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Díaz Sánchez y Arcaya: lecturas del pasado

Los intelectuales Ramón Díaz Sánchez y Pedro Manuel Arcaya | Foto: Archivo El Nacional

Los intelectuales Ramón Díaz Sánchez y Pedro Manuel Arcaya | Foto: Archivo El Nacional

Si esta mínima reseña encuentra oídos receptivos y los mueve a hacerse con ambas obras y leerlas sobre el telón de fondo de estos días tormentosos, podemos darnos por satisfechos. Apropiarse de la propia historia es el primer paso para poder superarla

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El tumulto de estos días, a través de los cuales se abre paso la alborada de un nuevo ciclo histórico y el amanecer de una nueva Venezuela, me ha vuelto a internar en el tupido sendero de las lecturas del pasado. A las que debo un amor entrañable a un país que descubro nuevo y renovado con cada día que pasa. Es el consejo que le daría a nuestros hijos, empeñados en la epopeya más grandiosa de que se tenga memoria desde los días que precedieran el anterior amanecer, el del 23 de enero e 1958: leer a los nuestros, a sus mayores. En el fracturado fondo de nuestro pasado brillan certezas, búsquedas, angustias, anhelos truncados por taras que se reiteran y vuelven a nacer como si jamás hubieran sido metabolizadas y vencidas.

Un amigo me invita a leer las Memorias de Pedro Manuel Arcaya, figura extraordinaria del giro del siglo e intelectual de fuste militante de la segunda hornada de positivistas que tuviera la República. Editadas con dos brillantes prólogos iluminadores del presente, así hayan sido escritos hace cincuenta años: el de Carlos Ignacio Arcaya, hijo del autor, y el de Ramón José Velásquez, uno de los sabios que sobreviven. Y que nos permiten comprender lo que nos parece también hoy incomprensible: la permanente latencia de la barbarie, de la disgregación, del horror del caos y la iniquidad siempre amenazante en la punta de las espadas y en el resuello de las montoneras. Un viaje al oscuro corazón de nuestras tinieblas que ni el progreso, ni el desarrollo, ni la ilustración de una modernidad que irrumpiera a horcajadas del petróleo ha logrado iluminar. Vuelvo, así, de la mano del prócer de la civilidad coriana a barruntar las razones profundas de la dictadura de Gómez, al que sirviera con lealtad y convicción, absolutamente convencido que sin una férrea dictadura era imposible que la Venezuela del paludismo, la violencia, la ruralidad feudal y la aterradora pobreza pudiera dar un solo paso hacia el futuro.

Escribe su hijo, Carlos Ignacio Arcaya en su prólogo a título de justificación categorial: "Con las premisas dadas, la conclusión era inevitable. Dentro de las condiciones reinantes, lo menos malo que podía surgir era un gobierno dictatorial que impusiese el orden. Esta conclusión era lógica dentro de los hechos conocidos. El intérprete de la historia que así pensase, podría no estar de acuerdo con el dictador y sus métodos, pero en honradez intelectual tenía que reconocer el fenómeno". Un tema fascinante, por más que la sola palabra dictadura nos cause una profunda desazón. Esa palabra que sólo otra le causaba más pavor a uno de los grandes pensadores políticos del siglo XIX español, Juan Donoso Cortés: la palabra revolución. Cuando la dictadura que nos oprime, en parte tan hondamente enraizada en nuestros peores genes como la de Gómez pero extraviada por vergüenzas otrora desconocidas, como la traición al sentido de nuestra propia identidad y soberanía, se sirve de sus peores lacras sin mostrar un solo rasgo positivo. Ni orden ni progreso.

El tema es escabroso. Y no deja de sacudirme la conciencia ante las ansias de nuestros mejores espíritus por encontrar una fórmula de fuerza que intervenga ante el fracaso de la razón y vuelva a poner las cosas en su sitio ante la criminal y vandálica decisión del anarquismo reinante, al servicio de un poder extranjero. Esas cosas que muchos espíritus ilustrados convencidos de la necesidad de un hombre fuerte terminaron por descalabrar hace veinte años dándose de narices con la peor, la más funesta y perniciosa expresión del hombre fuerte venezolano: el bárbaro en estado puro, destructivo, aniquilante, devastador, megalómano, vandálico. Y sin, por tanto, pendular al otro extremo, el del rechazo absoluto al empleo de la fuerza cuando por circunstancias ajenas a nuestra voluntad la resolución de esta crisis no encuentre otra fórmula que la intervención del monstruo de nuestras pesadillas: el poder institucionalizado de las fuerzas armadas. Vacilaciones que me regresan a las sabias palabras de uno de mis maestros en teología política, el mismo Juan Donoso Cortés que en 1849, ante el terror de la revolución que amenaza caer sobre la Europa recién liberada del monarquismo absolutista, afirmó improvisando su célebre discurso sobre la dictadura ante los diputados de las Cortes españolas sin que le temblara la voz: “si la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad. Si no basta, la dictadura”. Para culminar su angustiosa afirmación aclarando en su descargo y para salvación de su conciencia moral: “dos cosas me son imposibles: criticar la dictadura y ejercerla”.

Circunstancias del azar me hicieron reencontrar, junto a las Memorias de Pedro Manuel Arcaya, la primera edición, publicada en 1950 por la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación Nacional (importante recordar que gobernaba la Junta Militar de gobierno dictatorial presidida por Carlos Delgado Chalbaud), de uno de los libros imprescindibles de nuestra historia y posiblemente la lectura más fascinante que haya tenido del tema que me ha apasionado durante los últimos cuarenta años –Venezuela: Elipse de una ambición de poder, de Ramón Díaz Sánchez. Vuelvo a leerla como aquel primer día en que hace unos años me hiciera a su apasionante lectura. En Antonio Leocadio Guzmán y su hijo Antonio Guzmán Blanco fijó, Díaz Sánchez, los polos de esa elipse de ambición y tribulaciones que marcaría la historia política de nuestro siglo XIX, de una vez y para siempre. Creo poder afirmar que no existe otra obra que anote de manera más magistral las grandezas y miserias de aquella nuestra historia republicana. Me asombra encontrar prefiguradas en la historia de ambos personajes, que vertebran la historia de nuestro siglo XIX, como reproducidos en un espejo mágico o una suerte de máquina del tiempo –el Aleph borgeano–, situaciones, conflictos, ambiciones, mezquindades, escenas bufas, trapacerías, agallas, tragedias y espantos que hemos vivido durante estos últimos veinte años. Particularmente desde los sucesos desatados a partir de la felonía del 4 de febrero de 1992. Guzmán, elipse de una ambición de poder, es una de las obras capitales de nuestra historiografía. Lamentablemente agotada y entorpecida su reedición por problemas que desconocemos, su reedición constituiría un inmenso aporte a nuestros estudios históricos y a la cultura política de nuestros jóvenes.

Si esta mínima reseña encuentra oídos receptivos y los mueve a hacerse con ambas obras y leerlas sobre el telón de fondo de estos días tormentosos, podemos darnos por satisfechos. Apropiarse de la propia historia es el primer paso para poder superarla. Y Venezuela nos demanda con imposible mayor vehemencia que nos hagamos a la construcción del futuro.