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Didascalia: El imaginario teatral venezolano (VI)

Capitolio en los 40 | Cortesía

Capitolio en los 40 | Cortesía

“Cuando la década de los años 40 el teatro venezolano se encuentra en una posición interesante. A la sociedad venezolana le interesa el teatro en cuanto a su calidad de espectáculo, como vitrina para los artistas de la época”

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El tiempo pasado no necesariamente es mejor

¿Sabía usted que Louis Armstrong estuvo en Venezuela? Según los historiadores, el gran trompetista dio conciertos en el Aula Magna de la UCV, el Hotel Ávila y en el Nuevo Circo. Este, a pesar de que los precios de las entradas eran sumamente solidarios  solo contó con 50 asistentes, cosa que enardeció de tal forma a Armstrong que juró que nunca volvería a pisar el país. Este episodio ocurrió en la década de los años 50, diez años después de los sucesos que a continuación describimos, pero la anécdota sirve para ilustrar un punto vertebral de la escena venezolana: el poco interés del público por el arte, o su ignorancia general a la hora de evaluar el hecho cultural

Cuando la década de los años 40 el teatro venezolano se encuentra en una posición interesante. A la sociedad venezolana le interesa el teatro en cuanto a su calidad de espectáculo, como vitrina para los artistas de la época. Su dimensión como expresión cultural y método de confrontación del individuo con su realidad aún no es plenamente reconocida, y quienes se dedican a este arte –dícese artistas, dramaturgos, técnicos y directores– lo hacen realizando otras actividades en paralelo, de las cuales obtienen lo necesario para vivir dignamente. Setenta años después, la naturaleza multitasking de quienes nos dedicamos a esta forma de arte no ha cambiado para nada y podría decirse que forma parte de nuestra profesión.

El tema de la venezolanidad ya está bien definido y es cuando la dramaturgia venezolana aboga por el naturalismo como recurso para la investigación de nuevas formas expresivas. En los 40’ Venezuela está bien vista como destino de agrupaciones extranjeras. Por primera vez en la historia, un reducido número de espectadores pudo observar piezas de O’Neill, Ibsen, Shaw e incluso reinterpretaciones modernas de Shakespeare.

En esta década también comienzan los primeros intentos para organizar de alguna forma la labor teatral y fomentar su promoción. Esta, como otros intentos, no llegaron a cristalizarse o tendrían un tiempo de vida sumamente corto, dejando de esta forma uno de los vicios que arrastran nuestras artes dramáticas hoy día: la ausencia total de organizaciones gubernamentales y privadas que protejan y fomenten la actividad teatral.