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Didascalia: Hombres de teatro (II)

Federico Pacanins | Foto Cortesía

Federico Pacanins | Foto Cortesía

“La oficina de Federico Pacanins es tan variada como lo han sido sus roles en la vida: abogado, crítico musical, locutor, profesor universitario y director de teatro, atesora libros sobre derecho, ediciones de El Cojo Ilustrado y dirección teatral, proesor universitario, locutor de radio y formador de locutores”

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El teatro como laboratorio

La oficina de Federico Pacanins es tan variada como lo han sido sus roles en la vida: abogado, crítico musical, locutor, profesor universitario y director de teatro, atesora libros sobre derecho, ediciones de El Cojo Ilustrado y dirección teatral, proesor universitario, locutor de radio y formador de locutores. Nada sobra, todo se complementa. La panorámica deja apreciar una buena porción de Caracas: al oeste hasta la Torre Confinanzas, hacia el este la Torre BOD-Corpbanca. Y el Ávila está tan cerca que puede verse aún en los días lluviosos.

En este ambiente el director del grupo teatral Retratos en Blanco y Negro –conformado en su gran mayoría por alumnos de la Universidad Monteávila– habla sobre su experiencia como director de teatro experimental y su objetivo principal: investigar lo inédito de la dramaturgia venezolana para ofrecerla al público.

 

¿Existe verdadero interés en el teatro por parte del público caraqueño?

Es bien sabido que la más antigua de las artes comunicacionales es el teatro, desde el hombre primitivo que invocaba a dioses a favor de la comunidad hasta llegar a los momentos actuales. La pulsión que significa poner en escena algún planteamiento de tipo humano, ejecutado justamente por seres humanos y dirigido a seres humanos es única y diferente al cine, a la danza y a las artes plásticas porque el teatro es la única de las artes donde el hombre confronta su propia circunstancia con otros semejantes que la ejecutan Y de ahí puede surgir diversión, para bien o para mal, o también educación, cultura y reflexión.

Caracas es una ciudad que ofrece un promedio de setenta obras semanales, de géneros de toda naturaleza en los circuitos teatrales del este y el oeste, y dentro de esa oferta existen espacios para la obra de reflexión, para la obra de autor y para la obra experimental.

 

¿Qué se entiende por teatro experimental?

La obra experimental trata de buscar la sencillez para no recargar de elementos escénicos la propuesta. En ese sentido el experimento teatral significa mucho peso en el texto y las actuaciones y menos peso en los elementos escenográficos que resulten costosos y aparatosos.

También supone intimidad y un espacio más reducido que las salas comunes, en ese sentido creemos que los tiempos han permitido que existan múltiples espacios en la Gran Caracas para este fin, como la sala experimental del Centro Cultural BOD-CorpBanca, el CELARG y la Sala José Ignacio Cabrujas.

 

¿Cómo es la relación del público venezolano con el teatro experimental?

El teatro experimental por lo general genera reservas por parte del posible público que va al teatro. Hoy día hay propuestas teatrales masivas, significadas en gente que vienen de la popularidad de la televisión y existe un público que quiere verlos en escena.

La palabra experimental se ve con reservas porque se piensa que es fastidioso, complicado, y que se requiere una preparación para ir a ver aquello. Uno de los problemas que se nos presenta es romper ese triple prejuicio que existe para decir que puede ser entretenido, que no se necesita una preparación especial para verlo y que por ende no tiene que ser complicado.

Esto también depende de la destreza de los directores al escoger sus textos, sus elencos y sus enfoques a la hora de trabajar una pieza.

 

¿Qué criterios utiliza a la hora de escoger sus proyectos?

Parte de nuestra labor como directores es la revisión de nuestros ancestros, ubicar de dónde venimos para saber a dónde vamos. Mediante obras pequeñas podemos ir ubicando nuestro pasado, en ese sentido Leonardo Azparren Giménez ha escrito un artículo solicitando la mirada hacia obras de nuestro pasado inmediato, no en detrimento de las nuevas que los dramaturgos propongan sino como complemento a ellas.

 

¿Por qué es necesario revisar nuestra historia dramatúrgica?

El texto de autor venezolano necesita que se siga revisando para que nosotros construyamos una tradición sólida. De textos brillantes como La Casa de Ramón Díaz Sánchez, Antesala de Víctor Manuel Rivas, o La Dama y el Oso de Ida Gramko, no existe ninguna referencia distinta a tres o cuatro críticas. El público no las ha visto, en ese sentido son obras que permanecen vírgenes, porque son propuestas que se hicieron en aquel momento y no se presentan en estos momentos de multimedia. Cuando estas obras se llevan a las tablas, uno siente que son como primeras veces.

Entonces en ese sentido hay un campo evidente para que los venezolanos que nos dedicamos a esto, que tenemos intereses en esto descubramos de nuevo el agua tibia, por decirlo de alguna manera. Nuestra propuesta consiste en obras muy bien escritas y muy bien desarrolladas de nuestra propia cosecha dramatúrgica.

 

Es curioso que muchas veces sea el teatro experimental -y no el comercial- el que abarque el campo de lo inédito en la dramaturgia venezolana

El teatro de gran aliento necesita grandes espacios arquitectónicos, donde hay muchos personajes actuando y que requiere de otros elementos y de espacios físicos. Ese teatro comercial no suele apostar por piezas como éstas que mencioné sino que quieren ir por algo más seguro, cosa que sucede en el circuito teatral del este. En el circuito del centro sí es más probable toparse con autores venezolanos.

 

Nuestra conversación se diluyó con la llegada de jóvenes actores del grupo. Tendrán la primera lectura de una obra en esa oficina que funciona a la perfección como un laboratorio teatral. En cuestión de meses esos jóvenes dejarán de ser ellos para convertirse en personas de otro tiempo y espacio, que darán un mensaje a un público que no lo escucharía en condiciones normales.

Se podría llegar a la conclusión de que el teatro se encarga de resolver problemas ficticios relacionados con decorados y personajes de fantasía. Pero eso que en un primer momento podemos considerar como una abstracción es en realidad la representación de un problema humano que puede ser ético, político, o social. En ese sentido, como bien dice Pacanins, la dramaturgia venezolana es visionaria: problemas como el desarraigo, el exilio, la megalomanía, la demagogia fueron desarrollados hace cuarenta o cincuenta años y aún se mantienen vigentes en nuestra sociedad. Llevar de nuevo estas piezas a las tablas es necesario porque, como público, necesitamos vernos en un espejo. Pero más importante aún: necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos.