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Diario ajeno: 1914

Marina Tsvietáieva / Anna Ajmátova / Franz Kafka

Marina Tsvietáieva / Anna Ajmátova / Franz Kafka

“Asomarse al diario de un escritor es un acto invasivo de la intimidad ajena; es, para usar los versos de Blanca Varela, 'mirar sin ser visto a quien nos mira mirar”

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El 8 de abril de 1914, Kafka escribió: “soy como rejas vivas, un enrejado que se mantiene en pie y quiere caerse”. Ese mismo año Anna Ajmátova publica Rosario, su segundo poemario, y en sus notas personales apunta: “A comienzos de mayo la temporada petersburguesa comenzó a decaer, poco a poco todos dejaban la ciudad. En esa ocasión abandonamos Petersburgo para siempre. Cuando regresamos ya no volvimos a Petersburgo sino a Petrogrado”. En una carta fechada en Fedosia, 7 de marzo de 1914, una joven Marina Tsvietáieva se confiesa: “no creo en nada, ni en Dios, ni en el más allá. De ahí viene el desaliento, el terror a la vejez y a la muerte. Mi naturaleza es totalmente incapaz de rezar y resignarse”. Meses después, esos tres autores europeos, junto al resto de sus contemporáneos, padecerán los escombros sangrientos de la I Guerra Mundial. El horror comunista se ensañará años más tarde contra las dos poetas rusas y la tuberculosis minará la vida del atribulado Franz Kafka.

Asomarse al diario de un escritor es un acto invasivo de la intimidad ajena; es, para usar los versos de Blanca Varela, “mirar sin ser visto a quien nos mira mirar”. No creo que el escritor que lleve un diario lo haga pensando que escribe para el vacío, para apaciguar la voz interior que le habla desde su oscuro encierro. Creo que escribe para un confidente futuro y desde esa presunción leo los diarios ajenos.

Si bien Tsvietáieva no llevó un diario, su continua correspondencia con amigos y amantes permiten echar un vistazo a su estado anímico. En sus primeras cartas palpita una mujer de espíritu jovial, ferviente, una muchacha enamoradiza. La correspondencia de sus últimos años delata la devastación de su alma:Tsvietáieva es entonces una poeta desmigajada por la desgracia. En una de sus últimas cartas, escrita justo un año antes del suicidio, ella afirma con dolorosa contundencia: “Moscú no me acepta”.

A Ajmátova también le arrancan la ciudad, Petersburgo se convierte en Petrogrado, luego será Leningrado. Sólo mucho tiempo después el nombre de Petersburgo volverá a imponerse. ¿Quién le lleva la correspondencia a los muertos? ¿Quién le avisa a Ajmátova que la ciudad que nombró en la infancia volvió y ella ya no estaba para pisar de nuevo sus calles? Tsvietáieva y Ajmátova, Anna y Marina, son el claro ejemplo de que adentro también se puede ser destierro. Las dos fueron mujeres proscritas en su propio suelo.

La dictadura de Kafka se llamaba Padre; hasta la forma de masticar del hijo le molestaba al patrón de su vida. A este hombre, Robert Crumb tuvo a bien dibujarlo como un tipo soez y monstruoso en Kafka, su biografía ilustrada. Los temores e inseguridades del narrador checo respecto a su familia y sus relaciones amorosas son expresados hasta el paroxismo en sus páginas íntimas: “Mi relación con mi familia sólo adquiere para mí un sentido unitario cuando me concibo a mí mismo como la ruina de la familia (…) una imagen de mi existencia podría ser una estaca inútil, cubierta de nieve y escarcha, ligera y oblicuamente clavada en el suelo, en un campo removido hasta lo más hondo, al borde de una gran llanura, en una oscura noche de invierno”. Una lee estas confesiones y piensa: Kafka era su propio invierno. 

El último día de ese año de guerra, un Kafka visionario de su brevedad futura anota: “Estoy trabajando desde agosto; por lo común, no trabajo ni poco ni mal, pero ni en uno ni en otro aspecto llego al límite de mis posibilidades, como debería ser, especialmente porque según todos los indicios (insomnio, dolores de cabeza, debilidad cardíaca) mi capacidad no va a durar mucho”. Es así, poco tiempo y muchas tinieblas le quedarán en adelante, lo mismo que a Tsvietáieva y Ajmátova, aunque ésta última tendrá más tiempo, pero para ella el camino seguirá siendo oscuro.