores en 1919, porque un hombre de la calidad de Alvarado ni siquiera tenía seguro su sustento en el tosco país de aquellos años. Parece ejemplar e inconcebible en una tierra tan ayuna de técnicas modernas de investigación como era Venezuela, el trabajo que cumplieron en su larga residencia provincial —en los Llanos y en los Andes— gentes como Alvarado y Julio C. Salas. Después, contribuyendo con mis propios ahorros para mantener una revista de temas indígenas — a primera que se fundó en nuestro país— como De Re Indica. Algo de lo más venezolanista y audaz de nuestra cultura de entonces lo encarna tan extraño linaje de trabajadores solitarios.

La curiosidad de Alvarado por el pueblo venezolano, lo condujo a los estudios históricos. Y como su primera profesión fue la de médico marchó a la historia como quien va a diagnosticar una dolencia colectiva. Ruina, arbitrariedad y atraso era la herencia del pasado inmediato para un venezolano de su generación. Si habían prosperado unas pocas ciudades mercantiles como Caracas, Maracaibo o Valencia, muchas otras regiones del país —especialmente los Llanos— seguían viviendo como en 1860. Los mitos venezolanos más próximos eran de crueldad y de espanto. Los viejos contaban que desde 1848 se hundió con Páez una República oligárquica, pero moderada, sometida todavía al freno de las leyes. Y ni el progreso espectacular, más periférico que profundo, de un César positivista y europeizante como Guzmán Blanco, alcanzó a apaciguar esa antigua enfermedad venezolana. Se hablaba de Bolívar y de los héroes de la Independencia como de una nostálgica, irretornable e imposible edad de oro. Después de Guzmán —con un corto interregno civilizado— tornan a prevalecer los bárbaros.

Corresponde el papel de Alvarado en la historiografía venezolana al de su contemporáneo argentino el Dr. Ramos Mejía. Ambos son médicos y se interesan por la monstruosidad histórica. ¿Son los monstruos que crea cada pueblo verdaderos símbolos del subconsciente colectivo? Alvarado como Ramos Mejía era positivista; le basta con la descripción en "situ" de los personajes y los hechos y no penetran aún esa psicología simbólica a lo Jung, fresca disciplina de nuestra época. El pensaba como el escritor rioplatense que la violenta historia criolla no se explica por ningún proceso lógico y que las distintas y antitéticas zonas de cultura y formación étnico-social de nuestros pueblos engendran muy contrarias reacciones colectivas, dignas de un difícil diagnóstico. No era una historia de ideas, de partidos o fuerzas económicas bien estratificadas, lo que se advertía en nuestro suceder, sino enmarañados mitos, primario resentimiento, impulsos irracionales. Contra la dirección clara y lógica que le hubieran dado al proceso político hombres como Rivadavia en la Argentina o como Vargas y los letrados y juristas que acompañaron a Páez en Venezuela, prevaleció otro instinto de retaliación, guerra anárquica o coraje inútil. El pueblo venezolano admiró más a los hombres turbulentos y revolvedores como Marino y Bermúdez que al tranquilo Soublette; prefería Ezequiel Zamora a Pedro Gual. En las dictaduras crueles o caos demagógico que siguió a la Independencia más que la idea impersonal del Estado o la imagen de la patria como unidad conciliadora, se impuso la voluntad de dominación de los caudillos regionales. Y Alvarado casi se solaza en la descripción de Los delitos políticos en la historia de Venezuela o en las neurosis de nuestros hombres célebres como un historiador que convierte la psiquiatría en ciencia auxiliar de la historia. Frente a la narración heroica o las biografías idealizadas de los románticos, se endilga más bien al estudio de las "fuerzas sociales", a cierto determinismo que fija el ambiente. Tema un poco "tabú", ya que las dictaduras de Castro y de Gómez bajo las cuales escribía Alvarado, no parecían sustancialmente distintas a las del siglo XIX y el desorden, violencia y caos de ayer, se reflejaban todavía en el presente.

