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Didascalia: El pez que fuma(ba)

El pez que fuma (1977)

El pez que fuma (1977)

Sobre el uso de la marginalidad en el cine y el teatro, parte I: Cine

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“El Preso”, bolero de Daniel Santos con la Sonora Matancera, es la única canción que sale de la garganta del pez cantante. Sí, estoy hablando de un pez que canta, aunque no se hizo famoso por cantar, sino por fumar. No es cualquier pez: se trata del legendario Pez que Fuma.

Así es como se le conoce, y así es como se le ha retratado durante los más de 40 años que nos separan de su nacimiento: los ojos coquetos de pestañas larguísimas, la figura grácil, ligeramente ladeada hacia la derecha, que le crea una suerte de cintura. Parado equilibradamente sobre sus aletas y sosteniendo entre sus labios rojísimos el cigarro de humo en círculos, que lo ha hecho tan famoso. Aunque se cree que sigue fumando como siempre, existen pruebas de que dejó el vicio hace algún tiempo.

El cine venezolano se parece mucho a este pez: sobre él existe un prejuicio generalizado, una especie de maldición que le impide separarse de su fama de retratar a la sociedad venezolana que, como bien se sabe, se trata de una sociedad problemática, dividida, y hasta violenta. Se ha hablado mucho de la naturaleza monotemática del cine venezolano, de su condición de cine marginal para marginales,  pero, ¿es así realmente? ¿Es verdaderamente un problema del cine venezolano, o un prejuicio de su audiencia?

Sobre el cine venezolano pesan mitos que son necesarios revisar, acaso tomando un punto de partida sencillo, crítico y  sobre todo actual: el cine de 1970 no es el mismo que el de 2010.

El país y su cine

El dinero siempre faltó en la casa: la madre es soltera y el niño menor trabaja desde pequeño vendiendo periódicos. Sin embargo la vecina a quien él llama “tía” le enseñó a robar billeteras sin ser visto, convencida de que el hurto puede ser más lucrativo que el trabajo honesto. Con el tiempo hace amigos, con quienes sale frecuentemente a robar en las quintas del este de Caracas, o en joyerías. A estas alturas ya maneja un arma de fuego, viola, mata, y ha sido aprehendido varias veces por las autoridades, logrando escapar usando nombres falsos y valiéndose de la complicidad de sus compañeros de celda. Pero un día cae de nuevo, puesto que los policías lo han agarrado desprevenido contemplando una vitrina…y lo conducen a un retén de menores, pues Ramón Antonio Brizuela solo tiene 15 años.

El testimonio de Brizuela, personaje delictivo de la vida real, se convirtió en el año 1976 en una de las películas más taquilleras del cine venezolano. Dirigido por Clemente de la Cerda, el film pasó a la historia: Soy un Delincuente arrasó con la taquilla del cine no solo por la crudeza de la historia, sino porque más allá del valor que le confiere ser una pieza del séptimo arte, tenía un valor sociológico. Nadie había visto nada igual.

El público se entusiasmó y dio taquilla a las producciones nacionales al punto que la década de los setenta significó, para el cine venezolano, una bendición y una maldición. Bendición porque, aumentó considerablemente su producción con respecto a los años anteriores (durante estos diez años se hicieron aproximadamente diez películas por año) según los datos que maneja el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), y maldición, porque con Soy un Delincuente, Cuando quiero llorar no lloro y  El Pez que Fuma nacería el mito de que el cine venezolano era un cine limitado, reiterativo, cuya capacidad argumental solo da para retratar la vida de los malandros, la violencia de los conflictos armados o la sórdida vida de los prostíbulos.

El cine, bien se sabe, es un fenómeno comunicacional. Y es, también, un arte, lo cual convierte al realizador que es el cineasta en un artista. “Y el cine como arte tiene todo el derecho de hacer énfasis sobre los temas que crea convenientes”, apunta Xavier Sarabia, documentalista y actual presidente de la Cinemateca Nacional. Sobre todo en una ciudad con diferencias tan marcadas como lo es Caracas, donde las diferencias entre los edificios de la urbe y las humildes viviendas de los cerros saltan a la vista.

