• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Diario ajeno: El otro

Elias Canetti, Zurich, 1980 / Foto del libro “Imágenes de una vida”

Elias Canetti, Zurich, 1980 / Foto del libro “Imágenes de una vida”

“Fue en esos años cuando Canetti se enteró de que la unión de un hombre y una mujer es similar a la de un gallo con una gallina; así lo graficaba uno de sus compañeros del colegio, a quien odió de inmediato y más tarde se vengaría de él por mancillar la imagen idealizada de la madre”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Antes de convertirse en escritor, Elias Canetti intentó ser asesino; al menos eso era lo que su imaginación le sugería. Cuando era un niño, imaginaba distintos modos de matar al pretendiente de su madre: el profesor, un médico y docente universitario vienés que trataba de ganarse el afecto no sólo de la joven viuda (el padre de Canetti murió cuando ella contaba con 27 años) sino también hacerse de la estima y el visto bueno del rumiante Elias, quien desde el principio lo rechazó: “Su barba me inspiró desconfianza y evité que me tocara. Temía que pudiera rozarme con esa barba y convertirme al instante en un esclavo que tuviese que darle cuenta de todo. El tono de su voz, ligeramente nasal, me recordó el aceite de hígado de bacalao”.

La madre y el médico se conocieron en el sanatorio, que éste dirigía, cuando ella fue hospitalizada producto de una crisis sufrida en medio de la escasez y demás consecuencias de la guerra: “Era el tiempo en el que el pan se volvió amarillo y negro, con aditamentos de maíz y otras cosas menos buenas. Había que hacer cola frente a las tiendas de comestibles, los niños también tenían que ir, de este modo se conseguía un poco más. Mi madre empezó a sentir las dificultades de la vida. Y hacia finales de invierno se derrumbó”. Una vez dada de alta, el médico continuó visitándola sin sospechar que dichas reuniones eran observadas por un furioso espía: “Solía quedarse una hora para tomar el té, a mí me parecía más tiempo, agazapado tenazmente en mi silla no le perdía de vista ni un instante”.En cada visita intentaba agradar al hijo mayor de su pretendida, pero no lo lograba: “Siempre me traía un regalo que yo, nada más irse él, tiraba a la basura. No conservé ni un solo regalo suyo más tiempo del que duraba su visita, y entre ellos había libros que hubiera leído con muchísimo gusto (…) Él sabía bien lo que me regalaba, porque bastaba yo empezara a hablar de un libro que me interesaba para que me lo encontrara ahí; sus manos lo ponían sobre la mesa del cuarto de los niños y era como si sobre el libro hubiera caído un moho blanquecino”.

La relación entre madre e hijo era muy estrecha, tanto que el primogénito de los tres varones se consideraba el que ocupaba la vacante del padre muerto. Una vez aparecido el profesor hubo ciertas actitudes de la madre que activaron la alarma del hijo celoso: “Mi madre aún necesitaba reposo y nuestras veladas de lecturas eran menos frecuentes. Ella no me interpretaba ya ningún mensaje y me hacía leer solo. Yo procuraba encontrar temas que pudieran despertar su interés (…) Pero a menudo estaba pensativa y a veces callaba como si no estuviera allí”. El pequeño tenía una guerra jurada contra el intruso.

Ante los cambios de la madre, Elias sufría, odiaba; entretanto el mundo continuaba en guerra y Canetti percibía otros cambios afuera: tenía un compañero de clases que celebraba el comportamiento del ciudadano tirolés mientras estigmatizaba a los judíos provenientes de Galitzia; notaba cómo los cantos de los soldados eran menos entusiastas que al inicio de la contienda. Estos cantaban “en la patria, en la patria volveremos a vernos”, pero el reencuentro no les parecía cercano. Fue en esos años cuando Canetti se enteró de que la unión de un hombre y una mujer es similar a la de un gallo con una gallina; así lo graficaba uno de sus compañeros del colegio, a quien odió de inmediato y más tarde se vengaría de él por mancillar la imagen idealizada de la madre.

La cruda imagen del profesor sobre la madre lo acompañaba en los momentos en que espiaba a la pareja. Era en esos tormentosos instantes en que imaginaba muerto al hombre que no sólo le quería arrancar el afecto de su madre sino que también la quería montar como una gallina: “deseaba que el balcón se desplomara y quedara abajo destrozado sobre el pavimento (…) Me imaginaba que estaba tirado en la calle y que la policía venía a hacerme preguntas. –Lo he arrojado a la calle porque ha besado la mano de mi madre”.

No hubo necesidad de rendir cuentas a la policía, las circunstancias separaron a los Canetti del profesor, quien –se enteraría el escritor años después–, estuvo dispuesto a abandonar esposa e hijos para estar con su madre. La despedida quedó registrada en la memoria del niño y el escritor la recrea maravillosamente en sus memorias: “subimos al barco y nos asomamos a la borda, soltaron amarras, el profesor siguió un rato allí, con el sombrero en la mano y moviendo los labios. Lentamente el barco se alejó, pero yo seguía viendo cómo se movían aquellos labios. En mi odio creí reconocer las palabras que decían: 'Beso su mano, señora mía'. Entonces el profesor fue reduciéndose, aunque la barba seguía sin disminuir, negra como la pez, el sombrero describiendo una elegante curva, subió y bajó hasta quedar flotando dignamente sobre la cabeza, aunque a cierta distancia de ella. No miraba a mi alrededor, sólo veía aquel sombrero y aquella barba, y más y más agua que iba separándonos”.