De lecturas de periódicos y documentos de la época; de sus largas correrías por la provincia venezolana, de su conversación con los últimos testigos longevos, y hasta de su regular conocimiento matemático que se detiene en planos y estrategia de batallas y marcha de guerrillas por la despoblada y dura Venezuela de los días de 1860, hubo de salir su Historia de la Revolución Federal. El hecho sociológico que deseaba entender debía rescatarse del tratamiento puramente biográfico (apología o execración de algún personaje) o sectario (defensa o descrédito de la causa liberal), que le imprimieron otros historiadores. Para un positivista como él, la revolución puede describirse como un terremoto, un asolador verano o catastrófica salida de aguas. Varios retratos flotan —como víctimas, victimarios o supervivientes— en el curso de la narración. Por abarcar el fenómeno general con un método casi naturalístico —qué pasaba en Caracas, qué en Coro, qué en Apure y Barinas— la obra es obligadamente difusa, disuelta en muchos planos. Viajamos como sobre un mapa, cargado de señales, que demandan dispersa atención. En cada escondrijo de montaña o mata de sabana nos esperan, quizás, cincuenta hombres con un candidato a jefe local. Circulan entre los peones más primitivos y analfabetos, fábulas atroces como la de que los godos los venderán a los ingleses para hacer jabón. Del desorden mental y moral se levantan brujos trocados en guerrilleros y ejecutores de siniestros ritos, como Martín Espinosa. Con demasiada cautela documental y descriptiva el historiador no quiere adelantar ninguna tesis o aspira a que ésta surja, objetivamente, de la maraña de los hechos. Como dos prosas o dos estilos nos siguen en el cuerpo del relato: una que se aviva de alguna metáfora o rasgo pintoresco cuando se trata de retratar a personalidades como Juan Vicente González y Ezequiel Zamora o cuando describe un lugar visto muchas veces en sus correrías; y otra que se desmaya monótonamente en difusos detalles. Faltábale a Alvarado aquel arte sintético y armonioso de composición en que fuera maestro su contemporáneo Gil Fortoul. Hay que recorrer casi todas las quinientas cincuenta páginas de la obra, conocer innumerables gentes, perderse en las varias querellas de Caracas y del interior del país, para descubrir la tesis del historiador. Fuera de algunas consignas y aspiraciones populares que se plasmaron en la generosa e irreal Constitución de 1864; del ímpetu nivelador e igualitario de las masas en su diáspora guerrera, de haberse suspendido el "Concordato" que celebró el Papa con la desfalleciente dictadura de Páez y que de entrar en vigencia hubiera encendido en Venezuela una cuestión religiosa como la que padecieron en su proceso político Colombia y Ecuador, el movimiento federal —según Alvarado— no produjo mayor cambio bonancible en la vida venezolana. Y la historia se cierra —como signo de la frustración de los principios— con aquellas frases casi cínicas de Antonio Leocadio Guzmán y Antonio Guzmán Blanco para quienes la consigna federalista fue sólo arbitrario pretexto opositor de los revolucionarios de 1858. Dijeron "Federación" como hubieran podido decir cualquiera otra cosa. Fue casi una gran aventura en el azar y el vacío. Todo plan de ideólogos será continuamente alterado y deformado por la "gana" de los caudillos. No sabemos qué hubiera sido Zamora —personaje mesiánico para las turbas insurrectas— porque al morir en San Carlos en 1860 se transfiguró en un mito. ¿Habría realizado efectivamente un equilibrado cambio social o habría gobernado con la dureza y el empirismo de otros caudillos rurales? Incógnitas que apenas se formulan, sin darles respuesta, en la obra del doctor Alvarado.

Después de una historia de desastres, otra moraleja ínsita al pensamiento positivista era esperar por la propia evolución de la sociedad, por sus lentas mejoras culturales y materiales, un mundo más ecuánime; canalizar hacia la industria, la técnica, el trabajo, el bravío instinto que se desfogó en la guerra. Al comienzo del gobierno de Juan Vicente Gómez (cuando después del frenesí castrista el futuro dictador era casi una esperanza), terminaba el Dr. Alvarado su obra y se la ofrecía respetuosamente al nuevo caudillo. ¿Esta lista de agravios y frustraciones políticas venezolanas podrían enseñarle algo? ¿O del propio sufrimiento del país en tan cruentas aventuras, emergía la urgencia de una auténtica política de paz y reconstrucción nacional que Gómez propaló en unas palabras que no penetraron su espíritu? Al describir la crueldad de las facciones en los Llanos durante la guerra, Alvarado observó el instinto como de cruzada mesiánica que prevaleció en ellas y la división de la sociedad entre "buenos" y "malos" que condicionaría, también, nuestra vida política. Como jeques árabes, como islamitas del desierto que se hubieran embriagado con las palabras del profeta y marcharan a una guerra santa, pinta a aquellos hombres de ciego furor trágico que devastarían los hatos e incendiarían las sabanas barinesas en 1860. "Federación o muerte" era el lema de radical jacobinismo que había escrito aquel extraño aventurero francés, metido a demagogo venezolano, llamado Morton de Kerartry. Y el fundamental valor del libro de Alvarado es haber recogido primero que ningún otro, y sin pasión sectaria, casi con suma cautela objetiva, el variado cuadro de la "hybris" venezolana en los días federales. Se asoma a los hechos como un geólogo a las grietas de un volcán. Reúne, describiéndolos, un conjunto de problemas nacionales que siempre apasionarán a los sociólogos y los historiadores. Junto a la Venezuela de las leyes y las instituciones escritas, descubre otra multitudinaria y campesina sometida a la mayor intemperie de la incultura y la naturaleza. Por desgracia para el país de aquellos años, Martín Espinosa, el "Chingo Olivo", Zoilo Medrano o "El Agachao" fueron tan venezolanos como Pedro Gual o Fermín Toro. Sólo la educación y la técnica podrían salvar, a lo lejos, tan tremendos desniveles. Los delitos políticos venezolanos, tema de una de las primeras investigaciones históricas de Alvarado, eran casi un producto natural del atraso y de la ignorancia. La "gana" o el "resentimiento", sin ningún freno lógico, llevaba a esos jinetes y vengadores de la guerra de la Federación. No había muchas gentes que pudieran admirar la inteligencia esclarecedora y ordenadora, y prevalecía el coraje y la pasión autónoma.

Con los límites de su dispersión y de su estilo, de los métodos positivistas que ya no bastan para penetrar los fenómenos de la cultura, aquel maestro andariego, de adivinadora excentricidad, es uno de los venezolanos ejemplares de su desgraciado tiempo.

 

*Texto tomado del volumen II de las Obras Completas de Lisandro Alvarado, publicado por Fundación Casa de Bello, en 1989, por una comisión de notables venezolanos integrada por Oscar Sambrano Urdaneta, José Lisandro Alvarado, Guillermo Morón y Cesáreo de Armellada.