Hay que tomar en cuenta que nuestro séptimo arte no tuvo un desarrollo normal. Para empezar, da sus primeros pasos durante el gobierno de Juan Vicente Gómez, a la cabeza del Poder Ejecutivo desde 1908 hasta 1935, período en el que el cine encuentra sus primeras trabas y desarrolla sus primeros prejuicios. El primer obstáculo es la dictadura: en un gobierno como el de Gómez, caracterizado por la represión política y moral, era de esperarse que los primeros cineastas no se atrevieran a desarrollar el género de ficción. Segundo, el pensamiento errado de que el cine venezolano solo podía interesar como documental local, ya que la información cinematográfica internacional y el cine de ficción extranjeros cubrían la demanda del público. Tercero, el cine de ficción además de controvertido era antieconómico, y las cifras de su recaudación no cubrían los gastos de producción. De modo pues que el cine venezolano se circunscribe a sí mismo, a su localidad, a la exaltación de sus paisajes geográficos, siendo Carnaval en Caracas de 1909 el máximo exponente de esta primera fórmula, según lo reseñado por Ambretta Marrossu en Panorama histórico del cine venezolano. A la par, también comienzan a formarse los primeros barrios, con los campesinos que abandonaron el campo con la fiebre del petróleo y se trasladaron a la capital, proceso que relata Rompan Chalbaud en su ópera prima Caín Adolescente, de 1959. Sin embargo, según un estudio hecho por el Instituto Venezolano de Acción Ciudadana (IVAC) en 1960, la capital no estaba lista para asumir la inmensa cantidad de mano de obra y no poseía las suficientes viviendas ni trabajos. El barrio entonces se convertirá en un nido de frustraciones y próximamente en un problema de salubridad, por la cantidad de personas que viven hacinadas en esta sociedad paralela, y de seguridad, ya que quienes habitan los barrios comienzan a delinquir para poder subsistir. La Hora Cero, de Diego Velasco, así lo evidencia.

Sobre esta situación se pregunta Marcel Rasquin, director de la película Hermano: “¿de qué se nutre una historia dramática? un guión se nutre de conflicto y de dificultades, y de fuerzas que se oponen a los protagonistas para que no obtengan lo que quieren. ¿Y qué lugar más propicio que nuestra realidad en las zonas populares?”.

A pesar de los nudos argumentales existentes en las barriadas caraqueñas, estas no han sido la única fuente de inspiración de los cineastas no solo en los años 70, sino en toda la historia del cine venezolano. Según las estadísticas que maneja la empresa Cameo Marketing, el año pasado se estrenaron 13 películas. De ellas destaca Piedra, Papel o Tijera de Hernán Jabés, Tiempos de Dictadura de Carlos Oteyza, El Misterio de las Lagunas de Atahualpa Lychi, y Azul y no tan Rosa del actor Miguel Ferrari. De estas 13 películas, la única que toca tangencialmente el tema social es Piedra, Papel o Tijera, que representó a Venezuela en los premios Oscar 2013.

De modo pues que irónicamente, es el cine que ha logrado abrirle las puertas a Venezuela porque, a los ojos de Rasquin, “el cine que tiene posibilidades de llegar más lejos es el que habla de lo que somos, sobre nuestras dificultades, nuestros problemas, nuestra visión de vida”.

Una mirada actual

A pesar de la concepción generalizada que existe sobre el cine venezolano, lo cierto es que la relación entre este y su público está prosperando. Mucho de esto se debe, según Xavier Sarabia, a “la creación en el año 2005 del Ministerio de Poder Popular para la Cultura”, del cual depende la Villa del Cine, una de las mayores productoras del país y que ha permitido la realización de numerosos proyectos. Las cifras del CNAC respaldan la afirmación de Sarabia: en los últimos seis años se ha estrenado un promedio de quince películas por año.

Claro está, que aún queda muchísimo por hacer. Para Rasquin, las tareas que tienen por delante los cineastas hoy en día son dos: “una es la de desmontar el prejuicio, y otra es cambiar el paradigma de que el cine venezolano es un género en sí mismo: en él hay comedia, drama, acción. Y eso es algo que hay que cambiar”. También explica que “en Venezuela, el presupuesto asignado para la publicidad de una película no llega ni al 10% del presupuesto de preproducción, eso hace que el tema comunicacional haga cuesta arriba y complicado que la película llegue al público”. Para Xavier Sarabia, en cambio, hacen falta dos cosas: “Que haya crítica, porque esta le exige al realizador, orienta a la audiencia y aumenta los niveles de exigencia. Y hace falta una audiencia que exija calidad de programación, que eventualmente se convierta en crítica”.

Es hora de abandonar el prejuicio. El pez dejó de fumar, y merece que su esfuerzo sea reconocido. Ahora bien, que no se extrañe la audiencia si ocasionalmente lo ve con un cigarrillo en los labios: hay que entender que un vicio no es algo que se abandona de un día para el otro.

Sobre todo, si se trata de algo que nos ha acompañado toda la vida.