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Diario de una larva

Carolina Lozada

Carolina Lozada

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Yo empecé a sentir los escombros en mi carne cuando abriste los nudos de tus manos y me mostraste nuestros ligamentos rotos. Desde entonces, al despertar encontraba cartílagos regados en la cama, algunos en forma de caracol, otros más severos: con el ceño fruncido; los más avispados fingían inmovilidad y se desplazaban cuando les daba la espalda.

Con la mano manca un día amaneciste muerto y te levantaste más temprano que de costumbre. Dos cucharadas de café pusiste en el colador y reclamaste en tono grave, casi enojado: está roto, hay que buscar uno nuevo, y volviste a acostarte con el cuerpo muerto. Y desde entonces no nos dirigimos la palabra, tampoco nos miramos, ni siquiera con el rabillo del ojo.

Yo tuve que empezar a fingir frente a los vecinos que se organizaron naturalmente en nuestra contra: me tocaban el timbre, hacían reclamos en el ascensor, organizaban juntas de condominio para acosarnos. “¿Dónde está la mano manca de su marido muerto, señora?”, me asediaban con preguntas que mi boca ordenaba no responder. “La mano de un hombre muerto no da suerte, doña, es la pata del conejo, vecina”. “A los muertos hay que alumbrarlos de cabeza, querida, para que se queden viviendo en nuestras costillas”. “Haga caso, yo lo hice, señora, pruebe usted también, ya verá cómo su hombre se quedará a su lado, quieto como una cáscara; sumiso y faldero, seco para su absoluta voluntad”. “Ábranos la puerta y déjenos revisarle la vida, nadie tiene porqué salir herido, solo queremos ayudarla”.

Entre todos golpeaban la puerta con el tacón de sus zapatos, la rasguñaban para hacerme estremecer con sus chirridos. Al escucharlos, los cartílagos guardados en un frasco desinfectado se ponían nerviosos. No había forma de tranquilizarlos, ni con canciones de cuna. Fue entonces cuando a pesar de los recuerdos tuve que echarlos a todos por el inodoro, para que no sufran más –les dije– con la voz quebrada en llanto.

Entretanto, los vecinos se congraciaban con los linderos de puertas y ventanas y entraban sigilosamente en formas de cucarachas, de las pequeñas, las chiripas. Tuve el presentimiento de que esto pasaría, por eso me encerré en el cuarto después de salir del baño, luego de tirar a la basura los puñitos de papel con los que limpié la muerte blanca del sexo que ahora está en reposo.

Las chiripas se apoyaban unas a otras, en comitivas sindicales para encontrar nuestros silencios y hacerlos hablara juro, a la fuerza, a los golpes. Aterrado, quisiste abrir los ojos para mostrarme tu inútil compañía, pero recordaste que estabas muerto y que de tu piel yo había hecho jirones que colgué al sol mientras cantaba una canción, cualquiera, la menos triste.

Es hora de volver a hablarnos, amor, nos apremia la reconciliación. Ya la gente del edificio está aquí, dentro de nuestras habitaciones. Oigo el rastreo de sus patas por pisos y paredes. Escucha cómo hacen ruidos sobre las bisagras sin pudor ante el espacio invadido. Míralos cómo se esconden detrás de las cortinas, cómo fingen el espionaje en cada uno de los recodos.

Abre los ojos aunque sea un instante, este mismo, el que transcurre debilitado hacia su extinción. Ábrelos muy bien para que veas sus patas, el colgajo de sus hocicos, la baba que les sirve de palabra: acuosa forma de puente por donde se arrastran quienes quisieron ser cuerpos de otros.

Todos, toditos, sea, cual sea su forma llevan ojos de mosca para atizar la mirada sobre nuestras penurias.

Vuela mosca, que una mano te mate sobre la cornisa frente al escaparate. Que sea la mano míala que sostenga tu vida. Mano-brisa que mata, un sopetón que haga vida en tu muerte.

Pero yo sola no puedo liquidar intrusos sin que me asista tu parte de odio; así que ya es tiempo de que te levantes de esa cama y regreses a la ofensiva cotidiana: a comer con las manos hambrientas, a pedir prestado un oficio, a vivir en el deambular de un insecto: aéreo, esquivo, irritante.

Querido: ya es tiempo de asumir la larva.