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Didascalia: Por qué NO llevar a su hijo a ver El Cascanueces

El Cascanueces / Foto cortesía Prensa del teatro Teresa Carreño

El Cascanueces / Foto cortesía Prensa del teatro Teresa Carreño

“Esta representación es una adaptación del cuento ‘El Cascanueces y el Rey de los Ratones’ escrito por Ernst T. Hoffmann, con música de P. I. Tchaikovsky y coreografía de Vicente Nebrada”

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Cuando mi madre me llevó a ver El Cascanueces, que era interpretado por el Ballet Metropolitano de Caracas en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, cuenta que lo primero que hice en el intermedio fue preguntarle: “Mami, ¿y no me puedes dejar en la casa de mi abuela y te regresas rapidito?”. Yo tenía 4 años, y mi dulce abuela vivía en aquel entonces en La Candelaria, a 10 minutos –caminando­– del Teresa Carreño. La respuesta de mi madre fue reírse de mi invención y decirme calmadamente que no.

El recuerdo había permanecido bloqueado en mi memoria hasta en día en que volví voluntariamente a ver el mismo espectáculo, en el mismo lugar –solo que 18 años después y con un enfoque totalmente renovado– y me di cuenta de que había demasiados niños aburridos, con caras largas. De alguna forma me sentí identificada con su padecimiento, pues lo sufrí.

Esta representación de El Cascanueces, adaptación del cuento El Cascanueces y el Rey de los Ratones escrito por Ernst T. Hoffmann, con música de P. I. Tchaikovsky y coreografía de Vicente Nebrada, es un ballet estructurado en dos actos que cuenta las aventuras de Clara y su Cascanueces de juguete, que cobra vida y juntos viajan al Mundo Mágico, donde visitan el Reino de las Nieves y el Reino de los Caramelos, donde son agasajados con muestras de danzas de diferentes partes del mundo.

Parece ilógico que una historia totalmente inofensiva sobre la fantasía de una niña y su cascanueces de juguete en tierras de flores, nieve y azúcar resulte aburrida para los niños. Pero lo cierto es que El Cascanueces es en realidad una pieza compleja: La meta-historia –el viaje por el Mundo Mágico dentro del sueño de Clara– es algo que no todos los niños captan a la primera, y la ausencia de diálogo es algo que en definitiva no todo el mundo sabe manejar, menos aún si se trata de niños pequeños.

Consultando de nuevo a mi “yo” de 4 años, ¿por qué usted no debe llevar a sus hijos pequeños El Cascanueces? Aquí los tres motivos que pude observar –y constatar.

Primero, los niños están acostumbrados a historias lineales, con diálogos y acciones precisas. No están acostumbrados a hilar historias en las cuales la única interacción entre sus personajes es física, no dialogada. Claro que pueden aprender a apreciarlo, pero no es algo que se logre inmediatamente.

Si el niño es muy pequeño, no entenderá la solemnidad del acto: estarse quieto, en silencio, mientras los bailarines se amalgaman con la música y ejecutan su danza en torno a esta.

Por último: ir a ver ballet es una decisión personal. Obligar a un niño a asistir puede causar el efecto contrario al que se busca: conseguir que aprecie el bello arte de contar una historia sin mediar palabras, solo usando el cuerpo.

Un niño de 4 años puede odiar a El Cascanueces si lo obligan a verlo. Pero puede que, cuando esté maduro y consciente, vaya voluntariamente a poner a prueba su primer juicio. Y es muy posible que sea capaz de apreciar todos los elementos que lo componen: la intrincada coreografía, los bailarines que parecen no obedecer a las leyes de la física y la gravedad, las escenografías móviles, y termine enamorado de ese mundo que tanto lo aburrió cuando era pequeño.

Palabra de alguien que pasó por eso.