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Diario ajeno: Ellos viven mi vida

Diario ajeno, por Ferreira Gullar

Diario ajeno, por Ferreira Gullar

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El poema llamado “Exilio” de Ferreira Gullar incluye estos versos llenos de saudade: “En una casa en Ipanema rodeada de árboles y de palomas (…) ellos viven la vida de ellos / ellos viven mi vida”. Al poeta brasileño, la experiencia del destierro lo mantuvo alejado de la familia, de los suyos. Afuera, en el endeble suelo del desterrado, se entera de que “Amigos mueren, / las calles mueren, / las casas mueren /”.

Cuando estalló la dictadura militar en Brasil, Ferreira Gullar era miembro del Partido Comunista; en medio de las persecuciones libradas por el gobierno militar, un camarada sometido a tortura delata al poeta disidente. A partir de ese momento, a Gullar le toca vivir bajo la zozobra de la clandestinidad durante un año, aproximadamente, hasta que, debido a lo peligroso de su situación, tiene que huir por Uruguay y Argentina, pasa por París y llega a su destino planeado, Moscú. Luego continuará su errancia hacia Santiago de Chile, más adelante se trasladará a Buenos Aires, Lima y de nuevo Buenos Aires, antes de poder regresar a su tierra, donde será detenido e interrogado. Es liberado por las presiones de amigos; ya entonces Ferreira Gullar era un poeta reconocido, gracias a la repercusión de su Poema sucio —el texto había llegado a Brasil por medio de una grabación hecha por el propio autor—.

A las penurias naturales del exilio se le suman los dramas familiares entre la lejanía y la huida: un hijo del poeta padece crisis mentales que lo conducen a una eterna fuga, el padre se desespera, la familia se resquebraja, el país yace bajo la sombra de lo innombrable. “Mi vida se empieza a poner patas arriba”, escribe Ferreira en Rabo de Foguete, su libro de memorias sobre los años del destierro.

A su regreso de Europa, Gullar pisa suelo chileno en mayo del 73, pocos meses antes del asesinato de Allende y la irrupción de Pinochet. Ante la nueva arremetida militar en otro país latinoamericano, el escritor escapa antes de que sea tarde; así lo relata en una de sus entrevistas: “Al golpe militar le siguió una caza de comunistas chilenos y extranjeros. Como apenas había llegado, no se sabía nada sobre mí y eso evitó que fuese llevado, como tantos otros, al Estadio Nacional, donde mucha gente fue fusilada”. En medio de los tiempos violentos que se vivieron en Chile, logra escapar hacia Lima, en donde no logra resolver su sustento económico. En vista del percance, decide partir de nuevo a Buenos Aires, donde hay expectativas de ser contratado como profesor; sin embargo, una nueva mina explota en el sur: Jorge Rafael Videla.

De su vagabundeo accidentado y forzoso, el poeta huidor comenta: “desembarqué en Ezeiza exactamente el día en que Perón había muerto. Se iniciaba el gobierno de Isabelita que duraría poco y terminaría también con un golpe militar. Era una suerte de moda latinoamericana. Con el pasaporte vencido, me vi rodeado de dictaduras por todos lados y me convencí de que mis días estaban contados, puesto que desaparecía mucha gente sin motivo”. Una vez más, el escritor se encontraba en el lugar equivocado.

Apesadumbrado por el hilo trágico que recorre los mapas que él pisa, en la capital argentina escribe su famoso Poema sucio, un extenso poema donde el autor trata de rescatar lo vivido, de hacerlo presente, lejos de la nostalgia: “Fue un poco antes del golpe, convencido de que hacía la última cosa de la vida, que escribí el Poema sucio. Lo escribí para decir lo que me faltaba decir, dado que podría desaparecer en cualquier momento”.

En Poema sucio uno encuentra las voces, los ruidos que desde la distancia persiguen al poeta y quieren traerlo de vuelta a casa: “voces perdidas en el barro, / domingos vacíos, / agua soñando en la tina, / patria de matas y herrumbre”. A lo largo de esas páginas el desarraigo del exiliado lo desborda en dos sujetos que se desdoblan entre el aquí y el ahora, el allá y el ayer: “el de adentro y el de afuera / de la sala / uno a mis espaldas el otro / delante de los ojos / vertiéndose uno en el otro / a través de mi cuerpo / días que se vierten ahora ambos en pleno corazón/ de Buenos Aires / a las cuatro de esta tarde / del 22 de mayo de 1975 / treinta años después”.  Para el crítico literario Davi Arrigucci Jr., en los textos del brasileño “vuelven a la memoria imágenes de Giacometti: el homúnculo que se deshace y vaga errante en el vacío, sin retorno posible a casa”. Pero a casa se regresa, porque tal como apuntan los versos de Gullar: “la ciudad está en el hombre / casi como el árbol vuela / en el pájaro que lo deja”. En la escritura de Ferreira Gullar, poesía y memoria son formas del retorno.