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Didascalia: ¿Qué es un Shakespeare?

William Shakespeare | Foto Archivo El Nacional

William Shakespeare | Foto Archivo El Nacional

“Lo que él ha escrito no es la interpretación sino la cosa en sí misma”

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Si el genio de William Shakespeare pudiera convertirse en un adjetivo o grupo de características, ¿de qué forma se expresaría? ¿Qué implica ser un dramaturgo de la talla del legendario isabelino? En su libro Provocaciones, Peter Brook nos responde con esta reflexión:

Creo que una de las cosas que no se terminan de entender es que el fenómeno de Shakespeare no es solo de calidad verdaderamente singular, sino que pertenece a un orden de cosas absolutamente diferente.

Mientras se siga pensando que Shakespeare es como Ionesco, pero mejor; que es como Beckett, pero más rico; que es como Bretch, pero más humano, que es como Chejov, pero con más personajes, etc. etc., se persistirá en ni siquiera rozar de qué se trata. (…)

El concepto de “autor”, de “autoría”, tal como lo entendemos en prácticamente todos los demás campos, según como lo empleamos para referirnos a la autoría de un libro o de un poema, y hoy en dúa también a la autoría de un film, toda vez que a los directores se les llama “autores” de sus películas, casi siempre significa invariablemente, “expresión personal”. Y de allí que la obra terminada lleve el sello “personal” del autor, el de su manera de ver la vida. Hay un clisé de la crítica con el que uno suele toparse muy a menudo; “su mundo, “el mundo del autor”. No es por nada que los estudiosos que se han desvivido por encontrar rasgos autobiográficos en la obra de Shakespeare han tenido poco éxito en su intento. En realidad, no importa quién escribió las piezas, ni los rasgos autobiográficos que en ellas pudiera haber. El hecho es que hay allí una singularmente escasa presencia del punto de vista del autor –y su personalidad es muy difícil de captar– en sus treinta y siete o treinta y ocho piezas.

Si consideramos el conglomerado de esas treinta y siete piezas con todas las líneas radiales de los diferentes puntos de vista de los diferentes personajes, obtendremos un territorio de densidad y complejidad casi increíble; y si eventualmente, vamos un poco más allá veremos que lo que ha ocurrido, lo que ha atravesado a ese hombre llamado Shakespeare, y que ha cobrado vida en su escritura, es algo muy diferente a cualquier otro trabajo “autoral”. Porque no se trata del punto de vista de Shakespeare respecto al mundo, sino de algo que, en verdad, parece lo real. Y es índice de esto el hecho de que cada palabra, cada línea de diálogo, cada personaje, cada evento, tiene no solamente una amplísima gama de interpretaciones posibles, sino que la cantidad de interpretaciones posibles es sencillamente infinita; lo cual es característica esencial de lo real. Diría que es esta la característica esencial de toda acción llevada a cabo en el mundo real. (…) Lo que él ha escrito no es la interpretación sino la cosa en sí misma.

Y si fuéramos todavía más audaces y pudiéramos pensar no en los términos verbalmente tan restringidos de “él es el autor, escribe obras, las obras tienen escenas”, etc. etc., sino de un modo mucho más amplio y decir “este creador ha creado una enorme madeja de palabras interrelacionadas” y si pensáramos en un encadenamiento de varios cientos de miles de palabras desplegándose en un determinado orden, todo un conglomerado constitutivo de la más extraordinaria invención, pienso que entonces sí podríamos comenzar a percibir el elemento, el punto esencial. Es que esta invención nos alcanza hoy con su extraordinaria vigencia, no como una sucesión de mensajes, que es lo que habitualmente generan los “autores” con su “autoría”, sino como una serie de impulsos que pueden dar pie a la más variada gama de interpretaciones. (…) En sí mismo, el acto de interpretar es el encuentro único, la singular confluencia, en el mismo instante, del evento y de aquel que lo percibe.

Y creo que las dos cosas surgen de esto. Por un lado, es obvio que toda interpretación de este tipo de material es un acto subjetivo –¿qué otra cosa podría ser?– y que cada persona, ya sea que se trate de un estudioso escribiendo, un actor actuando, un director dirigiendo o un diseñador diseñando, pone en ello su subjetividad; así ha sido siempre y así será. Esto significa que aun cuando alguien tratara de saltear etapas y décadas enteras, diciendo “aparto lo que yo mismo soy, dejo de laso incluso a mi propio siglo y contemplo el evento con la mirada del período al que pertenece”, eso sería imposible (…).

Por otro lado, hay un peligro del cual uno debe prevenirse: que el artista o estudioso que trabaja con una obra de Shakespeare permita que el amor, el entusiasmo y la excitación experimentados no le dejen ver que su interpretación jamás podrá ser completa del todo. Es un peligro muy grande, que adquiere una forma muy precisa, y que lleva a un tupi de actuación que uno ha podido ver muchas veces a lo largo de los años, una forma de dirigir, una forma de diseñar, que con gran orgullo representa versiones muy subjetivas de la pieza sin el más mínimo atisbo de alerta sobre cómo dicha actitud puede estar desmereciendo o estropeando la obra. Por el contrario, se trata de la creencia vana de que ésta es a gran pieza, y aún más, no sólo la gran pieza de Shakespeare sino la gran pieza de Shakespeare enaltecida por el sentido que le ha otorgado este o aquel individuo. Y es aquí donde la virtud de poseer ese amor y ese entusiasmo debe atemperarse por la certeza, más fría, de que cualquier mirada o visión personal de la pieza nunca podrá ser mayor, más importante que la pieza misma.